Me cogí al conductor del tren Express del Caribe
6 minMe cogí al conductor del tren Express del Caribe
Yo ya tenía las piernas temblorosas antes de que el tren arrancara, no por el vaivén de las vías, sino por el tipo que iba sentado frente a mí. Alto, de hombros anchos, camiseta negra ajustada que marcaba los bíceps y los pectorales bajo el tejido, y una barba bien recortada que le daba un aire de indígena costeño con toques de dios marino. Se llamaba Jairo —me lo dijo en voz baja cuando le devolví una sonrisa tras tropezar con su mochila al sentarme—, y era conductor de trenes desde los 18 años, pero hoy no estaba al mando: solo iba de pasajero, de vacaciones, regresando a Barranquilla después de una semana en Santa Marta con su hermano.
Yo había salido de Medellín con la idea de desconectar, pero desde que me senté frente a él, la desconexión se me fue por el culo. Tenía los ojos claros, casi verdes, y una sonrisa que no era de saludo, sino de promesa. Cuando el tren se puso en marcha y la cafetería pasó a vender arepas rellenas y jugos de lulo, me acerqué con mi monedero y le pregunté, con esa vocecita que uso solo cuando quiero que algo pase: —¿Quieres compartir una cerveza? Me invito, porque me caíste bien de entrada.
Él me miró de pies a cabeza, lentamente, como si me estuviera desvestiendo con la mirada, y dijo: —Si me invitas, me invitas bien rico.
Y me senté a su lado.
El tren iba por la costa, entre montañas y cañas, con el sol pegando fuerte y el aire acondicionado chupando todo el humo del exterior. Jairo olía a sudor dulce, tabaco suave y jabón de palma. Me pasó la botella de Atlántico fría, y cuando mis dedos rozaron los suyos, me dio un calorcito en el pecho que no era del café que había tomado antes.
—¿Vienes sola? —me preguntó, con la botella apoyada en el muslo, los dedos jugueteando con la condensación del vidrio.
—Sí. Quiero decir… no. Vine a perderme un rato. Pero no imaginé que la perdería tan rápido.
Él se rió, esa risa grave que le salía del pecho y que me puso la piel de gallina.
—¿Y si te digo que yo también vine a perderme? Y que ya sé hacia dónde…
No terminó la frase. Solo me miró, con los párpados medio caídos, como si ya estuviera soñando con algo que le gustaría hacer conmigo. Yo bajé la mirada a sus manos, largas, con venas marcadas, y luego a sus muslos, que se rozaban con los míos sin querer. El tren hizo una curva cerrada, y mi cuerpo se inclinó hacia él sin pedir permiso. Él me agarró de la cintura, no con fuerza, pero con firmeza, y me susurró: —Tranqui, no te caigas. Que si te caes, yo te recojo… y no garantizo que nos bajemos en la siguiente estación.
Me mordí el labio. Me costó trabajo tragar. Pero no aparté la cara.
—¿Y qué harías si me cogieras en este tren? —le pregunté, casi con vergüenza, pero con el corazón acelerado.
Él se acercó un poco más, hasta que su aliento me acarició la oreja: —Primero, te besaría en el cuello, aquí, donde late más fuerte… —y rozó con los dientes mi pulso—. Después, te desabrocharía el blusón, lento, para que sintieras cada botón soltarse como una promesa rota… Y luego, si me das permiso, te metería la mano por debajo del pantalón y te haría gemir hasta que el maquinista nos mandara a callar.
Me temblaron las rodillas. En serio. Sentí que se me nubló la vista por un segundo. Y le dije: —Jairo, si me llevas a tu casa, yo te mamo hasta que te salga la lengua de tanto aguantar.
Él soltó un gruñido, bajó la mano a mi muslo, y me apretó con fuerza.
—Chimba… —dijo—. Ya me llevaste al infierno.
El tren pasó por un túnel, y en la oscuridad, sin decir nada más, me llevó la mano y me puso la palma sobre su entrepierna. Y ahí lo sentí: grande, duro, lateando contra el jean. Yo no dudé. Apreté con los dedos, despacio, y él soltó un suspiro largo, como si estuviera ahogándose en mi tacto.
—¿Quieres que lo saque? —me preguntó, con la voz rota.
—Sí —le dije—. Pero no aquí. Que si nos ven, nos bajan.
—Tenés razón —asintió—. Pero puedo hacerte algo antes de que lleguemos a Barranquilla.
Me levantó la falda con disimulo, bajo el tablero del asiento, y me metió la mano por el costado del calzón, rozando el borde de la tela. Yo ya estaba mojada. Muy mojada. Y cuando sintió mi humedad, se detuvo un segundo, me miró a los ojos, y me dijo: —Si no te mueves ahora, te juro que te voy a hacer sufrir.
Me desabroché el calzón yo misma, lentamente, para darle el permiso. Y cuando sintió mi vulva desnuda, con el clítoris ya hinchado y brillante, me dijo: —Vos sos una perra mala.
Y con dos dedos, me abrió, me metió, y empezó a moverse dentro de mí con calma, como si no hubiera prisa, como si tuviera toda la vida. Yo me agarré al respaldo, cerré los ojos, y dejé que el tren me sacudiera mientras él me hacía sentir que estaba en el aire. Cada empuje lo hacía lento, profundo, como si me estuviera saboreando. Y cuando me acerqué al borde, con los pechos duros y el cuerpo temblando, él me besó en la boca, me mordió el labio, y me susurró: —Venite, perra… venite en mis dedos.
Y me corrió dentro de mí, con los ojos cerrados, la frente pegada a la mía, jadeando como si hubiera corrido una maratón.
—Mierda… —dijo—. Nunca me había corrido así sin siquiera entrar.
—Ni yo —le confesé, con la cara roja, pero sin vergüenza—. Esto es una locura.
—Sí —asintió, sonriendo—. Pero la mejor locura que he tenido en años.
El tren salió del túnel, y el sol nos golpeó de nuevo. Jairo me puso la falda en su lugar, me ajustó el blusón, y me besó la frente.
—¿Te bajo en la próxima estación? —me preguntó.
—No —le dije—. Quiero que me lleves a tu casa. Que me mames bien rico, que me metas el pito hasta el fondo, y que me hagas gritar hasta que el vecino nos pida que callemos.
Él se rió, me agarró la mano, y me apretó entre sus dedos: —Prometido.
Y el tren siguió su curso, mientras yo pensaba en que, en la vida, a veces, el mejor viaje no es el que te lleva a un lugar, sino el que te lleva a alguien que te hace sentir viva, caliente, y absolutamente mía.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.