Lo que pasó en la sala de estar

Lo que pasó en la sala de estar

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento de Sofía, un ritmo lento y constante que parecía emparejarse con el latido pausado de la habitación. Eran casi las once de una noche de junio, fría pero no helada, y el aire tenía el olor a humedad y a madera vieja. En la sala de estar, iluminada apenas por la luz cálida de una lámpara de pie junto al sofá, ella y Mateo estaban sentados uno frente al otro, separados por menos de treinta centímetros. Entre ambos, una botella de vino tinto vacía y dos copas con余las de vino oscuro pegadas al cristal.

Mateo había llegado a las ocho —una invitación casual que Sofía le había hecho dos días antes, cuando se encontraron en el supermercado y él le ofreció ayuda con las bolsas—. No era la primera vez que hablaban, ni siquiera la primera vez que se veían en persona: habían chateado durante semanas por mensajes cortos,risas entre dientes, mensajes de voz con pausas largas que terminaban en un “buenas noches” demorado. Pero esa noche, por primera vez, estaban solos.

—¿Te parece bien si me quito los zapatos? —preguntó Mateo, moviendo ligeramente los dedos de los pies dentro de las zapatillas de tela gris.

Sofía asintió, con la mirada fija en sus manos, en cómo sus nudillos se marcaban al doblar los dedos. —Claro —dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, como si el silencio entre ellos hubiera comenzado ya a tejerse en su garganta.

Se quitó los zapatos, dejó las medias apiladas sobre la mesa baja, y se recostó un poco más en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra. La tela de su vestido de algodón —uno azul oscuro con lunares pequeños— se arrugó al moverse, y el hombro izquierdo se descubrió ligeramente. Mateo tragó saliva sin darse cuenta, y Sofía lo notó.

—Estás nervioso —observó, sin acusación, sin ironía. Solo una constatación, suave.

—Un poco —admitió, y sonrió, una sonrisa torcida, casi vergonzosa. —No sé por qué. Hemos estado hablando tanto tiempo, parece que ya te conozco… pero ahora, aquí, siento que no conozco nada.

Ella se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en los muslos, los cabellos oscuros cayendo sobre el rostro como un velo. Con la punta de un dedo, empujó suavemente una mecha detrás de la oreja.

—Entonces conócela —dijo, y sus ojos, de color avellana con destellos verdes, se encontraron con los de él.

El silencio se expandió, más denso esta vez, cargado de algo que no era solo expectativa, sino deseo consciente, elegido. Mateo se levantó, lentamente, como si temiera que un movimiento brusco lo haría desaparecer. Se sentó a su lado, no muy cerca, pero suficientemente para que la piel de su brazo izquierdo rozara la de ella cuando se movió.

—¿Puedo?

—Sí —susurró ella, apenas audible, pero con una seguridad que no había tenido antes.

Su mano subió, temblorosa al principio, pero con una determinación que fue consolidándose. Fue rozando la nuca de Sofía, luego la línea de su mandíbula, los lóbulos de las orejas, antes de hundirse en su cabello. Ella cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, y soltó un suspiro que era más que aire: era rendición, era entrega, era *sí*.

Mateo se acercó más. Su rostro quedó alineado con el de ella, a escasos centímetros. Podía sentir el calor que emanaba de su piel, el olor a lavanda y a algo más, algo que era único de ella, como un perfume invisible que solo él parecía poder detectar. Su respiración se entrelazó con la de ella: pausas largas, inspiraciones profundas, y luego exhalar juntos, como si estuvieran aprendiendo a respirar de nuevo.

—Déjame —dijo ella, y la voz le tembló, pero esta vez no por nervios. Por deseo.

Se apartó un poco, suficiente para ver su rostro con claridad, y ella respondió con una sonrisa tenue, casi tímida, pero cargada de confianza. Con una mano, tomó la suya y la llevó lentamente, palma contra pecho, donde su corazón latía acelerado, pero estable. Mateo sintió el ritmo bajo sus dedos, como un tambor que solo él podía oír, como un llamado que ya no podía ignorar.

