Lo que pasó en la fiesta del vecindario

Lo que pasó en la fiesta del vecindario

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (15) · 11 lecturas · 7 min de lectura

La luz del sol ya se había esfumado tras los cerros de Envigado, dejando un cielo teñido de púrpura y naranja, como una seda quemada por el fuego lento del atardecer. En el jardín trasero de la casa número 47, entre los romerillos y las plantas de limón que olían a verano, se montaba la tradicional fiesta del vecindario: mesas plegables con arepas calientes, cervezas frías en cubetas de plástico, y un par de meseros que, con camisetas estampadas de bandas de la antigua Medellín, servían jugos de fruta tropicales. Pero nada de eso era lo que真正 preocupaba a Valentina —ni siquiera el sonido de la cumbia que salía del parlante medio roto—. Lo que la tenía atenta, con el vaso de jugo de guayaba en la mano y los pies descalzos sobre el pasto húmedo, era la figura que se recortaba bajo la luz de la lámpara de pie: Camilo.

Él estaba apoyado en el muro de la terraza, con las manos metidas en los bolsillos de su jeans desgastado y la camiseta blanca un poco arrugada, como si acabara de despertar —aunque Valentina sabía que, desde las seis, lo había visto limpiando el garaje, sudando, con el pecho y los brazos marcados por el esfuerzo. No era hombre de muchas palabras, Camilo, pero tenía algo que sí hablaba por él: los ojos. Grises, profundos, que parecían tener memoria de lo que Valentina había olvidado incluso para sí misma.

—¿Tú también te haces la de los ojos cerrados? —le preguntó, acercándose, sin mirarla directo, sino dejando que su voz rozara su oreja como una brisa peligrosa.

Valentina sintió el escalofrío recorrerle la columna, como si le hubieran soltado una lagartija fría por entre los huesos. Sabía que era una provocación disfrazada de broma, pero también sabía que no había error. Él la había estado mirando así desde hace semanas: no con deseo descarado, sino con esa paciencia de los gatos que saben que la presa ya está en su área.

—A veces —respondió, bajando la voz—. Pero hoy no me hago. Hoy vine a ver si el vecino del frente volvía a prender el asador.

Camilo soltó una risa baja, que no era risa, sino un gruñido de satisfacción contenida. Se enderezó, y Valentina notó cómo su cuerpo, alto, musculoso, pero no exagerado, se movía con esa naturalidad que solo tienen quienes se sienten completamente a gusto en su propia piel.

—El asador está apagado —dijo, acercándose más—. Pero hay algo más que puedo prender.

Ella no se retiró. Se quedó donde estaba, con los pies firmes, el vaso en la mano y el corazón latiéndole fuerte pero tranquilo, como si ya lo hubiera soñado antes. Porque sí, lo había soñado. Varias veces. Con Camilo en silencio, con Camilo que no decía mucho pero que sabía escuchar con el cuerpo.

—¿Y qué es? —preguntó, con una sonrisa que no le llegaba hasta los ojos, pero sí hasta la lengua.

—Tú —respondió él, y esta vez sí la miró de frente—. Me fijé en ti. Cada vez que caminas por el pasillo, cuando llevas el pelo suelto y el olor a jabón de lavanda. Cada vez que subes las escaleras de la casa, con esa manera tuya de inclinarte un poco a la derecha. Cada vez que me miras y luego apartas la vista, como si te diera miedo que yo notara que tú también me estás mirando.

Valentina sintió un calor en las mejillas, pero no de vergüenza. De reconocimiento. Como si alguien hubiera levantado una cortina que ella misma había bajado sin querer.

—¿Y qué vas a hacer con eso? —preguntó, esta vez con la voz más suave, casi un susurro.

Camilo no respondió con palabras. Se inclinó, lentamente, hasta que sus labios rozaron el cuello de Valentina, justo donde el pulso latía más fuerte. Ella contuvo la respiración, pero no lo empujó. Dejó que él la sintiera, que notara cómo su piel se erizaba, cómo su cuerpo se abría como una flor al primer rayo de sol.

—Quiero saber cómo sabe tu boca —dijo él, sin apartarse—. Quiero saber si es tan dulce como el jugo de guayaba que tienes en la mano. Quiero saber si cuando te pido que me mames, lo haces con la misma paciencia con la que me miras desde el balcón.

