Lo que pasó por Zoom con mi vecina del cuarto piso
10 minLo que pasó por Zoom con mi vecina del cuarto piso
La primera vez que la vi en persona —real, no por pantalla— fue hace tres años, cuando aún no sabía que se llamaba Lucía. Fue en el ascensor del edificio: ella entró con una bolsa de supermercado pesada, camiseta de algodón gris, pantalón corto y calcetines desparejados. Un pie descalzo se asomaba entre el pliegue del pantalón. Llevaba el cabello recogido en un chongo torcido, algunas hebras sueltas le rozaban el cuello. Me fijé en eso: el modo en que una gota de sudor se le deslizaba por la nuca, siguiendo el contorno de la vértebra C7. No dije nada. Solo le ofrecí sostener la bolsa. Ella asintió con una sonrisa breve, agradecida. Nada más.
Pasaron meses antes de que volvíamos a cruzarnos. Luego, una noche de luna menguante, escuché sus pasos en el pasillo, cerca de mi puerta. Me detuve. La música que salía de su apartamento no era la típica del vecino que pone el volumen al máximo: era jazz suave, saxofón, algo de Bill Evans. Me acerqué un poco a la pared, como si quisiera escuchar mejor. Ella cerró la puerta, y por un instante, el silencio se hizo tan denso que juraría que el aire vibraba. Cuando volví a oírla, ya era por la pantalla.
Fue ella quien me envió el mensaje.
—Oye, ¿vos sos el que vive en el cuarto? El que siempre tiene las luces bajas y el libro en la mano.
No firmaba. No daba su nombre. Solo eso. Una pregunta directa, sin saludo ni corte. Me gustó. Respondí sin pensarlo mucho:
—Sí. El del libro. El que no sabe cuándo cerrar la página.
Ella tardó dieciocho minutos en contestar. Lo conté. Dieciocho minutos. Cuando llegó su respuesta, era una foto: una taza vacía sobre una mesa de madera, con un borde de café seco en el fondo. Y una frase:
—Ahora entiendo por qué a veces se te cae la tinta del bolígfo cuando lees algo que te toca.
Me llamó así: *toca*. No “me gusta”, ni “me emociona”, ni “me hace sentir algo”. *Toca*. Como si las palabras fueran dedos que rozan una piel sensible.
Le propuse una videollamada casual, “para saber quién es el vecino del cuarto”, dijo. “Por si un día necesito un huevo o una taza de azúcar”. Ella aceptó con una carcajada suave, como si ya supiera que no era por azúcar.
La primera vez que la vi por pantalla, llevaba una camiseta vieja de su universidad, los cabellos sueltos, el rostro sin maquillaje, salvo un brillo en los labios. No era una cara de “para la cámara”. Era una cara de *estoy acá, tal cual soy*. Y me di cuenta de que sus ojos eran más verdes de lo que imaginé. No amarillos ni marrones: verdinosos, con motas de oro cerca de la pupila, como hojas de menta sumergidas en agua clara.
—¿Y bien? —preguntó, cruzando las piernas lentamente. No una provocación, sino un gesto natural, de alguien que se acomoda en su espacio.
—Bien —mentí—. No esperaba que fueras… tan normal.
—¿Tan normal? —rio—. ¿Eso es un cumplido o una advertencia?
—Una confesión. Creí que sería más… ruidosa.
—¿Por qué?
—No sé. Por el jazz. Por cómo habías escrito eso del café. Porque los que leen mucho a veces tienen la mirada dura.
—¿Y si te digo que soy blanda?
Su voz bajó. No por volumen, sino por intensidad. Como si el silencio que la precedía hubiera absorbido parte del aire y ahora tuviera que respirar con más cuidado. Yo apreté el celular entre las manos. No por vergüenza, sino por necesidad: sentí que si no me aferraba a algo, me levantaré de la silla y caminaré hasta la pared, como cuando escuchaba sus pasos.
—Entonces dime cómo es —dije.
—¿Cómo qué?
—Cómo te sientes cuando estás así… con la camiseta vieja, el pelo suelto, y un libro abierto a medio leer.
Ella se inclinó un poco hacia la cámara. No era una postura forzada. Era como si la pantalla se hubiera vuelto transparente y ella estuviera hablándome cara a cara, a pocos centímetros.
