Me cogí al vecino del quinto mientras mi novio estaba de viaje
3 minMe cogí al vecino del quinto mientras mi novio estaba de viaje
Sí, lo sé. Soy la chica de la planta de abajo, la que siempre saluda con una sonrisa desde el ascensor, la que lleva cafés en la mano y zapatillas de felpa incluso para bajar el correo. Nada que hiciera pensar que, en la primera semana de junio, mientras mi novio estaba en Cancún por tres días de trabajo (y yo fingiendo no notar que sus mensajes se volvían más cortos, más secos), me acosté con el vecino del quinto.
Se llama Liam. Es irlandés, tiene 32 años, un pene enorme que descubrí con la boca abierta por primera vez cuando me tropé en la escalera y él me atrapó antes de caer—y claro, en esa caída, su mano deslizó por mi muslo, y yo no hice nada por apartarla.
—¿Estás bien? —me preguntó, respirándome en el cuello.
—Sí —mentí, porque mi cuerpo ya estaba temblando.
No fue planeado. Al menos, no al principio. Fue en la tarde del segundo día. Llovía a cántaros, y mi teléfono no daba señal. Él, desde su balcón, me gritó si necesitaba ayuda para colgar la ropa. Le dije que sí con la cabeza, y cuando subió con su paraguas —porque obvio, él tampoco tenía cobertura—, nos quedamos hablando frente a su puerta, como si el tiempo se hubiera olvidado de avanzar.
—¿Te importa si entro a secar un poco el cabello? —me preguntó, mojado hasta los huesos.
—Claro que no.
Fue un error. O un acierto. Depende de cómo lo mires.
Dentro, el aire estaba cargado de sándalo y sal. Su apartamento era minimalista, con una cama deshecha y una botella de gin medio vacía sobre la mesa de centro. Me ofreció una taza de té. Yo le dije que no, que prefería un gin tonic. Y cuando se fue a la cocina a servirlo, vi su trasero apretado en los pantalones mojados, y sentí un calor que no pude esconder.
—¿Te parece si me cambio? —me dijo, devolviéndome la mirada con una sonrisa que me hizo tragar saliva—. Estoy hecho un charco.
—Claro —susurré, sin apartar la vista de sus muslos.
Se quitó la camiseta y quedó con el torso desnudo, gotas de agua deslizándose por su pecho, su abdomen, bajando… hacia la línea de su cinturón. No dijo nada más. Solo me tendió la copa y, en vez de sentarse, se quedó de pie frente a mí, cerca, tan cerca que sentí su aliento en la nuca.
—¿Por qué no te quitas esos calcetines? —murmuró—. Están empapados.
Y sí. Me los quité. Y luego me quitó la falda. Y luego me besó, con esa lentitud de quien ya sabe que va a quedarse, que no va a correr. Sus manos eran grandes, seguras, y cuando me giró y me sentó sobre la encimera de la cocina, no dudé ni un segundo. Sus dedos encontraron mi bragas, las apartaron con cuidado, y luego… su boca. Fue el primer beso real, el primero que contó, porque no hubo prisa, solo curiosidad, solo boca húmeda sobre boca húmeda, y sus manos sujetándome las caderas mientras yo le metía la lengua en la boca y sentía cómo se ponía duro contra mi muslo.
—¿Quieres que pare? —me preguntó, con el pene ya encajado entre mis piernas, apretado contra el tejido de mi ropa interior.
—No —le dije—. Si paras ahora, te mato.
Y entonces sí. Me desabrochó el sujetador, me tomó los pechos con ternura, los rozó con los pulgares hasta que me arqueé, y cuando finalmente se metió dentro de mí… fue como si el mundo se hubiera detenido. No fue rápido, no fue brusco. Fue profundo. Fue suave. Y cuando vine, fue con su boca pegada a la mía, sus dedos clavados en mis caderas, sus gemidos ahogados en mi cuello.
Al final, nos quedamos ahí, en su cocina, entre tazas vacías y ropa dispersa, y me acarició el pelo mientras me preguntaba si volvería a verlo.
—Tú decides —dije—. Yo ya no vivo sola en casa.
Y aunque mi novio regresó al día siguiente con un recuerdo en la maleta… yo guardé en mi pecho el sabor a sal y a sándalo que aún tenía en la lengua.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.