Valentina no respondió de inmediato. Tomó un trago de su jugo, lento, observando cómo la luz del farol del jardín le daba a Camilo un brillo casi dorado en los hombros. Sabía que era una decisión. No solo una tentación. Pero también sabía que no quería arrepentirse.

—Dime si estás listo —le dijo, por fin.

Él asintió, apenas. Y entonces, sin más preámbulo, la tomó de la mano y la llevó hacia la puerta trasera de su casa, esa que daba al patio de servicio, donde no los vería nadie. No con crudeza, no con urgencia, sino con esa calma que solo tienen quienes saben que tienen tiempo.

Dentro, el aire era más fresco, más íntimo. Las paredes blancas, el piso de cerámica, una mesa baja con un par de libros de historia del arte y una botella de ron medio vacía. Valentina se dejó llevar. Camilo cerró la puerta con un clic suave, como si estuviera sellando un pacto.

—¿Te gusta esto? —preguntó él, señalando una silla de madera con respaldo alto, casi antigua—. A veces me siento aquí a leer. Pero hoy, me gustaría que te sentaras.

Valentina lo miró, desafiante, pero sin miedo.

—¿Y si prefiero otra silla?

—Entonces la eliges. Pero una vez sentada, no te levantas hasta que yo te lo diga.

No era un mandato. Era una invitación. Y Valentina, con una sonrisa que le brillaba como la luna en el agua, se acercó a la silla. Se sentó con elegancia, la espalda recta, las manos sobre las rodillas. Camilo se arrodilló frente a ella, sin precipitarse. Le quitó los zapatos con cuidado, como si despojara una ofrenda sagrada. Luego, lentamente, le masajeó los pies, presionando con los pulgares en los arcos, en los dedos, en el talón. Ella soltó un pequeño gemido, sin querer, y él se detuvo a mirarla. Sus ojos estaban oscuros, pero no violentos. Solo hambrientos.

—Tus pies —dijo—. Son de quién sabe caminar con intención.

Luego, sin esperar permiso, pero sin forzar tampoco, le subió las manos por las pantorrillas, por las piernas, hasta que sus dedos rozaron el borde de la falda. Valentina no lo detuvo. Incluso levantó la cadera un poco, como pidiendo más. Él se lo agradeció con una sonrisa y deslizó los dedos por debajo del elástico de su braga, rozando la piel húmeda ya, sin necesidad de presión. Ella jadeó.

—¿Te gusta esto? —repitió él—. ¿Te gusta que te toque así, como si ya lo hubiera hecho antes?

—Sí —confesó ella—. Me gusta que sepas lo que quiero, aunque yo no lo sepa todavía.

Camilo se levantó entonces, la desprendió de la silla con suavidad, y la guió hacia el cuarto. No era un cuarto cualquiera. Era un espacio ordenado, con una cama sencilla, sábanas blancas, y una ventana abierta por donde entraba el murmullo de la ciudad y el olor a jazmín del jardín vecino. Se sentaron uno frente al otro, sin apuro, con las manos entrelazadas. Él le acarició el cabello, le besó las palmas, le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—Quiero verte gozar —dijo, por fin—. Quiero saber cómo suena tu voz cuando me dices que no aguantas más. Quiero que me mames hasta que me sienta en tu boca como en casa.

Valentina no respondió con palabras. Se levantó, se quitó la blusa lentamente, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro que Camilo ya había imaginado varias veces. Se quitó también la falda, y quedó frente a él, con solo la ropa interior. Él la miró como si no hubiera visto nada igual en su vida. Como si ella fuera un milagro.

—Eres hermosa —susurró—. Como el primer día de lluvia en Medellín.

Ella se acercó entonces, se arrodilló frente a él, y sin más, desabrochó su jeans. Lo bajó con calma, dejando al descubierto su pito, ya semierguido, grueso, con el globo un poco más oscuro. Valentina lo miró como quien mira un río que conoce de memoria. Luego, lentamente, lo tomó con la mano, lo frotó con suavidad, hasta que él soltó un gruñido que no parecía suyo.

—¿Te gusta? —preguntó ella, con una sonrisa píc

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