Lo que pasó en la habitación de alquiler del centro

Lo que pasó en la habitación de alquiler del centro

@joaquin_noche ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (4) · 12 lecturas · 8 min de lectura

Yo no era de those que buscan aventuras así, de las que te dejan sin aliento y con marcas en la piel que duelen bien. Pero ella me miró con esos ojos que saben más de lo que dicen, con esa sonrisa que no era del todo inocente y sí tampoco del todo peligrosa. Se llamaba Lucía. Trabajaba en una librería pequeña, de esas que tienen olor a papel viejo y café con leche, y yo iba a menudo a mirar libros de poesía que nunca compraba. Un viernes, después del cierre, me ofreció una copa de vino en su casa. Le dije que no, que ya era tarde. Ella solo sonrió, se ajustó el cabello detrás de la oreja y dijo: “¿Otra vez te vas a ir sin saber cómo se siente una mujer que sabe lo que quiere y lo toma?”.

Me quedé callado. Ella se acercó, me rozó el antebrazo con las uñas pintadas de negro, y susurró: “La habitación de alquiler del tercer piso, número 3B. Mañana a las 6:30. Si no vienes, no pasa nada. Pero si vienes… no hay vuelta atrás”.

No dormí esa noche. Me dije que era ridículo, que era solo una mujer más con ganas de jugar. Pero sabía que no era así. Había algo en ella que no era juego. Era una promesa hecha carne, con la piel suave y los ojos duros.

Al día siguiente, a las 6:25, estaba frente a la puerta de madera oscura, con el número 3B pintado en blanco, casi desgastado. Tocó la campana. Escuché pasos. La puerta se abrió lentamente.

Lucía no llevaba ropa interior. Solo una camiseta negra demasiado grande, abierta hasta el ombligo, y una cuerda gruesa de color rojo envuelta alrededor de la cintura como un cinturón. Me miró de arriba abajo, lenta, como evaluando un objeto que ya sabía que le gustaría.

—Pasá —dijo, y se hizo a un lado.

El lugar era pequeño, minimalista, pero con algo que no esperaba: una silla de madera con brazos altos, atados con correas de cuero, y una mesa baja con velas, aceite de almendras y un par de guantes de látex. No dije nada. Me senté en el sofá, con las manos sobre las rodillas, la espalda recta. Ella se acercó, se sentó frente a mí, y con un dedo me dibujó la línea del labio inferior.

—Viste esto antes, ¿verdad? —preguntó, y yo asentí. No era mentira. Había visto fotos, leído relatos, soñado con eso. Pero nada igualaba a estar allí, con ella, respirando el mismo aire, sintiendo su olor: vainilla y algo más, algo animal.

—¿Y qué esperabas? —me preguntó, inclinándose un poco más, dejando que la camiseta se abriera más, mostrando la curva de sus pechos, los pezones oscuros y firmes.

—No lo sé —respondí, y era verdad. No sabía qué esperaba. Solo sabía que quería tocarla, que quería que me dijera qué hacer, y al mismo tiempo, que me controlara.

Ella se puso de pie, dio un paso atrás, y se quitó la camiseta lentamente, como si fuera un acto teatral. Bajo ella, nada. Su cuerpo era magro pero firme, con curvas suaves, pechos redondeados, abdomen plano, y una vagina que se veía recortada, sin vello excesivo, solo lo necesario. Me miró fijamente mientras se desabrochaba la cuerda de la cintura.

—Acostáte —dijo, y lo hice. No dudé. Me tendí boca arriba sobre el colchón, las manos a los lados.

Ella se sentó a horcajadas sobre mí, con las rodillas a cada lado de mi torso, y me miró fijamente mientras deslizaba una mano por mi pecho, bajando por el abdomen, hasta alcanzar mi pene, ya medio duro bajo el pantalón. Me lo apretó suavemente, con los dedos cerrados, y me susurró:

—Vas a ser mío por las próximas dos horas. Si me pides que pare, si dices “no” o “para”, te saco de aquí y nunca más te miro. Si me dices que sí, que quieres más… entonces te rompo, te hago llorar, y te dejo hecho una mierda. ¿Entendido?

—Sí —respondí, y sentí el pulso en la entrepierna, más fuerte.

Me quitó los zapatos, los pantalones y la camiseta con un solo movimiento. Me dejó desnudo, y ella se inclinó, me mordió un pezón, y luego lo lamía con su lengua húmeda, girando, succionando, hasta que el otro pecho lo hacía lo mismo. Me dolía bien. Me corrió la mano por el pene, desde la base hasta la punta, con una presión firme, y luego lo rodeó con los labios de su mano, apretando con fuerza, moviéndose lento, lento.

—Estás muy duro —dijo, y soltó un gemido bajo cuando lo vi temblar. Me miró a los ojos y me soltó:— Quiero verte venir mientras te miro. Quiero que me veas a mí, no a tu mano, no a tu pene. A mí.

