Lo que pasó en la tertulia del viernes

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Ya hace un año que me mudé a este condominio en Polanco, y hasta ahora —hasta este viernes—, no había cruzado más que saludos de pasillo con don Raúl. Se me hizo un tipo callado, bien vestido aunque con la camisa un poco arrugada, como si hubiera estado con prisas o con otras cosas en la cabeza. Lo veía salir con su maletín de cuero, caminar con paso firme pero sin apuro, y entrar a su casa con la mirada baja, como si ya conociera el camino al infierno y lo recorriera todos los días por costumbre. Pero esta noche, todo cambió.

La tertulia empezó como cualquier otra: seis o siete vecinos en el jardín trasero del edificio, con sillas plegables, licuados de mango con chiltepín, y una botella de mezcal que alguien trajo —un pechuga, de los buenos, que sabía a tierra y a humo. Yo ya tenía un par de copas en el cuerpo y la camiseta ceñida al pecho, sudorosa por el calor de junio, cuando Raúl se acercó. No sonreía, pero tampoco tenía esa cara de fastidio que suele llevar la mayoría de los viernes, después del trabajo. Llevaba una playera de algodón oscuro, un poco holgada, que dejaba ver los brazos, gruesos, con venas finas que se dibujaban como trazos de tinta china en piel morena. Tenía las manos grandes, las uñas cortas pero bien cuidadas. Y los ojos —ah, esos ojos—: castaños, profundos, como si hubieran visto mucho y guardaran todo.

—¿Te importa si me sentó aquí? —preguntó, sin mirarme directo, sino al espacio vacío a mi derecha.

—Claro que no —dije, y sentí cómo me subió la temperatura en el cuello—. Aquí hasta el aire es compartido.

Se rió, una risa baja, seca, como si le hubiera gustado más de lo que mostraba. Se sentó, y el olor que desprendía me llegó antes que la palabra siguiente: tabaco, café fuerte y algo más… un poco a cuero viejo, a madera de cedro, a casa de viejo pero bien cuidada.

—¿Trabajas por tu cuenta? —me preguntó, tomando un trago de su mezcal.

—Sí, diseño gráfico. Desde casa. Tú?

—Retirado. De la universidad. Profesor emérito de filosofía. Ya ni me llaman.

—¿En serio? —me sorprendí—. Yo me comí el *Ser y tiempo* como si fuera chicharrón prensado.

—Bueno, si ya no enseñas, al menos lee como si importara —dijo, y esta vez sí me miró a los ojos. Y fue como si me hubiera metido la lengua en el ombligo: un sudor frío, pero bueno, un placer repentino.

La charla siguió: sobre libros que ya no leemos pero que deberíamos, sobre cómo se siente el silencio cuando ya no hay nadie que exija que hables, sobre el peso de los años que te pesan en la espalda pero también te dan un tipo de paz que los jóvenes no entienden. Y mientras hablaba, yo no dejaba de notar los detalles: la forma en que su barba canosa se recortaba contra la piel oscura, la manera en que su mano izquierda, con anillo de plata ya desgastado, jugueteaba con el vaso cuando pensaba. Y luego, cuando el sol se fue y la luz del jardín se volvió más suave, más dorada, como miel diluida, él se inclinó hacia mí y me dijo, casi al oído:

—Tienes manos curiosas.

No sabía a qué se refería. Me miré. Tenía los nudillos marcados, las uñas un poco rotas, las venas salientes. Nada especial. Pero cuando levanté la vista, él ya no me miraba las manos. Me miraba los ojos, y luego, lentamente, bajó la mirada a mis labios. No era una mirada de deseo bruto, sino de curiosidad profunda, como si estuviera leyendo una página que nadie más había intentado descifrar.

—¿Quieres que te muestre algo? —susurró.

—Depende —dije, y sentí cómo me subía el pulso en las sienes—. ¿Qué es?

—Una costumbre vieja.

