Lo que pasó entre vecinos
4 minLo que pasó entre vecinos
Esa noche, Lucía se puso el vestido rojo que apenas le llegaba a la mitad del muslo, de esos que se ajustan como second skin y dejan entrever la curva de sus nalgas redondas. Se maquilló con cuidado: labios rojos oscuros, ojos bien definidos, y un poco de perfume fuerte —algo entre vainilla y especias— que le subía el calor al cuerpo apenas lo olía. Sabía que Carlos estaba en casa; lo había escuchado entrar hace una hora, el sonido del auto aparcando, la puerta chirriando. Él vivía solo, en el departamento del frente, y desde hacía semanas Lucía sentía el peso de su mirada cuando lo cruzaba en el pasillo.
Había dejado la cortina de la ventana del baño ligeramente corrida, un pequeño descuido intencional. Desde su habitación, a través de la rendija, veía el reflejo de la tele encendida en el espejo del baño. Y también, con un poco de suerte, el movimiento de Carlos sentado en su sofá, con los ojos pegados a su ventana. No era la primera vez que lo hacía: el voyeurismo entre vecinos tenía su chiste, su peligro silencioso, el sabor agrio de lo prohibido.
A las once y media, la luz del televisor se apagó. Carlos se levantó, caminó hasta su balcón y se apoyó en la barandilla, fumando un cigarro. Lucía lo observó desde la sombra, con el pecho subiendo rápido. Él llevaba pantalones vaqueros ajustados, la verga marcada en la entrepierna como un bulto pesado y firme. Se imaginó cómo sería tocar esa zona, sentir el calor de su piel, cómo temblaría si la tomaba por las caderas y la jala contra su cuerpo.
Se acercó al espejo, se desabrochó el vestido poco a poco, dejando al descubierto los pechos pequeños pero firmes, con pezones duros ya solo por el pensamiento. Se frotó los labios con el pulgar, luego bajó una mano hasta su entrepierna, por encima de la tanga de encaje negro, y presionó su clítoris, ya húmedo, ya listo. Se imaginó follando con él: a la rápida, contra la pared del pasillo, con las luces prendidas, sabiendo que cualquiera podía entrar y verlos.
De pronto, escuchó un golpe suave en su puerta.
—¿Lucía?
Era su voz, baja, un poco ronca.
Ella se puso de pie de un salto, sin apartar la vista del espejo. Se ajustó el vestido, se lamió los labios y abrió.
Carlos estaba ahí, con la camisa medio desabrochada, los ojos negros y brillantes. No sonrió. Solo la miró, de arriba abajo, como si la estuviera comiendo con la mirada.
—Vi que la luz se quedó encendida —dijo, sin mentir del todo.
—Pues ya se apagó —respondió ella, con la voz más baja de lo normal, como una caricia en la garganta.
Él dio un paso adentro, cerró la puerta con un clic seco. No la tocó de inmediato. Solo la miró mientras ella se humedecía los labios con la lengua, sin apartar los ojos del suyo.
—¿Quieres que te cuente lo que he soñado contigo esta semana? —preguntó ella.
—Dime uno —dijo él, y se llevó una mano al cinturón.
Ella se acercó, se puso de puntillas, y le susurró al oído:
—Te soñé metiéndome la verga por el culo, sin condón, mientras la vecina del piso de arriba hacía ruido con su aspiradora… y tú me decías: *choca más fuerte, chingada, que no te escucha nadie*.
Carlos gruñó, la agarró por la cintura, la levantó como si fuera nada, y la tiró sobre la cama. Le arrancó el vestido de un jalón, dejando sus pechos al aire, los pezones ya duros como perlas. Se quitó la camisa, los pantalones y la ropa interior, y allí estaba: su verga grande, tiesa, con la punta húmeda, brillante bajo la luz tenue.
No le pidió permiso. No era necesario. Ella ya lo había dado con la mirada, con el vestido, con el hecho de haberlo esperado. Él se subió sobre ella, separó sus piernas con las suyas, rozó su verga contra su clítoris, luego contra su vagina ya abierta, ya sudorosa.
—Estás mojada, chingada —murmuró.
—Sí… choca, Carlos, choca ya.
Él empujó. La verga entró de un jalón, hondísima, rozando su fondo de vientre. Ella soltó un grito ahogado, los ojos cerrados, las uñas clavadas en su espalda. Él no se detuvo. Empezó a correr, a clavarla, a sacudirla contra la cabecera de la cama, y cada golpe sonaba como un trueno en la habitación pequeña. Ella se arqueaba, los pechos rebotando, la vagina apretando su verga como un puño húmedo.
—¡Sí! ¡Sí! —gritaba—. ¡Más fuerte! ¡Chingame hasta que no aguante!
Él se inclinó, le mordió el cuello, le chupó una teta, y cuando sintió que ella iba a correrse, la volteó boca abajo, le levantó las caderas y le metió la verga por el culo, sin advertencia, sin pausa.
Lucía gritó, pero no paró. Sintió el estiramiento, el calor, la verga grossa que la abría por completo. Carlos la cogió con fuerza, las manos en sus caderas, y empezó a correrle por el culo, rápido, salvaje, como si quisiera partirl
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.