Lo que pasó entre el cuarto y el quinto piso
10 minLo que pasó entre el cuarto y el quinto piso
La puerta del ascensor se cerró con un suspiro metálico, y dentro del pequeño cubículo brillaba la tensión como un alambre al borde de la rotura. En el interior, dos cuerpos se mantenían a la distancia exacta que la cortesía exigía —pero cada respiración era una confesión, cada movimiento una advertencia silenciosa.
María se ajustó el bolso de cuero sobre el hombro, con los dedos temblorosos que intentaba ocultar bajo el pañuelo de seda rojo que llevaba en el cuello. No era su primer engaño, pero sí el primero que se atrevía a cometer en la propia edificación de su vida cotidiana: el edificio donde vivía, donde trabajaba, donde su esposo le había regalado el anillo que ahora descansaba en un cajón del tocador, envuelto en algodón como si fuera un relicario.
Joaquín estaba a su izquierda, de pie con las manos en los bolsillos de su camisa blanca, la manga subida hasta el codo, dejando al descubierto una muñeca fina y una cicatriz delgada que parecía una línea de tinta perdida. No la miraba directamente. No lo necesitaba. Ya lo había hecho horas antes, cuando ella lo encontró en el pasillo del quinto piso, con una caja de herramientas a sus pies y una sonrisa que no correspondía a un técnico de mantenimiento.
—¿Se perdió, señora? —había preguntado, sin levantar la vista del cableado.
—No —respondió ella, con la voz más firme de lo que se sentía—. Estaba buscando el buzón del quinto.
—Está en el pasillo opuesto. A la derecha, después de la escalera.
—Gracias.
—¿Le ayudo?
—No, ya sé caminar.
Él había asentido, sin ironía, sin presión. Solo esperando, como si ya supiera que ella volvería.
Y volvió.
Había escogido la hora del descanso del almuerzo, cuando el edificio estaba más tranquilo, cuando las secretarias del tercer piso aún no habían regresado de la cafetería del centro, y el portero dormitaba frente a su televisor portátil. María había bajado las escaleras del cuarto al tercer piso, luego había subido por la escalera de emergencia, sin usar el ascensor. Había dejado el celular en casa. Había dejado todo, menos la promesa que se había hecho a sí misma: solo un minuto. Solo una mirada más larga. Solo una mano que no se retirara.
Ahora, dentro del ascensor, la luz parpadeó una vez, dos veces, y María sintió que el aire se espesaba.
—¿Le pasa algo? —preguntó Joaquín, por fin volteando hacia ella. Sus ojos eran oscuros, de un marrón casi café, y tenían algo que no era solo atención: era reconocimiento.
—No —mintió ella.
—¿Segura?
—Segura.
El ascensor bajó un piso. El sonido del cable se volvió más fuerte, como un latido acelerado. María se mordió el labio inferior, apenas, y sintió que Joaquín lo notaba. No lo decía, pero lo hacía. Sus pupilas se dilataron, apenas, y su respiración, que antes era pausada, ahora tenía un pequeño desfase.
—¿Por qué subió por las escaleras? —preguntó él, sin acusación, con curiosidad sencilla.
—Me gustan las escaleras.
—¿Sí? Yo también.
—Me recuerdan que puedo elegir no tomar lo más fácil.
Él asintió, lento. Como si entendiera.
—¿Y qué eligió hoy?
Ella no respondió con palabras. Solo bajó la mirada hacia su mano izquierda, donde el anillo había estado horas antes. Luego, despacio, lo dejó sobre la palma abierta.
Joaquín no lo tocó. Solo lo miró, y luego la miró a ella.
—¿Está segura? —repitió, esta vez con otra pregunta debajo.
—No.
—¿Entonces?
—Entonces… sí.
La puerta del ascensor se abrió en el sótano. No había nadie. Solo la luz tenue de las lámparas de neón, el olor a concreto húmedo y polvo, y el eco de sus pasos.
Joaquín hizo un gesto con la cabeza, como invitando. Ella lo siguió.
Pasaron por un corredor estrecho, con paredes de concreto sin pintar, y luego él abrió una puerta metálica que daba a un pequeño cuarto de máquinas. No era un lugar para estar. No era un lugar para hacerlo. Y eso, precisamente, era lo que lo hacía necesario.
