Cuando me follarón en el coche del jefe mientras el resto dormía en la fiesta

Cuando me follarón en el coche del jefe mientras el resto dormía en la fiesta

@sombra ·20 de octubre de 2026 · 🔥 4.2 (15) · 315 lecturas · 4 min de lectura

La puerta del garaje se cerró con un *clunk* seco, como un cierre de caja fuerte. Vos tenés la frente apoyada en el volante frío, respirás hondo y sentís el algodón del blazer de tu jefe, la señora Clara, pegado a la nuca. Ella te acaricia la nuca con un dedo, lento, como si estuvieras un perrito que se dejó domesticar. No es la primera vez que te mira así: con esos ojos oscuros que no pedían permiso, solo lo tomaban. Y vos, idiota, le dejaste tomar.

—¿Y bien, piña? —le decís, tratando de que te salga con una risita burlona, pero te sale más ahogado, como un susurro roto—. ¿Te pareció que me iba a negar si me decís *vení*?

Ella no responde de inmediato. Te da la espalda, se saca los zapatos, se desabrocha la falda con un movimiento suave, como si fuera un mapa que se despliega. Te gira la cara con la yema de los dedos y vos, sin pensarlo, le besás los labios. No es un beso dulce, no: es húmedo, urgente, con lengua y sal. Ella se ríe contra tu boca y te empuja contra el asiento del copiloto.

—Mirá cómo te pone —le decís, con la voz quebrada, señalando el bulto que tenés en los pantalones.

—Claro que me pone —susurra ella—. Me pone que me lo hayas esperado todo este tiempo.

El coche huele a perfume caro, a cuero y a sudor. Clara se baja de la falda, pero no se levanta del todo: se queda de rodillas, con las manos apoyadas en tus muslos. Le tirás el cierre de los pantalones y vos sentís el aire frío contra la piel, pero también el calor de sus ojos, que no te sueltan ni por un segundo. Ella saca tu pene, ya medio duro, ya goteando, y lo sostiene como si fuera una llave que no sabe si abrir una puerta o cerrarla.

—¿Viste que no te dije *no* desde el primer momento? —le decís, intentando tomar el control—. ¿Viste que ya sabía lo que ibas a hacer?

Ella te sonríe, lenta, y te mete la lengua por el glande, saboreándote como si ya te hubiera probado mil veces. Te agarra los testículos con un apretón suave, pero seguro, y vos apretás los dientes, conteniendo el grito que querés soltar. No querés romper el hechizo. No querés que se detenga.

—Callate, gordo —le decís, pero sin fuerza—. Te vas a enterar si seguís así.

Ella no hace caso. Te baja los pantalones hasta las rodillas, te levanta una pierna sobre el asiento, y vos sentís su aliento en el culo. No te toca el culo: te toca la concha, con la punta de los dedos, rozándote la entrada, sin entrar aún. Te mira, y vos no podés evitarlo: cerrás los ojos y te dejas llevar. Le decís su nombre, y ella se ríe de nuevo, pero esta vez con un tono que te hace estremecer.

—Clara —le decís—. Clara, ya no aguanto más.

Ella te mira, fija, y vos sentís que te está leyendo el alma. Le metés una mano en la falda, le rozás la entrepierna, y sentís la humedad ya en el algodón de la slip. Ella te deja meter dos dedos, y vos sentís el calor, la tensión, el lugar donde ella querés estar. Ella se levanta, te saca las manos, te pone una rodilla en el asiento, y vos sentís el peso de su cuerpo, el roce de su concha contra tu pene, ya duro como una piedra.

—Mirá —le decís, con la voz quebrada—. Mirá cómo te lo pongo.

Ella se inclina hacia adelante, te muerde el lóbulo de la oreja, y vos sentís el pene de ella rozándote el glande. No es que quieras entrar: es que *necesitás* entrar. Ella te guía, te empuja con una mano en la cadera, y vos sentís su concha abrirse, tragar, cerrarse alrededor de tu pene. Es como entrar en un horno: apretado, húmedo, cálido. Ella se mueve lento, muy lento, y vos no podés hacer nada más que sujetarla por las caderas, sentirla subir y bajar, sintiendo cada curva, cada pliegue.

—¿Te gusta así? —le decís, con la voz ronca.

—Me gusta más cuando vos me decís *sí*, cuando me decís *sí, Clara, sí*, cuando me decís *no parés* —le susurrás, mientras ella te mira con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pelo pegado a la frente.

El coche se mueve con cada embestida, y vos sentís el olor a sexo, a perfume, a sudor, a ella. Ella se inclina, te muerde el cuello, y vos sentís el pene de ella rozándote el culo, pero vos ya no querés eso: querés que siga, querés que te lo meta todo, querés que no pare hasta que no puedas más.

—Clara —le decís—. Clara, me voy a venir.

Ella te mira, te sonríe, y vos sentís que te está diciendo *sí*, pero sin palabras. Solo con el movimiento, con el apretón, con el calor. Y vos te vienes, con un gemido ahogado, con la frente contra su pecho, con las manos aferradas a su pelo. Ella te deja terminar, te sostiene, te acaricia la nuca, y vos sentís que el mundo se detuvo, que el garaje es el único lugar que importa.

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@sombra

Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.

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