Me cogí a mi jefa en el ascensor
5 minMe cogí a mi jefa en el ascensor
Yo no estaba planeando nada. Solo subía al décimo piso con mi café humeante y la cabeza llena de informes que no terminaban de encajar. El ascensor era viejo, lento, y ese día parecía haberse empeñado en detenerse en cada piso como si hubiera leído mis pensamientos. O como si esperara algo.
Llegué al décimo, la puerta se abrió con un suspiro metálico, y allí estaba ella: Valeria, mi jefa. No la esperaba ahí. Me había dicho por WhatsApp que nos veríamos en la reunión de las 18:30, pero el reloj marcaba las 17:49. Se veía distinta: pelo suelto, camisa blanca abierta dos botones de más, falda ceñida que le marcaba la curva de las caderas como si la hubiera diseñado a mano. Me sonrió. No la sonrisa profesional que usa en las evaluaciones. Una sonrisa más baja, más lenta, con los labios entreabiertos como si acabara de respirar hondo.
—¿Vienes conmigo? —me preguntó, señalando la cabina vacía tras ella.
—Sí —respondí, sin pensar. Entré.
Ella se puso al fondo, apoyada contra la pared, con los brazos detrás de la cabeza. Me miró fijo, sin pestañear. El aire se volvió espeso, como si el oxígeno se hubiera convertido en azúcar derretida. Me puse frente a ella, a un paso, lo suficiente para sentir su perfume: vainilla y humedad, algo que no era de botella. Algo suyo.
—¿Te dije que tus manos son hermosas? —dijo, y me tomó una de ellas. No fue un gesto casual. Fue una decisión. Me giró la palma hacia arriba, y con el pulgar dibujó un círculo lento, como si estuviera aprendiendo mi piel.
Supe que era peligroso. Ella era casada. Yo tenía un plazo para subir de categoría. Pero en ese momento, todo se redujo a su respiración, a la manera en que su cuello se inclinaba hacia mí cuando me acerqué, a la forma en que su pecho subía y bajaba, visible incluso bajo la tela fina de la camisa.
—¿Sabes qué he estado pensando desde que entraste? —susurró.
—No —respondí, con la voz más baja de lo previsto.
—Que me gustaría que me tocaras así… —dijo, y puso mi mano sobre su pecho.
No era una sugerencia. Era una orden. Y yo obedecí.
La camisa se abrió con un clic de los botones que ella misma deshizo con los dedos. Sus pechos eran pequeños, redondos, con pezones oscuros y firmes, que se erizaron apenas mi pulgar rozó uno. Ella gimió. No fue un sonido alto, pero en ese espacio cerrado sonó como un trueno. Me lo comí con los labios antes de que pudiera callarlo. Ella me sostuvo la nuca, me obligó a beber más hondo, a sentir su calor, su olor, su necesidad.
—Tienes que apurarte —dijo, apartándose un segundo, con los ojos vidriosos—. El ascensor va a parar de nuevo.
Y lo hizo. En el octavo piso. Pero no se abrió la puerta. Solo un zumbido tenue, como un animal enjaulado.
—No importa —dijo ella, empujándome contra la pared contraria—. Tú primero. Quiero verte desnudo.
Me desabroché los pantalones con los nudillos temblorosos. El pene salió rígido, hinchado, como si hubiera estado esperando esto desde que nací. Ella se arrodilló sin titubear, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo fue. Su boca se cerró sobre la cabeza en un solo movimiento, su lengua trazó un círculo alrededor del glande, y luego me tragó entera. No hubo tiento, no hubo dudas. Solo calor. Solo boca. Solo humedad y presión y ganas.
Me agarré a sus hombros. No para detenerla. Para sostenerme. Porque me estaba yendo.
—Quiero sentirte dentro de mí —dijo, incorporándose de golpe. Me ayudó a levantar su falda. No llevaba bragas. Sólo una tanga de encaje, tirada a un lado. Me apartó la ropa interior con un tirón, y entonces me puso la mano en la entrepierna, apretando fuerte, hasta que sentí el pene golpeando contra su palma.
—Dime qué quieres —me susurró al oído, mientras su另一 mano se deslizaba entre sus piernas y me mostraba lo que estaba esperando: humedecida, abierta, lista.
—Quiero cogerte —dije, sin pensar en el “usted” o el “tú”. Solo con ganas.
—Hazlo.
Me puse detrás de ella, apoyando las manos en sus caderas. Las tenía calientes. La entrada estaba húmeda, apretada, como un puño que no quería soltarme. La empujé despacio. Ella soltó un quejido, agudo, casi de dolor… pero no lo era. Era placer. Su cuerpo se abrió, se estiró, se tomó todo.
—Más —dijo, girando la cabeza para besarme la mandíbula—. Más profundo.
Y la cogí. Con fuerza. Con urgencia. Cada empujón la hacía rebotar contra la pared, con ese sonido sordo de piel contra metal. Ella se mordía el labio, intentando callarse, pero no podía. Cada vez que me hundía hasta el fondo, soltaba un grito ahogado, y cuando salía, lo hacía con un suspiro que sonaba a rendición.
El ascensor volvió a moverse. Las luces parpadeaban. Pero ella no paró. Me pidió que le tocase el clítoris mientras la cogía, que le apretara los pechos, que la marcara con mis uñas. Y yo lo hice. Con cada movimiento, con cada susurro, con cada mordisco en su hombro.
—Voy a venir —dijo, con la voz rota.
—Yo también —respondí, y la cogí más fuerte.
Se deshizo primero. Su cuerpo se arqueó como un arco, sus musculos se tensaron, y su vagina palpitó alrededor de mi pene, apretando, contrayéndose, como si quisiera retenerme para siempre. Yo la seguí, empujando hasta el fondo, y soltando todo dentro de ella, con un gemido que no pude contener. Me temblaron las piernas, y tuve que apoyarme en ella para no caer.
Nos quedamos así un rato. Ella con la frente contra la pared, yo con la mano en su cintura. El ascensor llegó al primer piso. Las puertas se abrieron. Nadie entró. Nadie miró.
—¿Mañana, a la misma hora? —le pregunté, sin saber si era una broma o una petición.
Ella se volvió, me limpió la frente con el pulgar y me sonrió. Esa sonrisa de antes, la de antes de que el mundo se detuviera.
—No —dijo—. Mañana a las 7:30. Cuando nadie esté.
Y salió, sin mirar atrás. Pero yo sabía que me estaría esperando. Porque ya no era solo mi jefa.
Era la mujer que me había cogido en el ascensor.
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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.