Lo que pasó en la terraza de doña Rosa

Lo que pasó en la terraza de doña Rosa

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.6 (3) · 75 lecturas · 4 min de lectura

La luz del atardecer se derramaba tibia sobre la terraza de doña Rosa, esas macetas de plástico con albahaca y perejil, la silla de malla que crujía con cada movimiento, el olor a tierra mojada y a cigarros ligeros. Carlos, de 58, con su camiseta de algodón desgastada por el sol y el sudor en las axilas, se quitó las gafas de sol y se frotó los ojos. Había ido a devolverle una botella de tequila que doña Rosa le había prestado la semana pasada —«pa’ la fiesta del hijo», dijo—, pero ella no estaba. Así que se quedó esperando, sentado en el banquillo de madera, mientras el viento movía suavemente las hojas del plátano.

—¿Carlos? ¿Eres tú? —la voz de doña Rosa salió desde la puerta de la cocina, entre risa y sorpresa.

Él se levantó, un poco torpe por los años en las rodillas, y sonrió con esa seguridad tranquila que solo dan décadas de haber aprendido a leer el mundo sin gritar.

—Sí, doña Rosa. Vine a dejarle esto —señaló la botella vacía—. Y a preguntar si le gustaba el mezcal.

Ella se acercó, con una bata de algodón que le cubría las piernas pero dejaba ver el talle estrecho, las caderas que aún recordaban haber parido dos hijos. Tenía el pelo cano recogido en un moño desordenado, y las arrugas alrededor de los ojos no le restaban nada de fuego. Se sentó frente a él, cruzó las piernas con naturalidad y tomó la botella con ambas manos.

—¿Y por qué no me lo llevas a casa? —dijo con una sonrisa que no era de broma.

Carlos la miró, no con apuro, sino con atención lenta, como si leyera cada palabra en su piel. —Porque aquí no he podido dejar de pensar en ti desde que me ayudaste con la camioneta el mes pasado. Me dolía el brazo un mes entero, doña Rosa… pero no por la lesión.

Ella rio, un poco sorprendida, un poco complacida. —Ahí está, ya te vas a volver loco como los demás.

—No soy de los demás —él se inclinó, muy poco, suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo—. Y tú no eres de las demás tampoco.

Se acercó más. Ella no retrocedió. En cambio, bajó la mano y le acarició la muñeca, con la yema de los dedos, como si probara su pulso. Carlos respiró hondo. Sentía el calor subirle por el pecho, la verga empezar a picarle en los pantalones, pero no se apresuró. Conocía el tiempo de las mujeres maduras: no se apresura, se sabe.

—¿Te importa si te quito esa camiseta? —preguntó, con la voz más grave ahora.

Ella asintió, sin quitarle los ojos de encima, y él le desabrochó los botones uno por uno, lentamente, como si desatara un lazo de seda. La piel de doña Rosa estaba suave, cálida, con la textura de la lana vieja que se ha usado mucho y se ha vuelto tierna. Él besó su hombro, luego el hueco del cuello, donde su pulso latía más fuerte. Ella soltó un suspiro largo, de los que solo se sueltan cuando ya no hay más que fingir.

—Carlos… —dijo, con los ojos cerrados—. Ya no soy esa muchacha de antes.

—Y yo ya no soy ese hombre de antes —respondió él, y le abrió las piernas con suavidad. Ella no se opuso. Se dejó caer hacia atrás, sobre el banquillo, y él se acomodó entre ellas, las manos en sus caderas, los dedos hundidos en la carne suave de sus nalgas.

No hubo prisa. Él le besó los pechos, uno por uno, con la boca húmeda y el aliento caliente, y ella le metió la mano dentro del pantalón, agarró su verga ya dura y le dio un masaje lento, con el pulgar frotando el glande hinchado. Carlos jadeó, pero no se rompió. Se limitó a meterle dos dedos dentro, con cuidado, sintiendo cómo su cuerpo se abría, caliente y mojado, como una flor que se abre al sol.

—Me gusta cómo haces esto… —dijo ella, con los ojos cerrados—. Como si supieras que no quiero que me corra la vida, sino que quiero que me la guardes un ratito más.

Él sonrió, besó su frente, y se metió dentro de ella con un solo movimiento, lento, profundo, hasta el fondo. Ella soltó un gemido bajo, de esos que se guardan para cuando ya no hay más que respirar. Él empezó a moverse, con calma, con fuerza, con el ritmo de alguien que no tiene prisa por llegar, pero ya sabe por dónde va.

El sol se fue, las sombras se alargaron, y el viento movió las hojas del plátano otra vez. Pero ahora, entre jadeos y palabras sueltas —«sí, Carlos… ahí… más fuerte… no pares»—, la terraza dejó de ser solo un lugar para devolver una botella. Se volvió un refugio, un cuarto de horas que no pertenecen al reloj, sino al cuerpo.

Cuando todo terminó, Carlos se desplomó a su lado, sudoroso, con la cabeza en su pecho. Doña Rosa le acarició el pelo, con los dedos que aún temblaban.

—¿Mañana vuelves? —preguntó.

Él la miró, y esta vez no sonrió. Solo asintió.

—Sí, doña Rosa. Mañana vuelvo.

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