Lo que pasó en mi apartamento una tarde de lluvia

Lo que pasó en mi apartamento una tarde de lluvia

@santiago_vera ·7 de junio de 2026 · ★ 4.8 (39) · 20 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del apartamento de Santiago, un ritmo constante que parecía encargarse de aislar el mundo exterior mientras el interior se volvía cada vez más íntimo. Eran las tres y media de una tarde de junio, húmeda y gris, y Santiago —de treinta y cinco años, de pieles claras y musculatura discreta, con una barba bien recortada y manos grandes pero delicadas— había decidido no salir. Había dejado la ropa de trabajo en el sofá: camisa blanca arrugada, corbata tirada sobre el respaldo, pantalón de vestir colgado de una silla como si hubiera sido abandonado tras una huida precipitada. En su lugar, ahora usaba un par de pantalones de algodón gris, holgados, y una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos definidos, los bíceps levemente marcados por el ejercicio reciente.

Se había bañado poco antes, con agua tibia, y aún conservaba el olor de la loción de lavanda que usaba. El vapor había empañado el espejo del baño, y al secarse lentamente, Santiago había visto su propio reflejo borroso: el contorno de su pecho, el vello oscuro que descendía desde el ombligo hacia la línea de los pantalones, la curva de sus hombros. No había mirado más allá. Pero algo en esa imagen —la quietud, la soledad, la ausencia de interrupciones— había despertado una sensación distinta en él: no era solo deseo, sino una expectativa, como si su cuerpo supiera que algo estaba por suceder.

Se sentó en la cama, sola, aún sin deshacer. Las sábanas de algodón egipcio, blancas y frescas, se hundieron ligeramente bajo su peso. Con los ojos cerrados, inspiró hondo, dejando que el sonido de la lluvia se mezclara con su propia respiración. Luego, lentamente, abrió los ojos y miró hacia su propia mano derecha, que descansaba sobre su muslo.

No la movió de inmediato.

Primero, observó. Las venas azuladas que se curvaban sobre el dorso, la uña del pulgar ligeramente más larga que las demás, la mancha clara en el índice —un recuerdo de una quemadura leve con una sartén, años atrás. Todo parecía normal. Pero había algo en la forma en que la luz del día filtrada por las nubes se posaba sobre su piel: una suavidad, una calma que hacía sentir su cuerpo como una extensión de la habitación: silencioso, receptivo, listo.

Entonces, empezó.

Con la punta de los dedos, trazó una línea desde la base de su muslo, subiendo con lentitud deliberada. No apresuró. No buscaba un objetivo inmediato, sino que quería sentir cada centímetro de piel, cada cambio de textura: el vello suave en la parte interna del muslo, la transición hacia el pubis, donde el vello era más denso y áspero. Su respiración se volvió más profunda, pero aún controlada, como si estuviera leyendo en voz baja un poema que conocía bien.

Se quitó la camiseta. El tejido se deslizó por sus brazos con un roce casi imperceptible. Se quedó sentado, ahora con el torso desnudo, viendo cómo las gotas de lluvia en la ventana creaban pequeños ríos que se unían y se separan. Su pecho subía y bajaba con regularidad. Los pezones, rosados y ligeramente elevados, reaccionaban al aire fresco del apartamento —no por frío, sino por la atención implícita de su propia mirada. Se pasó una mano por el vientre, despacio, sintiendo la tensión que comenzaba a acumularse en su abdomen, una contracción suave, casi imperceptible, que no era dolor, sino anticipación.

Su mano derecha ahora descendió hasta el borde de los pantalones. Con cuidado, desabrochó el botón, luego deslizó la cremallera con un susurro metálico. No tiró de ellos aún. Solo dejó que el tejido se abriera, permitiendo que su cuerpo respirara. El aire fresco tocó su piel, y un escalofrío recorrió su columna.

Fue entonces cuando se permitió mirar.

Bajó la vista hacia su pene, que yacía en su escondite natural: la bolsa escrotal colgaba ligeramente, pesada, y el glande, cubierto en parte por el prepucio, mostraba un tono más oscuro, casi morado, como si estuviera preparado para expandirse. No estaba erecto aún. Pero tampoco estaba flácido. Estaba *esperando*.

Con la yema de los dedos, rozó el prepucio. Un leve movimiento hacia atrás, y el glande quedó al descubierto, húmedo ya por el líquido preseminal que había empezado a acumularse sin que él lo hubiera notado. Se lamió los labios. El sabor salado lo sorprendió, lo hizo sonreír con los ojos cerrados.

Luego, cerró los dedos con suavidad, sin apretar, como si sostuviera una flor frágil. Movió la mano de arriba abajo, una vez, dos, tres. No con fuerza, pero sí con un ritmo que se fue imponiendo poco a poco, como un corazón que encuentra su latido. Su cabeza se inclinó hacia atrás, el cuello tendido, mostrando la línea de la mandíbula. Sus ojos se cerraron.

La lluvia seguía cayendo.

Su mano seguía moviéndose, con un ritmo que ya no dependía del pensamiento, sino del cuerpo. La presión en el escroto aumentaba, y cada pulso era como una descarga eléctrica leve, que subía por su columna y se diseminaba por el pecho, los brazos, las piernas. Su respiración se volvió más entrecortada, pero nunca desbocada. En todo momento, Santiago mantenía el control: no se dejaba llevar por la urgencia, sino que la cultivaba, la hacía crecer, la saboreaba.

Con la otra mano, ahora, empezó a jugar con sus pezones. Primero uno, luego el otro, con movimientos circulares y presión variable. El contraste era intenso: la sensación áspera de sus propias uñas contra la piel sensible del pecho, la suavidad de la otra mano en su miembro. Cada vez que apretaba con más fuerza, su cadera daba un pequeño impulso hacia adelante, como si su cuerpo buscara una respuesta que aún no estaba llegando.

Y luego vino el punto de no retorno.

No fue una explosión, sino una liberación silenciosa. Su mano se movió con más rapidez, pero sin violencia, y su cuerpo se arqueó ligeramente, los músculos del estómago tensándose, el cuello estirándose. Un gemido bajo, apenas audible, se escapó de su garganta —una nota profunda, casi gutural, que no parecía pertenecer al mismo hombre que había estado sentado allí minutos atrás. Sus dedos se crisparon sobre el pene, y el flujo se volvió más abundante, cálido, espeso, salpicando su vientre con lentitud, goteando con pesadez sobre el muslo.

Se detuvo.

Sostuvo su mirada en la mancha que ahora decoraba su piel: líquido transparente, con hebras blancas, brillante bajo la luz tenue. No se limpió de inmediato. Dejó que se secara al aire, sintiendo el leve pegajor, el frescor de la evaporación. Solo entonces, con un movimiento pausado, llevó la mano a la boca y se lamió los dedos, saboreando su propio sabor.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en nada. Solo existía el sonido de la lluvia, el peso de su cuerpo sobre la cama, y la quietud que sigue al placer: una paz profunda, casi espiritual. Sabía que no había nadie más en el apartamento. Sabía que no necesitaba a nadie.

Y eso, por sí solo, era suficiente.

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@santiago_vera

Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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