Me cogí a mi cuñada mientras mi hermano dormía la resaca
4 minMe cogí a mi cuñada mientras mi hermano dormía la resaca
Recuerdo esa tarde de domingo con la claridad de un rayo: el sol metiéndose por las persianas de la sala, el olor a chicharrón prensado que aún flotaba en el aire, y mi cuñada Lía sentada al otro lado del sofá, con los pantalones cortos de algodón que le quedaban un poco apretados en las nalgas, esas nalgas que desde hacía semanas no dejaban de perseguirme con su maldita redondez. Yo no quería mirarla, pero no podía evitarlo: cada vez que se movía, cada vez que levantaba el brazo para tomar su refresco, el tejido se estiraba y marcaba esa curva que me hacía sentir algo raro, un cosquilleo en la entrepierna que no tenía nada que ver con la calor.
—¿Te sientes bien? —me preguntó, entre risita y duda, al notarme raro.
—Sí, sí… la resaca de mi hermano me está contagiando —mentí, metiendo las manos entre las piernas como si así pudiera esconder el bulto.
Mi hermano, Raúl, estaba tirado en el cuarto, boca arriba, roncando como un oso con gripe, después de haberse tragado media botella de tequila y dos cajetas de churros. Lía le había dejado un vaso de agua y un plátano en la mesita de noche, pero él ni se inmutó. Ella suspiró, me miró con esa sonrisa de “otra vez con tus tonterías”, y se levantó para abrir un poco más las persianas.
Fue entonces —cuando el sol le dio de lleno en el cuello y le hizo brillar el sudor en la nuca— cuando yo dije algo que no debí:
—¿Y si nos sentamos aquí, juntos?
Ella me miró, cruzó los brazos, y puso esa cara de “ahora sí te la vas a meter, hermano”. Pero no rechazó la invitación. Se sentó, sí, pero no al otro extremo del sofá. Se acercó, un poco, solo un par de centímetros. Lo suficiente para que su muslo rozara el mío.
—Oye, Valentina —dijo, y su voz era más grave de lo normal, más pausada—, ¿tú crees que Raúl va a despertar antes de que llegue la cena?
—No creo… lleva así desde las dos. Si ni se movió cuando se le cayó el celular al piso.
Ella asintió, y de golpe, como si algo en su cabeza hubiera hecho clic, se volvió hacia mí. Sus ojos estaban más oscuros, más húmedos. No dijo nada. Solo me miró. Yo sentí el corazón en la garganta, como si me hubieran dado un golpe seco en el pecho.
—¿Tú sabes…? —empecé, pero no supe seguir.
Ella me puso la mano sobre la rodilla. Caliente. Segura.
—No digas nada —susurró—. Solo dime si quieres.
Yo asentí. Un movimiento tan pequeño que ni ella se dio cuenta, pero yo sentí el mundo girar.
Fue entonces cuando se levantó, lentamente, y me tendió la mano. No dijo “vamos al baño”, ni “al cuarto”, ni nada. Solo tiró de mí, y yo me levanté como un zombie, como si me hubieran clavado una aguja de éter en la columna. Subimos las escaleras de dos en dos, sin mirarnos, sin hablar. Ella iba un paso adelante, y yo vi cómo se le movían las nalgas dentro de esos pantalones cortos, cómo se le marcaban los glúteos con cada paso, y me dije: *esta noche no va a ser como las otras*. Esta noche iba a ser la primera.
Cuando llegamos al baño, ella cerró la puerta, se volteó y me quitó la camiseta con una sola mano. Yo no sabía qué hacer, pero ella ya tenía las suyas en el suelo, y su sujetador negro con encajes pequeños, ese que siempre usaba cuando iba a trabajar, estaba colgado del dedo índice. Me miró, y esta vez sí sonrió: una sonrisa de bruja buena, de gata que ya sabía dónde iba a dormir.
—Tú no sabes lo que he querido hacer esto desde hace meses —dijo, y me tomó de la muñeca—. Pero hoy… hoy me cansé de esperar.
Me sentó en el borde de la tina, abrió mi jeans y me sacó la verga, que ya estaba dura como una piedra. Me miró, la primera vez que me veía así, y se lamió los labios. Luego se quitó los pantalones cortos y se subió encima de mí, sentándose a horcajadas, con las manos apoyadas en mis muslos. Me miró a los ojos mientras bajaba, lentamente, hasta que su caliente, húmeda, *suave* vagina engulló mi verga entera.
No dije nada. Solo cerré los ojos y dejé que el mundo se derrumbara.
Ella se movió con una lentitud que dolía, con esa seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere y lo va a tomar. Yo le agarré las caderas, le dije “más fuerte”, y ella me contestó con una risita que me heló la sangre:
—¿Te gusta que te domine, sí? —me preguntó, y se inclinó hacia adelante, pegando su pecho contra el mío, con los pezones duros rozando mi pecho—. Entonces agárrame fuerte, que esta vez no te voy a soltar.
Y así estuvimos: ella subiendo y bajando, yo empujando con fuerza, los dos jadeando, sudando, con el sonido del agua golpeando contra el esmalte cada vez que ella se movía. Me pidió que le mordiera el hombro, que le hablara mal, que le dijera que era mía. Y yo se lo dije, entre jadeos, entre palabras sucias que no sabía ni cómo salían
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.