Me incorporé un poco, la tomé de la cintura y la empujé hacia atrás. Ella no protestó. Se dejó caer sobre el colchón, y yo me subí sobre ella, con mis rodillas a cada lado de su cuerpo. La tomé de las muñecas y las llevé por encima de su cabeza, fijándolas con una mano. Con la otra, deslicé un dedo entre sus muslos, encontrando su humedad ya natural, suave, cálida. Le separé los labios con la yema del dedo y la vi fruncir el ceño cuando metí el dedo dentro de ella, lento, hasta la falange.

—Sí… —gimió, y cerró los ojos.

La seguí, con dos dedos, estirando su interior, sintiendo cómo se contraía, cómo me pedía más. Me levanté un poco, tomé su muslo derecho y lo levanté sobre mi hombro. Ella abrió los ojos, me miró, y me dijo:

—No me hagas daño. Pero sí quiero que me tomes.

Le sonreí, y le besé el cuello, suavemente, y luego con más fuerza, mordiendo, chupando, dejando marcas. Me incliné hacia su pecho, tomé uno de sus pezones entre los dientes, y lo giré, tirando con cuidado, hasta que escuché su gemido, agudo, de placer puro.

—Dime qué querés —le dije, y la sentí temblar.

—Quiero tu pene dentro de mí. Ahora. Sin condón. Te lo ruego.

—¿Estás segura? —le pregunté, y ella asintió con la cabeza, con los ojos cerrados.

Me levanté, tomé el aceite de almendras, lo vertí en mis manos y me lo repartí por el pene, por los testículos, por los dedos. Volví a colocarme sobre ella, y con la punta del pene, busqué su entrada. Me detuve un segundo, apenas rozándola, y luego la empujé dentro, con un movimiento suave, constante, hasta la base. Me cerró la vagina en torno a mí, apretada, húmeda, cálida. Sentí sus músculos contraerse, y su cuerpo arquearse hacia arriba, hacia mí.

—Sí… sí… —murmuró, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos.

Comencé a moverme, lento, con pequeños círculos en la base, con un ángulo que la hacía gemir más fuerte. Le solté las muñecas y me incliné sobre ella, tomando uno de sus pechos en cada mano, apretándolos, frotando los pezones contra mi pecho. Ella me abrazó por la cintura, con las uñas clavándose en mi espalda, y me dijo:

—Más fuerte… por favor, más fuerte.

Y lo hice. Empujé con más fuerza, con más ritmo, con la cadera golpeando su púbis, con su clítoris rozando mi pubis cada vez que me movía. Ella gritó, una vez, dos veces, y luego se puso a llorar, no de tristeza, sino de placer. Sus piernas se tensaron, sus pies se encorvaron, y su cuerpo se convulsionó en el clímax. Sentí cómo su vagina me apretaba, contrayéndose en olas que no terminaban. Me agarró el pelo y me jaló hacia su cuello, mordiéndome la oreja.

—No pares… por favor, no pares.

Y no paré. La tomé de la cintura y la giré, haciendo que se pusiera de pie sobre el colchón, agarrándose de la cabecera. Yo me puse detrás, le separé las nalgas con las manos, y la penetré desde atrás, con el pene aún duro, con la punta golpeando su fondo, con mis dedos apretando sus muslos. Ella se mordió el puño para no gritar más, pero los gemidos se le escapaban, ahogados, calientes, húmedos. Me incliné sobre su espalda, le besé el cuello, le mordí el hombro, y le susurré al oído:

—Vas a venir otra vez. Y esta vez, no vas a poder contenerlo.

Le toqué el clítoris con el pulgar, con presión firme, y mientras la empujaba adentro con fuerza, con ritmo, con desesperación, la sentí tensarse, contraerse, y gritar, esta vez en voz alta, desesperada, desbordada.

Me retiré, y me levanté, me volví a poner frente a ella. Le tomé la cabeza y la empujé hacia abajo. Ella comprendió. Se arrodilló, me tomó el pene con las dos manos y lo introdujo en su boca. Me miró con los ojos semicerrados, con la lengua rozando el glande, con los labios tensos alrededor de mí. Me corrió la mano por el pelo, y le dije:

—Más.

Ella lo hizo mejor. Se lo llevó todo, hasta la base, y luego se lo sacó con lentitud, lamiendo, chupando, con los ojos fijos en los míos.

—Quiero que vengas dentro de mí —dije, cuando me levanté.

Ella se acostó otra vez, con las piernas abiertas, con los ojos brillantes, con la respiración cortada. Le tomé los tobillos y los llevé hacia mis hombros, y la penetré una última vez. Me moví lento, con la cabeza baja, con los dientes apretados, con la sensación de que no quería que termine. Pero cuando sentí que se cerraba de nuevo, cuando vi sus ojos cerrarse, cuando escuché su último gemido, me dejé ir.

Salí, la puse de lado, y me acosté detrás de ella, con mi pene dentro de su cuerpo, con mis manos sobre sus pechos, con mis piernas enredadas con las suyas. Ella se volvió hacia mí, me besó, con la lengua, con suavidad, con una sonrisa en los labios.

—¿Te duele? —me preguntó.

—No —respondí, y le besé el cuello.

—¿Querés otra vez? —me preguntó, y esta vez, yo me reí.

—Aún no he empezado —le dije, y la volví a tomar.

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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