Se levantó y me tendió la mano. No dudé. La tomé, y su palma fue como un fuego húmedo: cálido, húmedo, firme. Me jaló suavemente, y yo me levanté sin oponer resistencia. Caminamos hasta la escalera que daba a su departamente en el último piso. Subimos de a un peldaño, sin hablar, sin mirarnos, pero con la mano entrelazada como si hubiéramos estado juntos toda la vida. Al llegar a su puerta, sacó las llaves con la misma mano que me había tomado, y las dejó caer en el suelo con un sonido seco. Entonces, sin soltar mi mano, me jaló hacia él, y su otra mano me acarició la nuca, con los dedos hundidos en el pelo, con cuidado, como si temiera romper algo.

—¿Estás seguro? —me preguntó, y su voz era un hilo, casi una súplica.

—Sí —dije, y le besé los labios antes de que pudiera decir otra cosa.

Fue un beso tímido al principio, pero él me agarró más fuerte por la cintura, y entonces se abrió como una flor en verano: lengua, dientes, respiraciones entrecortadas. Su boca sabía a mezcal y a sal, y su barba me raspaba la mejilla como una promesa hecha realidad. Cuando nos separamos un poco para respirar, él me empujó suavemente contra la pared del pasillo y me susurró al oído:

—Hace años que no siento esto. No con alguien que no sea… yo mismo.

No respondí. Solo le besé el cuello, sentí el latido de su corazón, rápido, desbocado, y luego le desabroché la camisa con los dientes, y luego con las manos. Bajamos los botones uno por uno, y cada vez que el tejido se separaba, veía un poco más de piel, de pecho cubierto de vello grisáceo, de pezones oscuros y duros, de una cicatriz antigua en el costado —una cicatriz que parecía una firma, como si su cuerpo llevara escrito un diario que yo estaba por leer.

Se quitó la camisa, y entonces pude verlo bien: cuerpo maduro, pero sólido. Brazos firmes, pecho ancho, abdomen plano pero marcado por los años, con una barriga suave que no le quitaba nada, que lo hacía más humano, más real. Y luego, cuando me quitó la camiseta, me tomó las nalgas con las manos anchas, me apretó, y me dijo:

—Maldita, tienes un culo que invita a perderse en él.

Me giró y me empujó hacia la cama. Fue una cama grande, con sábanas blancas, planchadas, como si estuviera esperando algo desde hace mucho. Me sentó y me desabrochó el pantalón lentamente, como si cada cremallera fuera una promesa que debía cumplirse con calma. Me bajó los boxers, y cuando vi su verga, no pude evitar el suspiro: larga, gruesa, de un color oscuro que contrastaba con su piel, la cabeza redonda y húmeda, con un poco de líquido preseminal que brillaba a la luz tenue.

—Tú también —me dijo.

Le quitó la ropa con la misma lentitud, y cuando quedamos los dos desnudos, nos miramos. Él no me pidió nada. Solo me tomó la mano y la puso sobre su verga. La sentí pulsando en mi palma, caliente, viva, como un corazón que había dejado de latir por años y ahora volvía a latir solo por mí. La moví suavemente, de arriba abajo, y él cerró los ojos, soltó un grito ahogado, y me jaló hacia él.

—Ay, mijo —susurró—. Tú no sabes lo que me estás haciendo.

No le respondí. Solo le besé el pecho, lamió uno de sus pezones, sentí cómo se tensaba, cómo su mano se hundía más fuerte en mi pelo. Luego me giró sobre la cama, se puso entre mis piernas, y con la lengua me exploró el culo, suave al principio, luego más hondo, hasta que me pidió que me abriera, y yo lo hice, y entonces él me metió un dedo, dos, tres, con calma, con paciencia, hasta que sentí que me expandía, que me abría como una flor que ya sabía que iba a ser follar.

Se lubricó con la crema que había en la mesita de noche, una crema que ya debía tener años pero que olía a lavanda y a promesas rotas. Se puso encima de mí, con las manos a los lados de mi cabeza, y me miró a los ojos mientras se alineaba con mi culo. Me tomó la cara con las dos manos, me besó otra vez, y entonces se metió dentro de mí, poco a poco, con una lentitud que dolía y placía a la vez.

—Estás apretado… tan apretado —me susurró al oído—. Como si me estuvieras agarrando el alma.

Y entonces comenzó a moverse. No rápido, no desesperado, sino con un ritmo que parecía de rezo, de oración. Cada embest

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