—Aquí no —dijo ella.
—Aquí sí —respondió él.
Y la besó.
No fue un beso de deseo repentino, ni de apuro. Fue un beso que llevaba horas construyéndose, que se había formado en cada silencio compartido, en cada mirada que se había esquivado, en cada palabra no dicha. Fue un beso que empezó en los labios, pero se deslizó pronto hacia el cuello, donde el latido de María se volvió tan fuerte que él lo sintió contra su boca.
La empujó contra la pared, con suavidad, sin brusquedad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. Sus manos subieron por sus costados, rozando la tela fina de su blusa, y luego bajaron hasta su cintura. Ella no lo detuvo. No quería.
—¿Me deja? —susurró él, entre besos.
—Sí —respondió ella—. Sí, déjame, déjame sentir esto.
Él desabrochó el primer botón de su blusa. Lento. Cada movimiento era deliberado, como si estuviera descubriendo un mapa antiguo. El segundo, el tercero. El cuarto, y la tela se abrió, dejando al descubierto el encaje del sostén, color crema, con un pequeño detalle de bordado en la copa izquierda: una flor casi imperceptible.
Joaquín se detuvo.
—Es linda —dijo.
—Es vieja —respondió ella.
—Pero hermosa.
Y la besó de nuevo, esta vez en el pecho, a través del encaje. No presionó, solo rozó con los labios, con el calor de su respiración. María cerró los ojos y soltó un suspiro que no era del todo suyo: era una mezcla de miedo y placer, de culpa y liberación.
—Tú… —murmuró ella.
—¿Sí?
—Tú no me has tocado así desde… desde hace mucho.
—No lo olvidé.
—¿No?
—No. Cada vez que pasas frente a mi auto, te miro. Cada vez que me das el saludo con la mano, me pregunto cómo sería tu piel bajo mis dedos.
Ella lo miró, entonces, por primera vez desde que había entrado al cuarto. Sus ojos estaban húmedos, no de lágrimas, sino de algo más intenso: deseo reconocido.
—Entonces… ¿por qué no lo hiciste antes?
—Porque no quería que pensaras que era un hombre que aprovecha.
—Y ahora…
—Ahora tú me dijiste que sí.
Y entonces, con una lentitud que dolía y aliviaba a la vez, él levantó su mano y rozó su pecho desnudo, con la palma abierta, con los dedos temblorosos. La yema de su pulgar pasó por la punta de su pecho, a través del encaje, y María soltó un grito contenido, una nota ahogada que se perdió en la oscuridad del cuarto.
—¿Te duele? —preguntó él.
—No.
—¿Está bien?
—Está… mejor que bien.
Él sonrió, y esta vez sí fue una sonrisa verdadera, sin sombras, sin cálculo. Solo una sonrisa de hombre que ha encontrado lo que busca, y que no tiene prisa.
—Dime qué más quieres —susurró.
—No sé.
—Entonces te lo digo yo.
Y volvió a besarla, esta vez con más intensidad, con más hambre, pero sin romper la calma que había construido. Sus manos siguieron subiendo, deslizándose por debajo de la blusa, acariciando su espalda, rozando la correa del sostén, hasta que ella misma lo ayudó a quitárselo.
Los pechos de María, redondos y firmes, aparecieron en la tenue luz. Joaquín no los miró con avidez, sino con reverencia, como si estuvieran hechos de algo sagrado. Bajó la cabeza y lamió suavemente el pezón derecho, con la lengua apenas, como si probara un sabor nuevo.
María inclinó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, y dejó que el placer la invadiera. Fue un movimiento lento, casi doloroso, como si cada segundo fuera un acto de fe. Joaquín la sostuvo con una mano en la nuca, con la otra en su cintura, y siguió saboreándola, con lentitud, con dedicación.
—¿Tienes algo para mí? —le preguntó él, sin dejar de besarla.
—No.
—¿Segura?
—No —respondió ella, esta vez con una sonrisa—. No, pero sí.
Se apartó un paso, y bajó la mano a su bolsillo trasero, sacando un pequeño pañuelo de seda, del mismo color que el que llevaba en el cuello. Lo desdobló con cuidado y dejó ver un condón, envuelto con precisión.
—Nunca se sabe —dijo ella.
