Lo que pasó entre los apartamentos 4B y 4C

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del edificio viejo, ese sonido familiar que cubría todo ruido externo y hacía que el silencio del interior sonara más profundo. Valeria bajó la vista hacia sus pies descalzos, apoyados en el frío piso de cerámica del pasillo del cuarto piso. Tenía el cabello suelto, still húmedo por la ducha, y se había olvidado de ponerse una bata: solo una camiseta de algodón blanco, demasiado pequeña para ser decente, pero lo suficientemente corta como para que el borde rozara la mitad del muslo. Sabía que alguien la vería. O quizás, lo esperaba.

Era la tercera vez que se vestía así en las últimas dos semanas. No era casualidad. Era intención.

Desde que había mudado al 4B, había notado la puerta del 4C cerrarse con más frecuencia, las luces encenderse y apagarse en horarios impredecibles. No había visto al vecino aún —solo había escuchado pasos pesados, risas bajas al teléfono, el sonido de una botella de vidrio golpeando la pared del baño—. Hasta hoy.

Hoy había dejado su puerta entreabierta. No para invitar, sino para que él supiera: si miraba, vería algo. Y si no miraba… bueno, eso también era su decisión.

El timbre sonó a las 22:17. No esperaba a nadie. No *suponía* a nadie. Pero su corazón, ese traidor, latió dos veces con fuerza antes de que su mente pudiera detenerlo.

Abrió.

Él estaba ahí, con los hombros ligeramente inclinados hacia adelante, como si ya hubiera decidido cruzar el umbral. Alto, de piel oscura y pelo crespo recortado al ras. Una camiseta negra pegada al pecho, los pantalones vaqueros desgastados en las rodillas, como si hubiera pasado horas arrodillado en el suelo arreglando algo —o haciendo algo— que no quería compartir. Tenía una botella de cerveza en la mano izquierda, pero no la ofreció. Solo la miró.

—¿Valeria? —preguntó, voz grave, sin sorpresa.

—Sí.

—Soy Diego. Vivo aquí —dijo, como si eso explicara algo.

Ella sonrió, lento. Le gustó que no intentara convencerla de nada. Que no dijera *“disculpa, no quería molestar”* ni *“perdón, no sabía que estabas sola”*. Que simplemente estuviera, allí, con su cerveza y su mirada clara.

—¿Quieres entrar? —le preguntó ella, sin mirar hacia atrás. Sin darle tiempo a pensar.

Diego no respondió con palabras. Inclinó la cabeza un par de centímetros y dio un paso adentro.

El silencio fue denso, pero no incómodo. Valeria se movió hacia la cocina, dejando que sus caderas rozaran el marco de la puerta, sabiendo que él la seguía con la vista. En la heladera sacó una botella de agua, se la ofreció. Él la tomó sin quitarle los ojos de encima. Bebió poco, se secó los labios con el dorso de la mano.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.

Ella se giró lentamente, apoyándose contra el mostrador. La camiseta se alzó un poco más con el movimiento. El agua corrió en el grifo mientras lavaba las manos, lentamente, dejando que el agua le resbalara por los dedos, por la muñeca, por el antebrazo.

—Porque me gustas —dijo, sin rubor, sin tregua—. Y porque me gusta que me mires.

Diego dejó la botella vacía sobre el mostrador. Avanzó tres pasos, hasta que la distancia entre ellos no era más que el aliento y el calor que ya se sentía en el aire.

—¿Y si no me gustara que me vieras? —preguntó.

—Entonces no estarías aquí.

Él sonrió, esta vez de verdad. Un movimiento casi imperceptible de sus labios, pero suficiente para que Valeria sintiera el primer cosquilleo en la espalda, ese temblor leve que anuncia que algo bueno está a punto de suceder.

Diego alzó la mano, pero no la tocó. Solo pasó los dedos por su mejilla, lentamente, como si estuviera leyendo una brisa que solo él podía sentir. Su pulgar rozó su labio inferior, y Valeria exhalaron sin querer, la respiración rota por la urgencia que ya no intentaba ocultar.

—¿Me dejas seguir mirando? —preguntó Diego.

Ella no respondió. Solo tomó su mano y la llevó hacia su cuello, donde el pulso latía acelerado. Luego, con una sonrisa que solo él podría ver, susurró:

—Sí. Ahora, besa.

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Voyeurismo