Lo que pasó en mi habitación después de la lluvia
Llovía desde las siete de la tarde. Una lluvia fina, persistente, que pegaba a las ventanas como una caricia insistente. Yo ya había encendido la lámpara de pie junto al sofá, la que tenía el abatible de cuero desgastado por años, y me había servido un vaso de agua con hielo que ya empezaba a derretirse. El aire olía a mojado, a tierra humedecida, a algo antiguo y seguro. Mi apartamento, pequeño pero íntimo, tenía ventanas grandes que daban al callejón lateral, donde las luces de los faroles se reflejaban en charcos diminutos. Todo estaba en silencio, salvo el goteo constante en el balcón y el murmullo lejano del tráfico.
Escuché el timbre a las ocho y veintidós.
No era normal. Nadie venía a esa hora, con esa lluvia. Me levanté con lentitud, sin apuro, como si ya supiera —o como si algo en mi pecho me hubiera anticipado— que era ella. Subí los tres escalones de madera que separaban el pasillo del living, y cuando abrí la puerta, la vi allí, parada bajo el techo protegido del portal, con el pelo oscuro pegado a las mejillas, la camisa blanca casi translúcida, el borde de la falda negra manchado por el agua.
—¿Puedo…?
Su voz era baja, casi ahogada por el sonido de la lluvia, pero clara como el cristal roto.
—Claro —dije, sin esperar a que terminara la frase.
Se apartó el cabello de la frente con una mano temblorosa y entró. No se quitó el impermeable, ni se sacudió el agua. Se detuvo en el centro del living, con las manos cruzadas frente al pecho, los ojos fijos en el suelo. Me di cuenta de que llevaba los pies descalzos, y que las suelas de los zapatos habían quedado en el portal, embarradas y solas.
—Me asusté —dijo—. Cuando se cortó la luz en mi casa. Y el sonido de los truenos… siempre me asusta.
Asentí. No era mentira. Yo también la había oído gritar una vez, hacía unos meses, en el supermercado del esquina, cuando un rayo cayó cerca de la estación. Ella entonces había soltado el carrito de compras y se había agachado, con las manos en las orejas, como si eso pudiera protegerla del mundo.
—Puedes quedarte —dije—. Mientras pase la tormenta.
No mencionamos que la tormenta ya había pasado. Ni que en el cielo, desde el balcón, ya se veían las primeras estrellas.
La invité a sentarse en el sofá. Ella se sentó al borde, con las piernas juntas, las manos apretadas entre los muslos. Yo me senté un poco más allá, con las piernas separadas, los codos sobre las rodillas. La lluvia seguía cayendo, lenta, como un susurro repetido. La luz de la lámpara le dibujaba sombras en el rostro, suavizando la línea de su mandíbula, oscureciendo el brillo de sus ojos.
—¿Quieres algo? —pregunté—. Té. Café. Agua.
—No —susurró—. Solo… quiero estar aquí un rato.
Me levanté y apagué la luz principal. Solo quedó la lámpara de pie, con su luz cálida que se extendía como miel derramada por el suelo. Ella me miró, y por primera vez, sus ojos no bajaron. Se quedaron en mí, largos, húmedos.
—Estás temblando —dije.
Ella se pasó la mano por los brazos, como si se estuviera frotando para calentarse.
—Es la humedad. Y el frío que entró conmigo.
—Ven —dije.
Me puse de pie y extendí la mano. No la tomé, pero sí la sostuve. Y con lentitud, como si cada milímetro fuera un pacto, se acercó hasta que su cabeza tocó mi hombro. Olía a lluvia, a jabón de lavanda y a algo más, algo que no tenía nombre, pero que sabía que era suyo.
No hablamos más. Dejamos que el silencio creciera entre nosotros, húmedo y denso, como la tela que se pega a la piel cuando estás sudando pero no por calor. Me incliné y apoyé la frente contra su sien. Su cabello estaba frío, mojado, y sin embargo, donde tocaba mi piel, sentía un calor intenso, casi febril.
—¿Te dije que siempre me gustó tu voz? —susurró.
—No.
—Es grave. Como el viento en los alambres.
Me incorporé y la miré. En ese instante, la luz le daba de lado, y el agua que aún le colgaba de las pestañas brillaba como perlas diminutas. Sus labios estaban entreabiertos, ligeramente hinchados, con un brillo natural que no necesitaba pintura. Me costó no besarla entonces, allí mismo. Pero algo me decía que no. Que debía esperar. Que lo que venía no era una precipitación, sino una marea.
Me puse de rodillas frente a ella.
No fue un movimiento brusco. Fue como un declive natural, como cuando el agua busca su nivel. Ella no se movió. Solo me miró, y esta vez no hubo temor en sus ojos. Solo curiosidad. Y algo más. Algo que brillaba como el fuego bajo la ceniza.
—¿Estás segura? —pregunté, con la voz más baja aún, casi un susurro en su piel.
Asintió, una sola vez. Y bajó la mano, lentamente, hasta posarla sobre mi cabeza. Sus dedos se entrelazaron entre mis cabellos, con suavidad, como si me estuviera acariciando por primera vez. No dije nada más. Me incliné hacia adelante, hasta que mi aliento rozó el cuello de su camisa.
La desabroché con lentitud. Cada botón fue una promesa. El cuarto botón, el tercero, el segundo… hasta que el tejido se abrió como una flor que no quería ocultarse más. Su pecho quedó al descubierto, suave, pálido, con pezones que ya estaban firmes, como dos botones negros contra la piel de marfil. No los toqué de inmediato. Solo los observé, mientras su respiración cambiaba, se volvía más profunda, más cortada.
