Me cogí a mi jefa en el ascensor

Me cogí a mi jefa en el ascensor

@valentina_ruiz ·29 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (24) · 132 lecturas · 4 min de lectura

Yo nunca pensé que algo así me pasaría. Yo soy de los que trabajan calladito, llego a las ocho en punto, salgo a las cinco con quince minutos de antelación para evitar el tráfico, y me mantengo al margen de los líos de oficina. Mi jefa, Valeria, es de esas mujeres que entran a un lugar y lo cambian solo con su presencia: traje de corte impecable, tacones altos que hacen temblar el suelo, y una mirada que te pone nervioso aunque estés solo en una reunión. Pero no era por eso que me costaba respirar cuando ella entró al ascensor esa tarde. Era por el olor. Un perfume denso, picante, que combinaba vainilla y tabaco ahumado —algo que no usaba en la oficina, pero sí, claro, fuera de ella—.

Era viernes, las seis y pico, y el edificio estaba prácticamente vacío. Yo subía al décimo piso para recoger un olvidado USB. Ella bajaba, con una bolsa de tela de diseñador en una mano y el bolso colgando del hombro. El ascensor se cerró con un chasquido suave y empezamos a subir juntos —ella iba al noveno. La puerta se abrió, pero antes de que pudiera dar un paso, Valeria giró sobre sus talones y me miró fijo, sin soltar la bolsa.

—¿Te he dicho alguna vez que tus manos son hermosas? —dijo, y se acercó hasta quedar a menos de veinte centímetros.

Yo no supe qué responder. Solo pude asentir, con la garganta seca.

Ella soltó la bolsa en el suelo, se quitó una mano del bolso y me tomó la muñeca. Con un movimiento lento, me empujó contra la pared de metal. Yo no me resistí. No quería. Sus ojos se fijaron en mi boca, y entonces me besó. No fue un beso suave ni dulce: fue húmedo, profundo, con lengua y dientes, como si nos hubiésemos estado esperando meses. Su pecho plano contra el mío, los tacones apretando mis muslos, y su respiración cada vez más agitada.

—Dime que sí —me susurró, despegándose apenas—. Dime que quieres que te folle aquí, en este maldito ascensor.

Yo no dije nada. Solo le agarré la cintura, tiré de ella hacia mí y volví a besarla. Fue mi respuesta.

Valeria soltó una risita baja, de esas que te hacen erizar la piel, y me soltó la muñeca para desabrocharme el pantalón con una mano segura. Yo ya estaba duro, con el pene apretado contra el interior de mis calzoncillos, húmedo y listo. Ella se arrodilló allí mismo, sin temor, sin dudar, y me sacó la polla entera. Me miró un segundo, con los labios entreabiertos, y entonces me lo metió en la boca.

No fue un trago suave. Fue profundo, con su garganta contrayéndose, sus ojos cerrados, su nariz pegada a mi vello púbico. Me lamía el glande con ternura, pero luego me chupaba con fuerza, como si quisiera hacerme gritar. Yo le acaricié el pelo, le dije que sí, que así, que me lo comiera entero, y cuando sentí que iba a correrme, ella se apartó solo un instante, me puso la mano sobre la cadera y me frotó el pene contra su muslo, húmedo y cálido.

—No te vayas aún —me dijo—. Quiero verte entrar en mí.

Se puso de pie, me quitó la camisa, y mientras yo le desabrochaba el sujetador, sus pechos salieron libres: redondos, firmes, con pezones duros y oscuros. Ella me empujó contra la pared otra vez, me puso una pierna en su cadera, y con su mano derecha me guió hasta su entrada. Estaba mojada, muy mojada, y cuando metí la punta del pene, me recibió con un apretón cálido y fuerte.

—Ya —susurré.

—Sí —dijo ella, y bajó hasta el fondo con un solo movimiento, hasta que mis testículos le tocaron el cuerpo.

Nos quedamos quietos un segundo, pegados, respirando hondo, con su pecho subiendo y bajando contra el mío. Luego empezamos a movernos: ella bajaba hasta tocar fondo, yo la sujetaba por las caderas y la subía con fuerza, hasta que sus pezones rozaban mi pecho. Ella se mordía el labio, cerraba los ojos, y cuando le dije que se agachara un poco, me puso las manos en los hombros y se dejó caer, sentándome en el suelo del ascensor, conmigo dentro de ella, sentados uno frente al otro, sus piernas abiertas alrededor de mi cintura.

—Mira —me dijo, mientras yo la embestía con más fuerza—. Mira cómo te cojo.

Y así lo hicimos, hasta que su respiración se volvió entrecortada, hasta que sus uñas me arañaron la espalda, hasta que su cuerpo se convulsionó y gritó mi nombre como si no lo hubiera hecho nunca. Fue entonces cuando yo sentí su vagina contraerse alrededor de mi polla, y yo me corrí dentro de ella, con fuerza, con ganas, con todo lo que llevaba guardado.

El ascensor sonó al llegar al octavo piso. Ella se levantó, me ayudó a ponerme los calzoncillos, y me dio un beso rápido en la frente.

—Hasta lunes —dijo, recogiendo su bolsa.

Y se fue, con los tacones haciendo eco en el pasillo, sin mirar atrás.

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@valentina_ruiz

Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

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