—Me siento… vulnerable —dijo, y sonrió—. Pero no en mal sentido. Es como cuando te quitas los zapatos después de caminar todo el día. El cuerpo sabe que ya no tiene que guardar posturas. Que puede… descansar.
—¿Y qué pasa cuando el cuerpo descansa?
Su sonrisa se desvaneció. Me miró fijo. No apartó la vista. Y entonces, lentamente, se llevó una mano al cuello. Se acarició la piel, como si estuviera probando si todavía estaba allí.
—Cuando el cuerpo descansa —dijo—, empieza a sentir lo que la mente no atiende.
Hubo un silencio. No incómodo. De esos que se instalan cuando dos personas se dan cuenta de que algo está cambiando. Algo invisible, pero real como el peso del aire.
—¿Y qué siente tu cuerpo ahora? —pregunté.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora que me está mirando así.
Ella se mordió el labio inferior. No mucho. Sólo un roce. Una pausa entre una respiración y otra.
—Me siento… lista —dijo—. No para hacer nada. Sólo para *estar*. Como cuando el sol entra por la ventana y el polvo empieza a moverse en espirales. No sabés qué va a pasar, pero ya no estás solo en la habitación.
No supe qué decir. Me puse de pie, sin pensarlo. Caminé hasta la ventana, abrí la persiana un poco más. La luz de la calle entró, suave, dorada. Me di cuenta de que había estado respirando con la ayuda del pecho. Ahora bajaba con el diafragma. Me senté otra vez. Me puse cómodo. No por comodidad física, sino por confianza. Como si supiera, de pronto, que ella no iba a romper nada.
—¿Y si nos vemos en persona? —pregunté.
—¿Ahora?
—No. Cuando digas.
—¿Y qué haríamos?
—Lo que quieras. Caminar. Tomar un café. Hablar. O nada.
—¿O nada?
—O nada.
—Me gusta la idea de *o nada* —dijo—. Porque a veces lo que más toca es lo que no se dice.
Esa fue la última vez que hablamos durante diez días.
No fue un silencio frío. Fue un silencio cargado. Como si cada día hubiera dejado una nota en la mesa: *Aún estoy aquí. Aún te veo*. Ella no me escribió. Yo tampoco. Pero cada noche, a las 22:37, el celular vibraba suavemente. Una notificación de Zoom. No una llamada. Sólo la app abierta, con el historial de videollamadas recientes. Una mancha de luz en la oscuridad. Yo la miraba. Me sentaba. Esperaba. Y a veces, si tenía suerte, aparecía su nombre al final de la lista, con un pequeño icono de *en vivo*.
La onceava noche, me llamó.
—¿Estás en casa? —preguntó.
—Sí.
—¿Con ropa?
—Con una camiseta. Y pantalón corto.
—¿Y si te quitás la camiseta?
No dudé.
—Me la quito.
Se escuchó un suspiro. No exagerado. Natural. Como si le hubiera acariciado la nuca.
—Ahora —dijo—. Despacio.
Me puse de pie. Desabroché los dos botones de arriba. Deslicé la tela por los hombros. La camiseta se arrugó en mis manos. No la lancé. La dejé sobre la silla, como si fuera un abrigo que alguien me devolvía.
—¿Ves? —dije—. Ya no tengo nada encima.
—No —dijo ella—. Te veo.
—¿Qué ves?
—Un pecho. Un pecho que respira. Y un corazón que late más fuerte de lo que debería.
—¿Y qué hace tu cuerpo?
Ella no respondió de inmediato. Se llevó una mano al cuello otra vez. Esta vez, con más lentitud. Se desabrochó el primer botón del collar de plata que llevaba. Un simple cordón con una lágrima de jade.
—Mi cuerpo —dijo— ya no tiene miedo de sentir.
Me acerqué un poco más a la cámara. Ya no necesitaba la persiana abierta. Ya no necesitaba la luz de la calle. Habíamos entrado a un espacio que no estaba en el mapa.
—¿Y si ahora te quitás esa camiseta? —pregunté—. La que dejaste sobre la mesa.
—¿Cómo sabés que la dejé sobre la mesa?
—Porque te miré.
—¿Y qué más viste?
—Ví que tenías los pechos pequeños. Redondeados. Los pezones más oscuros que la piel. Y una marca en la axila izquierda. Como una arruga suave, de cuando te estiras.
Su respiración se agitó. No mucho. Sólo un leve temblor en la voz.
