Lo que le hice a mi jefa cuando cumplió cuarenta y nueve
6 minLo que le hice a mi jefa cuando cumplió cuarenta y nueve
Yo tenía veinticuatro, y ella, cuarenta y nueve. Ella era la dueña de la galería donde hacía de guardia nocturno —una figura imponente, silenciosa, con una presencia que llenaba cualquier espacio sin necesidad de palabras. Se llamaba Elena. Llevaba el pelo teñido de un rubio ceniza que le quedaba perfecto, rizado suavemente en las puntas, y siempre vestía con elegancia minimalista: camisas de seda, pantalones de corte perfecto, y tacones bajos que le permitían caminar como una pantera por los pasillos vacíos. Yo, en cambio, era un chico de barrio, tímido hasta lo insoportable, con las manos sudorosas cada vez que ella se acercaba a revisar el registro de entradas.
Nunca supe cuándo empezó. Tal vez fue la noche que me encontró durmiendo en la sala de reuniones —yo había llegado una hora antes para arreglar el proyector, y la fatiga me ganó. Ella no me despertó; simplemente me cubrió con una manta de lana gris y se sentó en la silla de al lado, con una taza de té humeante entre las manos, observándome mientras yo dormía. Me desperté con sus dedos rozándome suavemente el labio superior, como si estuviera midiendo si mi piel era tan suave como parecía.
—Te dejé la manta —dijo, sin quitar la vista de mí—. No sueles quedarte tan rendido.
—Es que… hoy estuve todo el día arreglando las luces del ala este —murmuré, ruborizado hasta la raíz del pelo.
Elena sonrió. No una sonrisa cualquiera: esa sonrisa que sabe que tiene poder, que lo ha usado antes y lo volverá a usar. Me ofreció un sorbo de té. Yo acepté. Y en ese instante, algo cambió.
Los días siguientes, comenzó a dejarme mensajes en el cuaderno de guardia: frases cortas, sugerentes, con un trazo firme y seguro. *“¿Te gustan los fieltros? Los uso para limpiar las pinturas más delicadas.”* *“Hoy he vestido de azul. El mismo color que tus ojos cuando te mira la luz.”* *“Sé que me observas cuando crees que no te doy la espalda.”*
Yo no le negaba nada. Ni siquiera intenté negármelo a mí mismo.
La primera vez que estuvimos a solas de verdad fue cuando hubo una tormenta eléctrica. El sistema de seguridad falló, el ascensor se paralizó, y nos quedamos atrapados en el tercer piso, rodeados de lienzos inmensos y silencio. El aire olía a humo de madera y lluvia en el cristal. Ella encendió una vela de vainilla y se sentó en el suelo, apoyada contra una escultura de alambre.
—Vente conmigo —dijo, sin mirarme directamente, como si la simple idea ya la hiciera temblar.
Me senté frente a ella, a escasos centímetros. Sus rodillas estaban juntas, las manos entrelazadas, pero su pecho subía y bajaba con rapidez. Me acarició la muñeca, despacio, como si estuviera leyendo una línea invisible.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No —mentí.
Ella sonrió, y esta vez sí me miró a los ojos. Con una lentitud deliberate, se levantó una manga de la camisa y dejó al descubierto su brazo, pálido, con una fina cadena de plata que colgaba de su muñeca.
—Toca —ordenó.
Puse la palma sobre su piel, y ella cerró los ojos. Me tomó la mano y la llevó a su cuello, donde sentí el latido acelerado.
—Siente cómo late por ti —susurró.
Me incliné, y besé ese punto débil, justo donde su pulso latía con fuerza. Ella exhaló un gemido bajo, ahogado, como si lo hubiera guardado años para soltarlo solo en el momento correcto.
Fue entonces cuando la abracé. Con una fuerza que no sabía que tenía, la levanté como si pesara poco y la senté sobre la mesa de exposiciones. Ella no se resistió. Solo me miró, con los ojos entornados, mientras yo le desabotonaba la camisa de seda, uno por uno, con dedos que ya no temblaban.
Sus pechos salieron al aire, redondos, firmes, con pezones pequeños y oscuros que se erizaron cuando el aire frío los tocó. Yo los acaricié con las palmas, luego con la lengua, y ella se arqueó, soltando un quejido que no intentó contener.
—Sí —dijo, mientras yo deslizaba las manos por su cintura, por su espalda baja, por sus caderas anchas y redondeadas—. Sí, hazlo.
Le quité el sujetador con un movimiento suave, y ella se levantó para ayudarme a desabrochar el pantalón. Me tiré a ella, sin más, sin rodeos. Ella me ayudó a sacar mi pene, ya duro y ansioso, y se inclinó para besar mi glande con una lentitud que me dejó sin aliento.
—Nunca he tenido un chico tan joven —murmuró—. Pero siempre he querido uno así.
Me monté sobre ella, posicionándome entre sus piernas, que se abrieron sin dudar. La penetré con un solo impulso, lento, profundo, hasta el fondo. Ella soltó un grito contenido, los ojos cerrados, los puños aferrados a la mesa.
—Dime cuánto duele —susurré.
—Nada —mintió—. Es… perfecto.
Y comenzamos a movernos. Ella me daba la orden con su cuerpo: subir, bajar, más hondo, más lento. Sus caderas se elevaban al ritmo de mis embestidas, y cada vez que yo la golpeaba con fuerza, ella soltaba un gemido más agudo, más desesperado.
—Eres mío ahora —dije, y me incliné para morderle suavemente la oreja.
—Sí —gritó—. Sí, soy tuya. Cógeme como quieras.
No necesité más permiso. Le agarré los muslos, los elevé sobre sus hombros, y la tomé con más fuerza, más rápido, hasta que sentí que se le tensaban los músculos, que su respiración se cortaba, que sus uñas me hundían en la espalda.
—¡Ahora! —gritó—. ¡Ahora, por favor!
La sentí explotar en mi interior, con un calor inmenso, con un apretón que me arrancó la última gota de voluntad. Me dejé llevar, y cuando vine dentro de ella, con los ojos cerrados, la sentí temblar bajo mí, con las piernas aún abiertas, con la respiración rota.
Elena no dijo nada cuando terminamos. Solo me besó en la frente, me limpió el sudor de la frente con el pulgar, y me susurró:
—Mañana será igual.
Y lo fue.
Y cada día después también lo fue.
Ella no era una mujer que se rendía fácilmente. Pero conmigo, se dejaba llevar. Me enseñó lo que significaba la paciencia, la lentitud, la confianza. Me enseñó que la diferencia de edad no es una barrera, sino un puente: el de alguien que ya ha vivido suficiente para saber lo que quiere, y un joven que aún tiene fuerza para dársela.
A veces, cuando el sol entraba por las ventanas y bañaba de oro sus pechos y sus cicatrices, yo me preguntaba si lo que teníamos era real. Pero ella nunca me daba respuestas. Solo me cogía de la mano, me llevaba a su oficina, y me mostraba los dibujos que hacía en secreto: dibujos de mí, dormido, durmiendo en la mesa, durmiendo en su regazo, durmiendo entre sus piernas.
—Sueño contigo cada noche —decía, mientras dibujaba mi perfil con una pluma negra—. Pero solo los días contigo son reales.
Y yo, con veinticuatro años, con las manos aún temblando un poco cada vez que la veía, solo le decía:
—Entonces que sean reales por siempre.
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