Me cogí a la vecina del quinto cuando su esposo estuvo de viaje

Me cogí a la vecina del quinto cuando su esposo estuvo de viaje

@santiago_vera ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (6) · 157 lecturas · 4 min de lectura

Yo lo vi todo desde mi ventana, como cada martes desde que empezó el confinamiento. Ella, de pie frente al espejo del baño, se quitaba el sujetador con lentitud, dejando caer los pechos como sandías maduras al borde de una mesa. No era mi intención espiarla, pero el edificio es tan callado que hasta el crujido de sus tachuelas al caminar por el pasillo se escucha en mi departamento, al otro lado del muro delgadito.

Era la señora Valeria, del quinto piso, casada con un tipo de corbata apretada y mirada de quién no mira. Ella, en cambio, caminaba con las nalgas que rebotaban como si fueran dos puerquitos contentsitos, siempre con minifaldas que dejaban entrever el borde del tanga, ese de encaje negro que yo imaginaba ajustado a su culo redondo y apretado, no por edad ni cesárea, sino por ejercicio. Tenía las piernas bien torneadas, muslos fuertes, y un tatuaje pequeño, casi escondido, detrás de la rodilla izquierda: una serpiente enrollada en una flor.

Un martes, cuando el sol ya se metía por el lado este y pintaba de cobre el vidrio de mi ventana, ella se cayó una botella de vino en el pasillo. Me acerqué con una sonrisa forzada y le ofrecí ayudar. Me dijo “gracias, Santiago” —yo no sabía que sabía mi nombre— y me sonrió con los ojos entrecerrados, como quien ya te ha evaluado y te encuentra aprobado.

—¿Vino? —le pregunté, tomándole la botella. —Sí, pero ahora no. Me da cosita verlo en el suelo… —dijo, y se agachó con esa naturalidad que solo tienen quienes saben que su cuerpo gusta.

Me acordé de cómo se le contraía el ombligo cuando se estiraba, y cómo el borde del short de algodón blanco que llevaba ese día se metía entre sus nalgas al inclinarse. No dije nada. Solo le dije: “¿Necesita ayuda con algo más?” y ella me miró fijo, sin apartar la vista, y asintió.

Subimos juntos al quinto. Su puerta olía a vainilla y sudor ligero, como pan recién horneado y arena tibia. Ella se quitó las sandalias y me ofreció un vaso de agua. Le dije que no, que mejor me quedaba con el vino. Ella se encogió de hombros, se sentó en el sofá, y cruzó las piernas. No era coquetería; era un gesto de confianza.

—Me llamo Valeria —dijo, tomando un trago de agua. —Santiago —respondí, sentándome a un lado, sin tocarla, sin apresurar.

La conversación fluyó. Hablamos de películas viejas, de su gato que se escapaba cada que llovía, de cómo odiaba el trabajo pero lo hacía por los hijos. Me contó que su esposo viajaba los martes y miércoles por trabajo, y que siempre volvía con ganas de dormir. Que a veces se quedaba despierta mirando el techo, pensando en cosas que no decía.

Yo no le toqué la mano. No hasta que ella misma la puso sobre mi muslo.

—¿Te importa? —susurró, con la voz un poco temblorosa, como si le costara trabajo admitir lo que quería.

No respondí. Solo le tomé la mano y la llevé a mi entrepierna. Ya estaba duro, pegado a la cremallera, como una verga que llevaba días soñando con salir. Ella sonrió, cerró los ojos, y apretó con suavidad.

—Ay, dios mío —dijo—, ya te sentí.

Me levanté, la tomé de la mano, y la llevé a su habitación. La cama estaba hecha, con una sábana azul pálido, olía a lavanda y a piel de mujer. Ella se quitó la blusa lentamente, dejando ver el sostén negro, con el encaje que ya conocía por las noches, desde mi ventana. Me desabroché los pantalones, la verga salió tiesa, negra por dentro, con la punta húmeda, como una flor que se abre al sol.

Ella se acercó, se arrodilló, y me besó el glande con la lengua. Un beso corto, húmedo, que me hizo temblar. Luego me lo metió todo a la boca, suave, con la mano apretando suave el culo, y yo la miraba mientras lo hacía, viendo cómo se le hinchaban los labios alrededor de mi verga, cómo sus ojos se cerraban con placer, cómo su nariz se contraía cada que me traga.

Me senté en la cama, la tomé del pelo, y le dije: “levántate”. Le bajé el short y el tanga juntos, y vi su culo, redondo, terso, con un hoyito en la parte de arriba, y la entrepierna húmeda ya, con el pelo recién afeitado, brillante. Le separé las nalgas con las manos y vi su coño, rosado, con los labios hinchados, y una gota de humedad que resbalaba por el monte de Venus.

Me metí dentro de ella con calma, lento, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cómo se apretaba a mi verga, cómo soltó un suspiro largo, como si hubiera estado esperando esto desde hace años.

Cogíamos con lentitud, con fuerza, con ganas. Ella gemía “sí, Santiago”, “más adentro”, “no pares”, y yo la miraba fijo, viéndole el sudor en el cuello, los pechos que rebotaban, su boca entreabierta, los ojos cerrados pero sonriendo.

Cuando me corrió, me agarre de las caderas, la apreté

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@santiago_vera

Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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