Lo que pasó entre las cajas del depósito
La lluvia golpeaba suavemente el cristal de la puerta del depósito cuando Clara entró, empapada y con el pelo pegado a las sienes. Hacía una hora que no lo veía, pero desde que lo había visto cruzar el estacionamiento bajo la sombra del paraguas negro, ya sabía que hoy no sería como las otras.
—Llegaste antes que yo —dijo Daniel, sin mirarla, cerrando la última caja de archivadores. Su voz era baja, pausada, como si cada palabra la estuviera pesando con una balanza invisible.
Clara se quitó la chaqueta mojada con lentitud, dejando ver el vestido ajustado que brillaba apenas bajo la luz fluorescente del techito. No usaba maquillaje esa mañana, pero sus labios estaban más rojos de lo normal, como si los hubiera mordido sin querer.
—El cliente canceló la cita. Me dije: *mejor yo me encargo de esto antes de que se seque el asfalto*.
Daniel soltó una risita ahogada, sin levantar la cabeza. Tenía las manos cubiertas de polvo y un rasguño reciente en el dorso, de when abrió la caja de emergencia del fondo.
—¿Y si te ve alguien?
—¿Y si no lo hacemos hoy?
La pregunta colgó en el aire, más pesada que el olor a papel viejo y aceite de máquina. Daniel finalmente la miró. Sus ojos no eran los mismos de siempre: no eran los ojos del marido de Susana, ni del colega que la saludaba con una sonrisa forzada en las reuniones de fin de mes. Eran los ojos de alguien que había estado esperando este momento desde que ella le dejó caer, hace tres semanas, que su hija estaría con su madre los fines de semana.
—La llave está en la parte de atrás —dijo, señalando con la barbilla la puerta que daba al pasillo estrecho.
Clara no respondió. Simplemente caminó hacia él, lenta, sin prisa, como si ya hubiera atravesado ese mismo pasillo en sueños mil veces. Se detuvo a un palmo de su pecho. Sentía el calor que emanaba de su cuerpo, incluso a través de la tela húmeda del vestido.
—¿Tienes seguro el candado del fondo? —preguntó él, pero su voz ya no era de advertencia.
—El candado… —ella acercó una mano, sin tocarlo aún, y pasó los dedos por el borde de su cuello— …no es lo único que puede estar abierto.
Daniel respiró hondo. Bajó la vista a sus labios, luego a sus ojos, y por primera vez, no buscó una excusa. Solo asintió.
Clara se inclinó y apoyó la frente contra su pecho, escuchando cómo su corazón latía más rápido de lo necesario. Le pasó las manos por la cintura, sintiendo cómo sus músculos se tensaban, cómo su respiración se entrecortaba. Daniel le envolvió la nuca con una mano, con cuidado, como si temiera que se desvaneciera entre sus dedos.
—¿Estás segura? —preguntó, pero ya no había duda en su voz, solo una súplica disfrazada de reverencia.
Ella no respondió con palabras. En vez de eso, levantó la cara y besó su mentón, con la boca apenas abierta, dejando que el calor y la sal de su piel le dieran permiso. Daniel suspiró, y por fin la tomó de la cintura, girándola para que sus espaldas quedaran apoyadas contra la pila de cajas de cartón.
El frío del papel contracorriente contra su espalda contrastaba con el fuego que se extendía por su vientre cuando él inclinó la cabeza y besó su cuello, con mordiscos suaves, con mordiscos que no pedían permiso, sino que lo suplicaban. Clara le atrajo más cerca, deslizando los dedos bajo su camisa, sintiendo la textura de su piel, los puntos débiles que conocía de oídas pero nunca había tocado: la hendidura entre sus omóplatos, la curva de su columna baja, el borde de sus costillas.
—Dime que sí —susurró Daniel, y la mano que tenía en su cadera se cerró, leve, como una promesa.
—Ya lo dije —respondió ella, y esta vez sí lo besó, con la boca abierta, con urgencia contenida durante semanas.
La lluvia seguía cayendo fuera, pero dentro, entre las cajas polvorientas y los archivadores olvidados, el silencio se rompió con un solo sonido: el de dos cuerpos que, por primera vez, no se ocultaban.
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