Joaquín lo tomó, y sus ojos brillaron. No por el objeto, sino por la intención. Por la elección.
—Eres valiente.
—Soy cansada de ser buena.
Él se puso de rodillas, con lentitud, y le desabrochó el cierre de la falda. No la quitó aún. Solo la bajó hasta las caderas, dejando su ropa interior al descubierto: un slip de algodón blanco, con un pequeño lazo en el centro.
—¿También esto es viejo? —preguntó.
—Sí.
—¿También hermoso?
—Sí.
—Entonces… déjame verlo.
Y la quitó.
Joaquín se inclinó, y con la punta de la lengua rozó el clítoris de María, apenas, como si estuviera acariciando una mariposa. Ella gimió, una vez, fuerte, y luego se mordió la mano para no hacer más ruido.
—Aquí —dijo él—. Aquí es donde quieres que esté.
—Sí —respondió ella.
Y él se lo dio.
No fue rápido. No fue desesperado. Fue un viaje, un recorrido. Primero con los labios, luego con los dedos, con una suavidad que dolía por la intensidad. María lo abrazó, lo llamó por su nombre, y cuando sintió que se venía, cuando el orgasmo la sacudió como una ola que no se puede detener, lo hizo con la boca contra su hombro, para no gritar.
Él la sostuvo, la acarició, la besó en la frente, y luego se levantó.
—¿Quieres…? —preguntó, indicando su entrepierna.
Ella asintió.
Y entonces, con los dos ya de pie, con la falda bajada y la blusa abierta, con el cabello despeinado y la piel ardiendo, María lo ayudó a desabrochar su cinturón, a bajar la cremallera, a sacar su pene, grande, tibio, ya al borde.
No se apresuraron. No necesitaban hacerlo.
Él la tomó de la cintura, la levantó con suavidad, y ella cruzó las piernas a su alrededor. Con una sola mano, él la sostuvo, con la otra se posicionó, y entonces la entró, lenta, muy lenta, hasta el fondo.
María soltó un grito ahogado. No fue de dolor, sino de reconocimiento. De completa, total, absoluta pertenencia.
—Estás… —murmuró él.
—Sí —respondió ella—. Estoy.
Y entonces se movieron, con un ritmo que nació de algo más antiguo que el cuerpo: de la necesidad, de la culpa, del deseo que había crecido en silencio durante semanas, meses, años.
Joaquín la empujaba con suavidad, pero con firmeza, y María lo acariciaba en la espalda, en el cuello, en la nuca, como si estuviera grabando cada centímetro en su memoria.
—¿Me amas? —le preguntó ella, entre jadeos.
—No.
—¿Entonces?
—Te deseo. Más que todo. Y eso, en este momento, es más honesto.
Ella sonrió, y lo besó, y se lo llevó más adentro, con un movimiento de cadera que los hizo temblar a los dos.
—Entonces… sígueme —dijo ella.
Y él lo hizo.
Llegaron juntos, en el mismo instante, con los ojos abiertos, con las manos entrelazadas, con el corazón latiendo a cien. María se movió con él, lo sintió llenándola, calentándola, convirtiéndola en algo más fuerte que lo que había sido antes.
Y cuando todo terminó, cuando él la bajó con cuidado, cuando ambos se quedaron allí, sin hablar, con las ropas desordenadas, con la respiración pesada, María se acercó a él y lo besó, en la frente.
—¿Volveremos a hacerlo? —preguntó.
—Sí —respondió él.
—¿Cuándo?
—Cuando vuelvas a subir por las escaleras.
Y se miraron, entonces, con la verdad entre ellos, sin miedo, sin arrepentimiento, solo con la conciencia de haber elegido, una vez más, la vida, aunque fuera en un lugar prohibido.
—¿Y si nos ven? —preguntó ella.
—Que nos vean —dijo él.
—¿Y si me arrepiento?
—Entonces te abrazaré hasta que pase.
—¿Y si no pasa?
—Entonces seguiremos aquí, esperando que sí.
María se sintió ligera, como si su cuerpo hubiera perdido peso. Se arregló la blusa, se subió la falda, se puso el pañuelo en el cuello otra vez.
—Me voy —dijo.
—Sé que sí —respondió él.
—¿Te veré mañana?
—
¿Qué tanto te calentó?
Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.