Lo que pasó en mi apartamento esa noche

Lo que pasó en mi apartamento esa noche

@santiago_vera ·17 de junio de 2026 · 🔥 3.8 (7) · 38 lecturas · 7 min de lectura

Me llamó la luz del atardecer: amarilla, espesa, colándose por la rendija entre las persianas semiabiertas del balcón. Estaba sentado en el sofá, descalzo, con una camiseta de algodón holgada que me quedaba un poco grande, los pies apoyados en el borde del cojín. El silencio del apartamento no era vacío, sino cargado —como una cuerda tensa que espera el primer movimiento. Hacía dos días que no salía de casa. No por elección, sino por cansancio. El trabajo, el tráfico, las reuniones interminables… todo se había vuelto una especie de muro de concreto que me aplastaba sin dejar respirar. Y entonces, esa tarde, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: una necesidad física, clara, simple. No era hambre, ni sed, ni sueño. Era algo más antiguo, más básico: el impulso de tocar mi propio cuerpo como si fuera el único lugar seguro.

Me levanté. La madera fría bajo las plantas de los pies. Me deshice de la camiseta y la dejé caer en el suelo, sin prisa. Me miré en el espejo del pasillo: torso delgado, pechos planos, un vello oscuro que empezaba a subir desde el ombligo hacia el pecho. Las costillas marcadas, los hombros un poco caídos por la postura de tantas horas frente a la computadora. Pero no era una mirada crítica. Era una mirada de curiosidad. Como si por primera vez en meses, yo fuera alguien a quien valiera la pena observar.

Me acerqué al sofá y me senté de lado, una pierna extendida, la otra flexionada, el muslo derecho apoyado sobre la rodilla izquierda. El cojín estaba hundido, como si aún conservara la forma de mi cuerpo. Me pasé la mano por el vientre, con lentitud, sin apuro. La piel está ligeramente áspera en esa zona, con una textura que me gusta: no suave como la del pecho, ni demasiado tersa como la del estómago. Sencillamente, real. Mis dedos se detuvieron justo arriba del borde de los pantalones. Me los bajé con cuidado, dejando que el tejido resbalara por las caderas, por los muslos. Me quedé así: sentado, desnudo de cintura para abajo, con los pies aún en el suelo y las manos en las rodillas.

El aire fresco rozó mi pene, que estaba flácido, colgando un poco hacia adelante. Lo observé como si fuera una parte de mí que no veía desde hacía tiempo. La piel era más oscura que la del resto del cuerpo, con un tono cálido, casi dorado cuando el sol lo tocaba. La punta, el glande, ligeramente húmeda, como si ya anticipara lo que venía. Me pasé la yema del pulgar por el borde del prepucio, sin apretar, solo rozando. El gesto fue tan suave que casi no sentí nada… hasta que el prepucio se movió, se estiró, y por un instante, el glande quedó al descubierto. Ese breve destello de piel desnuda me hizo soltar un pequeño suspiro, casi inaudible.

Me detuve. No quería apresurarme. Quería dejar que el deseo se formara poco a poco, como una gota que se agranda en el borde de una hoja hasta que ya no puede más y cae. Me llevé la mano de nuevo, pero esta vez con intención. Mis dedos rodearon el pene desde la base, con el pulgar por arriba y los otros tres dedos por debajo. Lo sostuve suavemente, sin apretar. Sentí la textura de la piel, la leve humedad que ahora sí estaba ahí, una pequeña gota que había aparecido sin que yo la hubiera llamado.

Moví la mano lentamente hacia arriba, hasta que el glande rozó el pulgar. Lo hice otra vez. Y otra. No era un movimiento rítmico, no aún. Era como explorar un mapa que no conocía del todo. Cada vez que subía, dejaba que los dedos rozaran el prepucio, como si quisiera saber cuánta resistencia tenía. Cada vez que bajaba, lo hacía con más lentitud, dejando que la piel se desplegara sobre el glande como una cortina que se cierra y se abre.