—¿Y si te digo que ahora me la quito?
—Entonces yo me quito los pantalones.
No fue una orden. Fue una promesa. Una oferta.
Ella se puso de pie lentamente. La cámara no se movía. La mesa, la taza vacía, el libro abierto. Todo seguía igual. Sólo ella se levantaba, como si el mundo fuera más pesado sin ella sentada.
Se desabrochó la camiseta desde abajo. Primero la tela, luego los botones. La sacó por la cabeza con un movimiento fluido, como si fuera una serpiente que se deshace de su piel vieja.
Y allí estaba.
Pechos pequeños, sí. Redondeados. No perfectos, no simulados. Verdaderos. Con venas finas que se marcaban cuando respiraba. Pezones pequeños, oscuros, endurecidos. Una cicatriz casi invisible en el costado derecho, como si hubiera tenido un accidente de bicicleta de niña y lo hubiera olvidado. Y entre las piernas, el vaquero ajustado, el borde de un slip de algodón blanco asomando.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Me encanta.
—¿Por qué?
—Porque no fingís nada. Porque no tenés que demostrar nada. Porque estás acá, conmigo, y no tenés miedo de que te vea.
—No tengo miedo —dijo—. Tengo ganas.
—¿De qué?
—De que me toques.
—¿Así?
—Sí. Pero primero… primero tenés que decirme qué querés.
Le costó decirlo. Lo vi en la forma en que su voz tembló, en la forma en que su mano derecha apretó la tela del slip. No era vergüenza. Era atención. Como si cada palabra fuera una llave que abría una puerta.
—Quiero —dije—. Quiero saber cómo te sientes cuando te toco el pecho derecho con la mano izquierda. Quiero saber qué color se pone tu piel cuando te acaricio el cuello. Quiero saber si sos de las que cierran los ojos cuando te besan el ombligo.
—Sí —susurró—. Soy de las que cierran los ojos.
—¿Y si te beso el ombligo ahora?
—Entonces voy a arquear la espalda. Como una gata. Pero no por placer. Porque el aire me falta.
—¿Y qué pasa cuando el aire te falta?
—Me abrazo a mí misma. O a alguien.
—¿Y si yo te abrazo?
—Entonces… entonces voy a susurrarte mi nombre.
—¿Cuál es?
—Lucía.
—Lucía.
La repetí, despacio. Como si la palabra fuera una piedra que arrojo al agua y espero ver las ondas.
—Lucía —repetí—. Lucía, decime qué querés.
—Quiero —dijo— que me toques.
—¿Dónde?
—En la espalda. Primero. Despacio. Como si no supieras si soy real o un sueño.
—¿Y después?
—Después… después que me beses el cuello. Y después que me quites el slip.
—¿Y si te lo quito?
—Entonces… entonces voy a ponerte las manos encima. Y te voy a decir que no pare.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y si te digo que ya no puedo esperar?
—Entonces decime cuánto hace que no te tocas.
—Dos semanas.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque pensaba en vos.
—¿Qué pensabas?
—Que me decías algo así. Que me decías que me tocaras. Que me quitara la ropa. Que te dejara hacerlo.
—¿Y qué hacés ahora?
—Te dejo.
—¿Cómo?
—Te dejo hacerlo.
—¿A distancia?
—Sí. A distancia. Porque ahora mismo, vos estás en tu cuarto, con la luz baja, y yo estoy en el mío, con la puerta cerrada. Y entre los dos, hay un silencio que ya no es de espera. Es de promesa.
—¿Promesa de qué?
—De volver a vernos. De volver a tocarnos. De volver a sentirnos.
—¿Y si nos vemos en persona la próxima vez?
—Entonces no usaremos pantalones cortos.
—¿Por qué?
—Porque no necesitamos ropa para saber quiénes somos. Sólo necesitamos vernos. Y saber que el otro está ahí.
—Estoy ahí —dije.
—Yo también —dijo ella.
Se inclinó hacia la cámara. No por deseo. Por confianza.
—¿Me prometés algo?
—Lo que sea.
—Me prometés que no me olvidarás, aunque no hablemos por un mes. Ni por un año.
—Nunca te olvidaré.
—¿Y por qué?
—Porque vos sos la que me enseñó que el silencio también puede ser erótico.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que no estoy loca.
—No estás loca —dije—. Estás viva.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña.
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