Me chupó la verga hasta que se le llenó la boca de leche
6 minMe chupó la verga hasta que se le llenó la boca de leche
La primera vez que vi a Lety sentada en el sofá de su casa con ese vestido ajustado que le ponía las nalgas como dos melocotones maduros, supe que esa noche iba a chuparle la verga. No era por simpatía ni por romance: era pura necesidad de chingarla hasta que se le olvidara hasta su nombre. Y ella, con esa sonrisa de perra sabrosa que le ponía cuando ya tenía el cuerpo encendido, me lo dejó claro desde el principio.
—Santiago, ¿tú eres de los que muerden o de los que chupan suave? —me preguntó, poniéndose de pie despacio, como si el tiempo se le hubiera quedado pegado a la piel.
—Depende de qué verga esté chupando —le respondí, acercándome hasta que sentí su calor, ese sudor salado y el aroma de su perfume barato que le costó cincuenta pesos en la tiendita de la esquina.
Ella no se anduvo con tonterías. Me tomó de la mano y me jaló hacia su cuarto, una habitación pequeña con paredes amarillo polvo, una cama de dos plazas deshecha y una lamparita que parpadeaba cada vez que hacía algo fuerte. Se sentó en el borde, me hizo un gesto con los ojos y yo, sin perder tiempo, me agaché a desatarle los zapatos. Los tacones altos que le daban ese caminado de perra orgullosa. Se los quitó despacio, como si fuera a guardárselos como recuerdo.
—Despacio, cariño —dijo, pero sus ojos decían otra cosa—. Quiero verte, quiero ver cómo me chupas.
Me puse de rodillas frente a ella, con las rodillas apoyadas en el colchón, y la miré a los ojos mientras le abría la cremallera del vestido. El tejido se deslizó hacia abajo como una serpiente rendida, y apareció su cuerpo: pechos pequeños pero duros, pezones morenos y erguidos, vientre plano con un ombligo hundido, y entre las piernas, ese culo redondo, apretado, cubierto por una braguita negra de encaje que apenas contenía la humedad que ya empezaba a gotear.
—Chévere —murmuré, pasándole la punta de la lengua por los labios—. Me encanta cómo te queda.
No le di chance a que respondiera. Le bajé la braguita con un solo movimiento, tirando suave pero con firmeza, y cuando vi su vagina por primera vez en esa noche, con los labios hinchados, ya húmedos, con ese pequeño bucle de pelo rubio claro en su pubis, no dudé. Me incliné y le metí la lengua de golpe, chupándole el clítoris como si fuera el último trozo de pastel en una fiesta de cumpleaños.
Ella soltó un grito ahogado, con la mano en mi cabeza, empujándome hacia ella pero sin fuerza, como si le gustara que yo decidiera cuándo parar.
—Sí, así —dijo, jadeando—. Chupamela, Santiago. Que me llegue la leche a la garganta.
Le chupé todo. El clítoris, los labios, el conducto vaginal, el fondo del coño, todo. La lengua dentro, fuera, girando, chupando, mordisqueando con cuidado. Le metí dos dedos y los moví como si le estuviera sacando el alma por la boca. Ella se estremecía, sus caderas se movían al ritmo de mis dedos, y cuando sentí que se acercaba al borde del abismo, le puse la mano sobre la boca y le dije:
—No te muevas. Déjame ver cómo te me vierte la leche.
Fue entonces cuando ella me tomó la cabeza y me puso su coño en la cara, con los labios abiertos, húmedos, vibrando con cada contracción. Y se corrió. No con un grito, sino con un gemido bajo, gutural, como de animal herido. Su cuerpo se tensó, sus pechos se estremecieron, y una corriente caliente y espesa me salpicó la lengua: era su leche, su fluido sexual, dulce, salado, con ese sabor a sexo puro.
—Mierda… —susurró, respirando con dificultad—. Te me caíste encima, Santiago.
Me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano, y le sonreí. Ella me devolvió la sonrisa, pero esta vez con una mirada diferente: no era deseo, era hambre. Quería más. Quería la verga.
—Ahora me la chupas tú —me dijo, tirando de mi camiseta—. Quiero ver cómo te la metes en la boca.
Me desabroché el pantalón, bajé la cremallera y saqué mi verga. Ya estaba dura, gorda, con la punta húmeda y los vasos sanguíneos marcados como cuerdas bajo la piel. Le mostré el pene, girándolo un poco para que lo viera bien: la cabeza rosada, el glande brillante, el corona marcado, el pellejo suelto del escroto colgando abajo, lleno de bolas duras.
—Mira qué verga te dejé —le dije—. Ya te la quiero ver en la boca.
Ella se acercó, me tomó la verga con las dos manos, la sostuvo como si fuera un vaso de vidrio y la acercó a su nariz. La olió, como si estuviera probando el aroma de un vino caro, y luego me miró con los ojos entreabiertos.
—Huele a mierda buena —dijo, y me sonrió.
Me metió la punta en la boca. No fue suave. Fue directo, con fuerza, hasta que la garganta se le comprimió y sus ojos se pusieron vidriosos. La mano derecha la puso en mi cadera, la izquierda en mi culo, apretándome como si quisiera clavármela en la piel. Y empezó a mover la cabeza: arriba, abajo, arriba, abajo. Con un ritmo que ya le sabía, como si lo hubiera practicado frente al espejo.
—Maldita perra —le dije, metiéndole más—. Chupámela como si fuera el último coño de tu vida.
Ella no respondió. Solo asintió con la cabeza, con la verga dentro, y siguió chupando. La lengua le salía de la boca, rozando el corona, subiendo hasta el pellejo del escroto, bajando otra vez. A veces me mordía la punta, otras me chupaba con fuerza, como si quisiera hacerme explotar los vasos. Y yo, sin perderme, le movía las nalgas con las manos, empujando, empujando, hasta que sentí que no aguantaba más.
—Lety… —dije, jadeando—. Me voy a correr en tu boca. Quiero que me tragues toda la leche.
Ella abrió los ojos, me miró fijamente y asintió de nuevo. Entonces me corrí. No con un chorro suave, sino con una descarga violenta, espesa, que salió de mi verga como una bomba. La sentí latir en su boca, cada pulso una descarga eléctrica que le hacía temblar las manos. Y ella tragó. Tragó todo. La primera dosis, la segunda, la tercera. Hasta que mi verga ya no tuvo nada que darle, hasta que se volvió blanda y pequeña entre sus manos.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, me dejó caer la verga en el regazo y me miró con una sonrisa de perra satisfecha.
—Ahorita me la vuelves a chupar —me dijo—. Porque esta no fue la última vez.
—Claro que no —le respondí, metiéndole la mano por debajo del vestido—. Esta noche vamos a chingar como si no hubiera mañana.
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.