Cuando me garchó la vecina en su pileta
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Sospechaba que le gustaba desde hace meses, pero nunca lo confirmamos. Ella, la vecina de la casa de al lado, esa que siempre me saludaba con una sonrisa un poco más larga de lo necesario desde su ventana, esa que me devolvía la mirada cuando pasaba cortando el césped con su camiseta pegadita al torso y el short de algodón que le marcaba las caderas anchas… Yo la había visto cambiar de ropa en su terraza, sí, pero nunca con intención. O eso decía yo. Hasta que el sábado pasado, con 38 grados a la sombra y el aire quieto como un suspiro, todo cambió.
Estaba tendido en mi hamaca, medio dormido, con el ventilador del balcón haciendo ruido de abeja vieja, cuando la escuché tocar en la puerta del fondo. Me paré rápido, sudando ya, y fui a abrir. Ella estaba ahí, con un traje de baño azul eléctrico que no le tapaba casi nada, el pelo suelto, una toalla enrollada en un brazo y dos vasos de jugo de naranja en la mano. Me los ofreció con una sonrisa de pija cómplice, y me di cuenta de que tenía los pezones duros bajo el traje, por el calor o por otra cosa.
—Andá, tomá —me dijo—. Estaba en la pileta, pensando en vos.
No sabía si reír, si fingir vergüenza o simplemente aceptar. Le tomé la mano, le sentí el calor de la piel, y me entró un cosquilleo en la espalda baja. Entró sin pedir permiso, como si ya perteneciera ahí. Se sentó en la silla de plástico que tenía al lado de la hamaca, se secó las piernas con la toalla y me miró fijo.
—Estoy hirviendo —dijo—. No aguanto más este calor.
Yo no le dije nada, solo me senté a un metro, con el vaso en la mano, sintiendo cómo me temblaban los dedos. Me acordé de cómo se veía cuando caminaba hasta la pileta en verano, con esa camiseta mojada que se le pegaba al cuerpo, y cómo yo fingía no mirar, pero la miraba todo el tiempo. Me miró a los ojos otra vez y me dio un chupón de jugo, lento, con los labios entreabiertos.
—¿Te fijaste cómo está mi culo cuando uso este traje? —preguntó, y se dio vuelta un poco para que lo vieras desde atrás, la curva alta de las nalgas, el borde del bikini que se hundía en la curva de la cadera.
No mentí.
—Sí —le dije—. Se nota mucho.
Se rió, una risa baja, casi un murmullo, y se paró. Se desató la cinta del traje por arriba y se lo sacó sin mirar atrás. Quedó sentada en la hamaca, ahora con el bikini azul solo, el busto redondo, los pechos grandes y firmes, los pezones oscuros y duros, y el triángulo entre las piernas, pelado, brillante por el sol. Me agarré del borde de la hamaca, como si me fuera a caer.
—¿Querés verla? —preguntó, y abrió las piernas un poco más, mostrándome la concha lisa, oscura en el centro, los labios hinchados por el calor y el deseo.
Yo me levanté, me acerqué despacio, y me senté frente a ella, entre sus piernas. Le separé los muslos con las manos, le pasé la lengua por el ombligo, por el estómago, y cuando llegué al borde del bikini, le metí un dedo. Estaba mojada. Ya. Me miró fijo, con los ojos cerrados, y me susurró:
—Dale, garchame. Estoy para vos.
Le bajé el bikini hasta las rodillas, me paré un segundo, me desabroché el short, saqué la verga dura y pegada al cuerpo, y me paré entre sus piernas. Le acaricié el pubis con el pene, le rozé los labios, y cuando le metí la punta, ella soltó un quejido suave, como de gato herido.
—Sí, así… —me dijo—. Entrá todo.
La empujé adentro, lento, hasta el fondo. Me sentí dentro de su concha, apretada, húmeda, calentita, con ese olor a mujer madura, a sudor y a sal. Me puse a moverme, despacio al principio, sacando la verga casi toda y metiéndosela otra vez, con el sonido seco y húmedo de piel contra piel. Ella se aferraba a mis brazos, con las uñas cortas, y me miraba los ojos todo el tiempo.
—Sí, sí, sí… —decía—. Me estás garchando como quiero, pibe.
Le agarré una mano, se la puse en la verga, y ella la apretó con fuerza, moviéndose al ritmo mío, con la cadera hacia arriba, buscándome el fondo. Me incliné, le mordí un pezón, y ella gritó, un grito corto, ahogado, como si tuviera miedo de que la escucharan. Pero no nos importaba. Sigo moviéndome, más rápido, con la hamaca crujiendo abajo, y ella me dice:
—Más fuerte… más fuerte… Quiero sentirte hasta en la garganta.
Le agarro los glúteos con las dos manos, se los aprieto, lo jalo hacia mí, y la meto hasta el fondo con cada embestida, hasta que ella se deshizo, con un sollozo, los musculos apretados alrededor de mi verga, el cuerpo arqueado, los pechos saliendo, la cara roja, los ojos cerrados. Yo la seguí metiendo, lento ahora, hasta que sentí cómo se me derritió la verga adentro, con una fuerza que me sacó la respiración.
Me saqué, con la verga still dura, y la besé en la boca, con su sabor, con el sabor de su concha. Me limpié con la toalla y me puse de pie. Ella se sentó, con las piernas abiertas, la concha brillante, y me miró otra vez, con esa sonrisa de pija satisfecha.
—¿Vas a quedarte a dormir? —me preguntó.
—Sí —le dije—. Si me dejás.
Me sentó a su lado, me pasó un dedo por el labio superior, y me dijo:
—Sos el único que me garchó en la pileta, pibe. Y el único que me hizo gritar así.
Me reí, la besé otra vez, y le dije:
—Mañana vengo temprano. Con jugo. Y con la verga dura.
Se rió, se levantó, se puso el bikini de nuevo, y me miró con los ojos oscuros.
—Dale. Pero no te olvides: si tu esposa se entera, la cago en tu casa, pibe. Y vos no querés eso.
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