Lo que pasó por videollamada

@adriana_v ·10 de febrero de 2026 · ★ 4.8 (29) · 1665 lecturas

La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por el resplandor azulado de la pantalla. Lucía sentada en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero de madera, las piernas dobladas y una copa de vino tinto en la mano. No había bebido mucho, solo lo suficiente para sentir el calor en las mejillas y una ligera relajación en los músculos, esa clase de calma que precede al deseo. El reloj marcaba las 11:47 de la noche. Había aceptado la videollamada sin saber muy bien qué esperar. Hacía semanas que hablaban por mensajes, desde que se conocieron en una lectura de poesía virtual. Él se llamaba Diego, tenía una voz grave y una mirada que parecía atravesar la cámara. No se habían visto desnudos, ni siquiera en fotos. Hasta ahora.

—¿Sigo? —preguntó ella, con la voz baja, como si alguien pudiera escuchar.

—Sí —respondió él, sin dudar.

Diego estaba en su apartamento en Bogotá, sentado frente a la computadora, con el torso desnudo y una toalla sobre las piernas. No había encendido la luz de su cuarto, solo una lámpara pequeña detrás, que dibujaba su silueta en sombras. Lucía no podía ver bien sus ojos, pero sentía que la miraba con intensidad. Habían acordado todo con cuidado: nada forzado, todo con pausa, con palabras. "Puedes parar en cualquier momento", le había dicho él horas antes. Ella asintió, aunque ya sabía que no lo haría.

Apagó la luz de su habitación con el control remoto y dejó que la pantalla fuera su única fuente de luz. El reflejo del monitor brillaba en sus pupilas. Llevaba puesto un camisón de seda negra, fino, que se adhería a sus curvas como una segunda piel. Con lentitud, se desabrochó el primer botón. Luego el segundo. No había prisa. Diego respiraba más profundo, aunque intentaba disimularlo. Ella lo notó por el leve cambio en su voz cuando dijo:

—Te ves hermosa así… con esa luz.

Lucía sonrió, bajando la mirada. Sus dedos recorrieron el borde del camisón, acariciando el muslo antes de subir de nuevo. Abrió el tercer botón, y luego el cuarto, hasta que el escote dejó ver el inicio de sus senos. La tela cayó un poco, apenas lo necesario para provocar. No se quitó el camisón del todo, no todavía. En cambio, se acostó de lado sobre la cama, apoyando la cabeza en un brazo, con la copa aún en la mano.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, sin mirar directamente a la cámara.

—Me encanta —dijo Diego, con la voz más ronca—. Pero quiero verte más.

Ella bebió un sorbo lento, dejando que el vino resbalara por sus labios. Luego, con deliberada lentitud, dejó la copa en la mesita y se incorporó. Se sacó el camisón por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Quedó desnuda, solo con un liguero de encaje negro y medias. Sus pechos eran firmes, con los pezones erguidos, no por el frío, sino por la excitación. Se acarició un pecho con una mano, suave, mientras lo miraba a través de la pantalla.

—¿Quieres que siga? —repitió.

—Por favor —dijo él, casi en un susurro.

Entonces Lucía se recostó de nuevo, separando lentamente las piernas. No se tocó de inmediato. Se limitó a mirarlo, con los ojos entrecerrados, como si lo desafiara. Diego, desde su lado, se quitó la toalla. Su erección era evidente, dura, palpitante. No se masturbó aún. Solo la miraba, con las manos sobre los muslos, conteniéndose.

—¿Puedo verte tocándote? —pidió.

Ella asintió. Con una mano, recorrió su vientre, bajando con suavidad, mientras con la otra se masajeaba un pecho. Sus dedos descendieron hasta el pubis, acariciando el monte de Venus con movimientos circulares. Luego, uno a uno, fue introduciendo dos dedos entre sus labios hinchados, ya húmedos. Un gemido leve escapó de sus labios, casi contenido, pero suficiente para que Diego cerrara los ojos un instante.

—Dios… —murmuró.

—¿Te gusta? —preguntó ella, mientras movía los dedos con más ritmo.

—Me encanta verte —dijo él, con la voz quebrada—. Pero quiero verte más… quiero verte venir.

Lucía asintió. Aumentó el ritmo, separando más las piernas, arqueando la espalda. Su clítoris estaba sensible, pulsando con cada caricia. No tardó mucho. El orgasmo llegó como una ola cálida, subiendo desde el vientre hasta la garganta. Sus dedos se detuvieron, temblorosos, mientras su cuerpo se estremecía. Abrió los ojos, buscando la pantalla.

—¿Me viste? —preguntó, jadeando.

—Sí… —respondió él, con la respiración agitada—. Fue hermoso.

Entonces, Diego se acarició por fin. Con una mano firme, recorrió su pene desde la base hasta la punta, despacio, como si estuviera midiendo cada centímetro. Lucía se incorporó un poco, apoyándose en los codos, sin dejar de mirar.

—Quiero verte venir —dijo ella, con voz suave.

Él asintió. Aumentó el ritmo, apretando más, moviendo la muñeca con precisión. Su mirada no se desvió de la cámara. Lucía se acarició de nuevo, esta vez con un solo dedo, mientras lo observaba. El silencio se llenó solo de respiraciones profundas, de gemidos contenidos, de la tensión del deseo compartido.

—Casi… —dijo él, entre dientes.

Y entonces llegó. Con un jadeo ronco, Diego eyaculó, con varios chorros que mancharon su vientre. Su cuerpo se tensó, las venas del cuello marcadas, antes de caer hacia atrás en la silla, exhausto.

Lucía sonrió, satisfecha. No dijo nada de inmediato. Solo se acostó de nuevo, abrazando la almohada, con la piel aún caliente.

—¿Sigues ahí? —preguntó él, con voz débil.

—Sí —respondió ella—. Sigo aquí.

Hubo un silencio corto, cómodo. No era incómodo, ni vacío. Era plenitud. Como si ambos supieran que algo había cambiado, aunque no hubieran cruzado la misma habitación.

—¿Te gustó? —dijo ella al fin.

—Fue… más de lo que imaginé —confesó él—. No pensé que algo así pudiera sentirse tan real.

—A veces —dijo Lucía, con los ojos cerrados—, lo que pasa a distancia puede ser más íntimo que lo que pasa cara a cara.

Diego no respondió, pero ella supo que lo entendía. No hicieron más planes. No se prometieron nada. Solo se despidieron con un “hasta luego”, sin “te amo”, sin “te extrañaré”. Pero cuando Lucía apagó la computadora, se quedó unos minutos más en la cama, con la piel aún sensible, pensando en la forma en que él la había mirado, como si fuera la única mujer en el mundo, aunque estuvieran separados por miles de kilómetros.

Y supo que, aunque no se volvieran a ver, aquella noche, por videollamada, algo verdadero había pasado.

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