Lo que pasó entre los dos balcones
Era jueves, y el calor pegaba como una manta húmeda. Valeria se despojó de la camiseta y se puso solo un short de algodón, sin bragas, como le gustaba cuando el sol se metía por el balcón y le quemaba la piel. Desde su ventana, miraba el edificio de enfrente —el mismo desde hacía dos años—, pero hoy algo cambió. En el balcón del departamento 3B, una mujer estaba desnuda, de espaldas, lavándose el pelo con el grifo de la ducha abierta. El agua corría por su espalda, bajaba por los glúteos, se perdía entre las piernas. Valeria no se movió. No respiró. Solo miró.
La mujer tenía el pelo largo, oscuro, pegado a la piel. Se lavaba con lentitud, como si no tuviera prisa, como si supiera que alguien la veía. Valeria se acercó, apoyó las manos en el vidrio, y sintió el calor del sol en los pechos. No había cortinas en ese balcón. Nadie las ponía. Era como si la mujer hubiera decidido, sin decirlo, que el mundo tenía derecho a verla.
Valeria bajó una mano, lentamente, hasta su entrepierna. Se rozó con los dedos. La concha ya estaba mojada. No era la primera vez que se tocaba mirando a alguien, pero sí la primera vez que sentía que la otra también la miraba. Porque la mujer, de pronto, se giró. No con susto. No con miedo. Con una sonrisa lenta, casi imperceptible, y sus ojos —negros, húmedos— se clavaron en los de Valeria.
No se movió. No se cubrió. Solo la miró. Y Valeria, con la mano aún entre las piernas, se sintió descubierta, expuesta, viva.
La mujer levantó una mano, lentamente, y se la pasó por el pecho, acariciándose el pezón. No apresuró el gesto. Lo hizo como si estuviera dibujando una línea invisible entre ambos balcones. Valeria se mordió el labio. Se mojó más. Sintió el calor bajarle por las piernas.
—¿Vos también te mirás? —gritó la mujer, sin miedo, con una voz que se colaba por el aire caliente como una caricia.
Valeria no respondió. Solo asintió, con los ojos fijos, la mano todavía entre las piernas, los dedos abriendo la concha con suavidad, rozando el clítoris. La mujer sonrió, más fuerte esta vez, y se agachó un poco, deslizando una mano entre las piernas. Se separó los labios con los dedos, lentamente, como si estuviera mostrando algo sagrado. Valeria sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Se mordió el puño para no gritar.
—Vos tenés la mano ahí, ¿no? —preguntó la mujer, con la voz más baja ahora, como si fuera un susurro que solo Valeria podía oír.
Valeria asintió otra vez. No podía hablar. No tenía voz. Solo el pulso, el calor, el deseo que le temblaba en las venas.
La mujer se levantó, se sacó el pelo de la cara con una mano, y se acercó al borde del balcón. Se apoyó con las palmas, y se abrió del todo. El viento le levantó la entrepierna. El vello oscuro, mojado, brillaba bajo el sol. Valeria sintió que su propio cuerpo se abría. Se metió dos dedos adentro, con fuerza, y se los llevó a la boca. Los chupó, lentamente, mirando fijo a la mujer.
La otra la miraba, sin parpadear. Se llevó los dedos a la boca también, y los chupó con una lentitud que le partió el alma. Se mordió el labio inferior, y luego, con los ojos clavados en los de Valeria, se metió un dedo en la concha, lo sacó, y lo pasó por el clítoris, una, dos, tres veces. Luego, con la otra mano, se acarició el pecho, apretando el pezón hasta que se le erizaron los pechos.
—Sos linda —dijo la mujer, con voz ronca, como si le costara hablar.
Valeria no respondió. Solo se dejó caer contra el vidrio, con los ojos cerrados, los dedos dentro de ella, el cuerpo temblando. Se sintió deshecha, desnuda, en carne viva.
La mujer se acercó aún más. Se apoyó con el pecho en el borde del balcón, y se inclinó, como si quisiera tocarla. No lo hizo. Solo se quedó así, con el cuerpo ofrecido, con la concha abierta, con los ojos clavados en los de Valeria.
—Cogéme —dijo, sin pedir. Como si fuera una orden que ya estaba dada.
Valeria abrió los ojos. La miró. La vio. La sintió. Y se deslizó por el suelo, hasta quedar sentada, con las piernas abiertas, la mano entre las piernas, el cuerpo temblando. Se metió tres dedos, con fuerza, y los movió con una rapidez que le hizo soltar un grito ahogado.
La mujer la miró, con los ojos llenos de agua, y entonces, con una mano, se acarició el culo, lo abrió un poco, y se lo mostró. Valeria lo vio. El pequeño orificio, oscuro, húmedo, brillando bajo el sol. Y supo. Supo que esa mujer quería que la mirara. Que quería que la viera. Que quería que la cogiera con la mirada.
Valeria se levantó, se quitó el short, y se puso de pie, desnuda, frente al vidrio. Se abrió las piernas, se tocó el clítoris con dos dedos, y lo apretó con fuerza. Se movió, con lentitud, como si estuviera follando en el aire. La mujer la miraba, con la boca entreabierta, los pechos subiendo y bajando. Se metió un dedo en la boca, y luego lo metió en su culo. Lo sacó. Lo llevó a la boca. Lo chupó. Y luego, con la mirada, le dijo:
—Vení.
Valeria no se movió. Pero se abrió más. Se dejó caer, con los brazos atrás, y se puso a mover la cadera, como si estuviera recibiendo a alguien. La mujer la miró. La vio. La sintió. Y entonces, con una voz que parecía un gemido, dijo:
—Te voy a garchar con la mirada.
Valeria gritó. No un grito de dolor. Un grito de placer. De entrega. De fuego. Se corrió con los ojos abiertos, mirando a la mujer, viendo cómo ella también se corrió, con la cabeza hacia atrás, los dedos dentro de su concha, el cuerpo temblando, el agua still cayendo sobre su piel.
No se dijeron nada más. No se movieron. Solo se miraron. Hasta que el sol se fue, y el balcón se oscureció.
Valeria se vistió, con las piernas temblando. Se sentó en el suelo, con la frente apoyada en el vidrio. Y supo que, al día siguiente, volvería. Y que la mujer también.
Porque el deseo no necesita palabras. Solo miradas. Y la certeza de que alguien, en algún lugar, te está viendo... y te quiere.
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