Se levantó con lentitud, ofreciéndole la mano. Ella la tomó, y se sentaron en el suelo, sobre la manta que Sofía había dejado extendida frente al sofá, como si hubiera anticipado esto. No hablaban. Las palabras ya no servían para lo que necesitaban expresar. En su lugar, había gestos. Una mejilla apoyada en su hombro. Un brazo alrededor de su cintura. Dedos entrelazados, con presión suave, como si temieran que cualquier movimiento brusco los separara.

Fue ella quien lo inclinó hacia atrás, suavemente, sobre la manta. Mateo no opuso resistencia. Lo hizo con la conciencia plena de que era un acto de confianza mutua, de elección consciente. Quedaron uno frente al otro, sentados sobre las rodillas, con las manos en sus hombros, con los ojos buscando el suyo, buscando permiso, buscando confirmación.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí —dijo él, y esta vez su voz no tembló. —Solo quiero que te sientas bien. Que te sientas… querida.

Ella sonrió, y por primera vez en esa noche, sus ojos brillaron con una luz distinta. No era solo deseo. Era ternura, era gratitud, era pertenencia.

Se inclinó hacia adelante, y sus labios rozaron los de Mateo: un beso ligero, breve, casi inocente. Pero lo suficientemente intenso como para que ambos sintieran el estremecimiento que los recorrió. Luego, con una mano en su nuca, lo guió hacia atrás, y esta vez fue ella quien lo besó: profundamente, con lentitud, con intención. Su lengua rozó la suya, y fue como si el mundo se hubiera detenido: la lluvia se volvió lejana, la habitación, un lugar abstracto, y solo existía el calor de su boca, el sabor del vino en su lengua, el susurro de su respiración entrecortada.

Cuando se separaron, ambos estaban jadeantes, pero no hablaban. Solo se miraban, y en esa mirada no había dudas, solo confirmación.

Con la yema de los dedos, Mateo desabrochó los primeros botones de su blusa de algodón, revelando una tira de piel suave, cálida. Sofía no hizo nada por detenerlo. Al contrario, inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y dejó que sus labios encontraran su pulso. Lo besó allí, donde latía con fuerza, y escuchó cómo su respiración se volvía más agitada.

—¿Te gusto así? —preguntó, sin levantar la cabeza.

—Mucho —respondió él, con voz ronca.

Ella asintió, y con lentitud, bajó los hombros de su blusa, dejándola caer hasta sus codos. Luego, con las manos libres, desabrochó su sujetador, deslizando los tirantes hacia abajo con una precisión que no era casual. Lo hizo con cuidado, como si cada movimiento fuera una promesa.

Y entonces, sin prisa, sin urgencia, Mateo se inclinó hacia adelante.

Su boca encontró primero una nipple, pequeña, dura, ya erecta bajo el contacto de su mirada y del aire fresco. Lamió con suavidad, y luego la tomó entre sus labios, succionando con una presión que era a la vez tierna y segura. Sofía soltó un grito ahogado, sus dedos se hundieron en su cabello, no para detenerlo, sino para mantenerlo allí, donde sentía el fuego crecer.

Él se tomó su tiempo. Alternaba entre los dos pechos, pasando la lengua en círculos pequeños, mordisqueando con suavidad, usando solo los labios para crear succión. Cada vez que lo hacía, ella arqueaba la espalda, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con una expresión que era pura entrega.

—Estás hermosa —susurró, y le besó el esternón, bajando despacio, con la mano abierta sobre su abdomen.

Ella no respondió con palabras. Solo puso su mano sobre la suya, y lo guió más abajo.

Con los dedos, deslizó el borde de su pantalón y su ropa interior, bajándolos lentamente, con la ayuda de sus piernas. Y entonces, con la respiración contenida, con los ojos fijos en los suyos, Mateo rozó su pubis con los labios.

Fue un beso ligero, casi inocente. Pero al hacerlo, sintió la humedad que ya esperaba. Y supo, con una certeza que lo hizo sonreír contra su piel, que ella también lo deseaba, con la misma intensidad, con la misma urgencia.

Entonces, se inclinó de

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