Me incliné un poco hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, y cerré los ojos. No necesitaba ver para sentir. El calor de mi propia mano, la fricción suave, la forma en que mi cuerpo reaccionaba antes de que mi mente lo procesara: una ligera contractura en los músculos del pene, una ligera tensión en los testículos, que subían un poco más hacia arriba, como si quisieran esconderse o protegerse. Me relajé. Dejé que el cuerpo hiciera su trabajo. Me llevé la otra mano al pecho, a uno de mis pezones, y lo froté con el pulgar, en círculos pequeños. Eso me hizo arquear la espalda, sin darme cuenta. El pene, que hasta entonces había estado en un estado de calma atenta, se puso más firme, más pesado.

La respiración se me aceleró. No por ansiedad, sino por anticipación. Me separé un poco el prepucio con el pulgar y el índice, dejando el glande al descubierto. Lo toqué entonces sin protección, con la palma de la mano, con los dedos, con la uña apenas rozándolo. Eso me hizo soltar un gemido bajo, casi un murmullo, como si tuviera miedo de que alguien me escuchara —aunque sabía que no había nadie más en el apartamento.

Me volví a inclinar hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo del sofá, con una pierna aún flexionada y la otra extendida. El pene ahora estaba más grande, más lleno, la piel brillante por la humedad que se había acumulado. Lo tomé con ambas manos, una en la base, otra en la mitad, y comencé a moverlas en sincronía: arriba, abajo, arriba, abajo. El movimiento era lento, casi hipnótico. Cada vez que bajaba, sentía cómo la piel se estiraba, cómo el glande rozaba la base del pulgar. Cada vez que subía, sentía el peso de los testículos, su ligera sacudida.

Me puse de costado, con una mano detrás de la nuca y la otra still moving over my member. Me puse un dedo en la boca, lo lamí, lo hice pasar por los labios, los dientes, los palpebre, y luego lo llevé a mi muslo, a la parte interna, donde la piel es más sensible. Lo froté allí, con movimientos suaves, como si estuviera dibujando algo invisible. El pene se contrajo, y una gota más grande de líquido preseminal salió, brillando en la luz del atardecer. Me miré. Me miré con los ojos abiertos, sin vergüenza. Sentí que era yo, pero también alguien más, alguien que se dejaba descubrir.

La tensión empezó a subir, sin que yo la empujara. Fue como una ola que se forma sola, sin viento aparente. Mis dedos se movieron más rápido, no por desesperación, sino por necesidad. El ritmo se volvió constante, profundo, como un latido interno que ya no necesitaba mi permiso. El pene se puso más duro, más delgado, la piel tensa sobre la carne hinchada. El glande se volvió brillante, rojo, como una fruta madura.

En ese momento, sentí algo que no esperaba: no fue el orgasmo, no aún. Fue una especie de olvido. Como si el cuerpo se hubiera desprendido de la mente, y todo lo que quedaba era el movimiento, el calor, la presión. Sentí que mis caderas empezaron a moverse, sin que yo se las ordenara. Pequeños empujes, como si quisiera acercar más la mano al cuerpo. Me mordí el labio, con fuerza, para no gritar. La luz del atardecer ya era más roja, más cálida. El sofá estaba húmedo donde yo lo había tocado.

Y luego, sin previo aviso, me llego. No fue una explosión, sino un derrame lento, profundo, como si todo lo que había contenido durante días se hubiera desbordado. El pene se contrajo varias veces, cada una más fuerte que la anterior, y un líquido espeso, blanco, salió en chorros pequeños, que se extendieron por mi abdomen, mis muslos, el sofá. Me quedé quieto, con los ojos cerrados, la respiración entrecortada, el cuerpo tembloroso.

Me pasé la mano por el rostro. La sentí húmeda. No sé si era sudor o lágrimas. No importaba. Me levanté con lentitud, con cuidado, y me dirigí al baño. Me lavé con agua tibia, dejando que el agua corriera sobre mi cuerpo, sobre el pene, sobre los testículos, que ahora colgaban más sueltos, más tranquilos.

Me senté en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la bañera, y sonreí. No era una sonrisa de placer, sino de descubrimiento. De reconocimiento. Había estado solo, pero no solo. Había estado en mi propio cuerpo, pero no solo allí. Había estado conmigo mismo, y eso, esa noche, era suficiente.

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