Lo que pasó en la librería del barrio
6 minLo que pasó en la librería del barrio
Nunca pensé que una simple tarde de lluvia cambiaría mi vida. Yo, Mateo, de 29 años, soltero, tímido hasta la médula y con la costumbre de esconderme tras los libros como si fueran escudos, me encontré frente a una situación que ni mi imaginación más atrevida había osado esbozar. Todo comenzó como cualquier otro sábado por la tarde: entrada la lluvia suave, el olor a papel viejo y café recién hecho envolviendo la librería *El Rincón de las Palabras*, mi refugio favorito desde que tenía uso de razón.
La campana sonó al entrar, y ahí estaba ella: Lucía, la nueva vecina del cuarto piso, que apenas si me había saludado dos veces antes. Tenía el pelo oscuro, recogido en un nudo desordenado, y una camisa blanca ligeramente humedecida por la lluvia que se pegaba al contorno de sus hombros. No llevaba maquillaje, pero sus ojos —verdes, casi brillantes como hojas bajo el sol— tenían algo que hacía que mi corazón se acelerara contra las costillas.
—¿Te quedaste varado por la lluvia? —preguntó, acercándose con un par de libros en las manos, una sonrisa tímida en los labios.
—Sí… y también quería ver si habían llegado los nuevos ejemplares de *El amor en los tiempos del cólera* —mentí, porque en realidad no me importaban las ediciones. Solo quería verla.
Ella rió, su risa leve, como el susurro del viento entre las hojas de un árbol. Me tendió uno de los libros: *Cien años de soledad*.
—Lo estuve hojeando esta mañana. Dicen que es difícil, pero me encanta cómo habla del tiempo, de la memoria… de las personas que se quedan quietas mientras el mundo gira alrededor.
—Es verdad —susurré, con la voz un poco quebrada. No era por los nervios, sino por el leve rozamiento de sus dedos contra los míos al entregarme el libro. Fue tan breve, tan inocente… pero sentí el calor de su piel como una descarga lenta, sutil, que se quedó clavada en la punta de los dedos.
La librería estaba casi vacía. Solo dos clientes en el fondo, y el dueño, don Rafael, leyendo detrás del mostrador, con los lentes bajados sobre la nariz. El silencio se volvió denso, cómplice. No sabía por qué, pero en ese instante supe que algo iba a cambiar.
—¿Quieres sentarte un rato? —me preguntó Lucía, indicando con la cabeza hacia una butaca vieja y acolchada cerca de la ventana. Lloviznaba fuera, y las gotas se deslizaban por el vidrio como lágrimas lentas—. Puedo prestarte mi libro… si quieres.
—Claro —dije, y me senté, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, intentando que no temblaran.
Ella se sentó a mi lado, no muy cerca, pero lo suficiente como para que yo sintiera el calor de su cuerpo. Me habló de su trabajo como diseñadora gráfica, de cómo había mudado de ciudad tras una ruptura, de su amor por la poesía de Mistral y el silencio de las tardes de domingo. Yo apenas atinaba a asentir, a mirarla, a memorizar cada gesto: cómo se llevaba el pelo detrás de la oreja cuando pensaba, cómo mordía ligeramente el labio inferior cuando se reía de algo que decía, cómo sus ojos se oscurecían cuando hablaba de algo que le importaba.
Y entonces, sin previo aviso, ella se inclinó hacia mí. No para besar, no aún. Solo acercó la mano y me limpió una gota de lluvia que había quedado en la mejilla. Su dedo índice rozó mi piel con una lentitud que me heló y quemó a la vez.
—Estás mojado —susurró.
—Tú también —respondí, y me atreví a poner la mano sobre la suya, que aún estaba en mi rostro. No la movió. Solo cerró los ojos un segundo, como si disfrutara de la sensación, como si también sintiera lo que yo sentía: una especie de electricidad suave, un temblor en el aire que hacía vibrar cada fibra de mi cuerpo.
—¿Te importa si me quito esta camisa? —preguntó, bajando la vista—. Está pegada, y hace un calor de demonios aquí dentro.
—No… claro que no —dije, con la garganta seca.
Ella se puso de pie con calma, desabrochando los botones desde el cuello hasta la cintura. La camisa blanca se deslizó por sus brazos y cayó sobre la butaca. Debajo llevaba una blusa fina, de algodón color crema, y al levantar los brazos para colgar la camisa en el respaldo, el tejido se estiró y dejó al descubierto un trozo de espalda, suave, cálida, con una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna, casi imperceptible, pero que yo quise grabar en mi memoria.
—¿Te parece mejor así? —preguntó, sentándose de nuevo, más cerca esta vez. Tan cerca que sentí el latido de su corazón contra mi hombro.
—Mucho mejor —mentí otra vez, porque en realidad, era como si el mundo se hubiera detenido, como si solo existiera ese espacio entre nosotros, donde el tiempo se volvía espeso, denso, dulce.
No sabría decir cuánto tiempo pasó así: sentados, respirando el mismo aire, con las manos casi tocándose, con las miradas que se encontraban y se escapaban, como dos pájaros que juegan a rozarse sin atreverse a posarse.
—¿Te importa si te toco? —preguntó Lucía, por fin, con una voz tan baja que apenas la escuché.
—No —respondí, y me incliné hacia ella, porque ya no necesitaba más permiso.
Su mano subió lentamente por mi brazo, con una ternura que me hizo temblar. Los dedos se curvaron, acariciando la curva de mi codo, el interior de mi muñeca, hasta que encontró mi palma y se entrelazó con la mía. Entonces, con una lentitud que hacía daño y placer a la vez, me acercó el pulgar a los labios y lo besó. Un beso suave, húmedo, breve, pero que recorrió mi cuerpo como una ola.
—Me gusta tu olor —susurró.
—¿Cuál? —pregunté, con la voz rota.
—El de papel y lluvia. Y un poco de café.
Y entonces, por fin, ella me besó.
Fue un beso de prueba, casi ingenuo, como si ambos estuviéramos aprendiendo a hablar un idioma nuevo. Sus labios eran suaves, cálidos, con un sabor ligero a menta y a la lluvia del exterior. No fue apasionado, no aún. Fue un encuentro lento, tímido, con ojos cerrados, con respiraciones entrecortadas, con manos que se aferraban como si temieran que el mundo nos separara en cualquier instante.
Y cuando lo sentí —ese calor que sube desde el estómago hasta la base de la garganta—, cuando sentí que me estaba derritiendo en su boca, supe que no volvería a ser igual.
La lluvia seguía cayendo fuera, suave, constante, como una canción de cuna antigua. Pero dentro, entre los estantes y los olores del pasado, algo nuevo estaba naciendo. Algo tierno, fragile, pero real.
Lucía se separó apenas, lo justo para apoyar su frente contra la mía. Sus ojos estaban brillantes, húmedos, como si también ella hubiera sentido lo mismo.
—¿Quieres que sigamos? —preguntó, y su voz temblaba.
—Sí —dije, sin dudar—. Quiero mucho.
Y así, entre susurros y dedos que buscaban el punto exacto donde el mundo dejaba de existir, comenzó la historia que ahora te cuento. No fue un final, sino un principio. El primer capítulo de una novela que aún no termino de escribir.
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