—¿Te gusta? —pregunté, sin moverme.
—Sí —respondió, con los dientes apretados, pero con una sonrisa que no alcanzó a llegar a sus ojos.
Bajé la cabeza, lentamente, hasta que mis labios rozaron el primer botón. No lo lamí. Solo lo besé, con los ojos cerrados, como si estuviera orando. Luego, lo tomé entre mis labios, suavemente, con la presión mínima necesaria para que su cuerpo se arqueara, como si el aire mismo la empujara hacia mí.
Ella soltó un gemido. No alto, no desesperado. Solo un sonido corto, quejumbroso, que empezó en su garganta y terminó en mi pecho. Me separé un instante, lo justo para ver su rostro. Sus ojos estaban cerrados, la boca entreabierta, las mejillas ruborizadas. Sus manos, ahora, no estaban en mi cabello. Estaban en mis hombros, apretando, como si temiera que me fuera.
—Mira —susurré.
Ella abrió los ojos. Yo volví a cerrar los míos y volví a él. Esta vez, con más confianza. Lo lamí, una vez, lento, desde la base hasta la punta, como si estuviera descubriendo un mapa que ya conocía por dentro. Ella jadeó. Sus dedos se clavaron en mis hombros, y esta vez, no soltó el gemido. Lo dejó salir, completo, entero.
—Sí —dijo—. Sí, por favor.
No le pedí permiso. No era necesario. Su cuerpo ya me lo había concedido. Me deshice de mi camisa, de mis zapatos, y me senté en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá. Ella entendió. Se movió con una gracia que no sabía que tenía, y se sentó frente a mí, con las piernas abiertas a los lados de mi cintura. Me miró, y esta vez, no hubo duda. Me tomó de las manos y las colocó sobre sus muslos. Luego, con lentitud, se quitó la falda, como si estuviera quitándose una coraza.
Quedó allí, sentada sobre mis piernas, con el cuerpo desnudo bajo la luz de la lámpara. No usaba ropa interior. Su vientre estaba plano, con una suavidad que se curvaba hacia abajo, hacia el centro, hacia lo que yo ya sabía que quería.
No la toqué allí de inmediato. En su lugar, bajé una mano, lentamente, por su muslo, hasta el tobillo. Luego, con la otra, le acaricié la espalda, desde la base del cuello hasta la curva de sus glúteos. Ella se estremeció, pero no se movió. Solo me miró, con los ojos semicerrados, como si ya estuviera soñando.
—¿Te gusta que te toque así? —pregunté, mientras mis dedos rozaban la curva de su cadera.
—Sí —respondió—. Pero quiero más.
—¿Qué quieres?
—Quiero que me hagas sentir que no soy sola.
Le sonreí. No fue una sonrisa triunfal. Fue una sonrisa de comprensión. Le tomé la cara entre las manos, y la besé. No en la boca. En el cuello. Luego, más abajo, en el hueco entre sus pechos. Y luego, finalmente, bajé hasta donde ella me lo pedía.
No fue una carrera. Fue un viaje. Cada milímetro era una promesa. Cuando mis labios rozaron el primer pliegue de su sexo, ella soltó un grito, pero no de dolor. De sorpresa. De reconocimiento.
—Ahora —susurré.
Ella asintió, con los ojos cerrados, con los labios temblando. Me separé un instante, solo para mirarla, para ver cómo su cuerpo respondía al solo hecho de que estuviera allí. Luego, con la lengua, la toqué. Primero, suave. Luego, más hondo. Y finalmente, con el ritmo que ella necesitaba. No fue rápido. Fue profundo. Fue constante. Fue como si la lluvia hubiera entrado por la ventana y se hubiera convertido en algo más íntimo, más caliente.
Ella se arqueó. Sus manos volvieron a agarrar mis cabellos, pero esta vez no con fuerza. Con adicción. Con necesidad. Y cuando su cuerpo se estremeció, cuando su gemido se volvió un grito contenido, cuando su calor me envolvió y su cuerpo se deshizo en mis manos, yo no me detuve. Seguí. Porque ella me lo había pedido. Porque ella me había dicho que quería sentir que no era sola.
Cuando todo terminó, ella se derritió sobre mí, con la cabeza en mi hombro, el aliento caliente en mi cuello. No dijimos nada. Solo escuchamos la lluvia, que ahora era solo una brisa lejana, y el sonido de nuestro corazón, que había empezado a latir al unísono.
—Gracias —susurró, al final.
—Por qué —le pregunté.
—Porque hoy no estaba sola.
Y en ese momento, sin necesidad de palabras, supe que algo había cambiado. No era solo el encuentro. Era la confesión. El deseo que no se oculta. El cuerpo que se entrega sin vergüenza. Ella no era mi vecina. No era mi amante. Era una mujer que había venido a mi habitación después de la lluvia, y que, por primera vez en mucho tiempo, se había sentido deseada.
No la besé esa noche. No la toqué más. Solo la sostuve, mientras el mundo seguía girando fuera de la ventana, y mientras el silencio nos envolvía como una manta caliente.
Porque a veces, el deseo más puro no necesita acción. Solo presencia. Solo un cuerpo que se entrega, y otro que lo recibe, sin pedir nada a cambio. Solo un susurro en la oscuridad, que dice: *aquí estoy. Y tú también estás aquí.*
¿Te ha gustado? Valóralo