Lo que pasó en la fiesta del tercer piso
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La llave giró con suavidad en la cerradura, casi sin ruido, como si el edificio entero respirara con ellos. Marco y Lucía subieron los últimos tres tramos de escalera, el silencio solo roto por el crujido de sus pasos y el latido acelerado de su propio deseo. La fiesta estaba a punto de empezar: música sorda, risas suaves, el aroma a vino tinto y sudor mezclado que siempre acompañaba a esos encuentros. Habían ido a otras antes —siempre con la misma pareja de referentes, los mismos rostros conocidos—, pero esta vez era distinto. Esta vez, los anfitriones eran nuevos: una pareja de la que habían oído hablar, pero nunca habían conocido de cerca. Ellos, en el tercer piso, un departamento amplio con muebles de madera clara y una terraza que miraba al río. Ella, unarubia alta, ojos verdes como hojas mojadas, y él, un moreno de hombros anchos y manos grandes, siempre en movimiento.
—¿Estás segura? —preguntó Marco, sin mirar a Lucía, con la mano todavía sobre la manija.
Ella le tomó la muñeca, la apretó un segundo, y sonrió. No una sonrisa tímida, sino algo más profundo, más decidido: la sonrisa de quien ya dio el primer paso y ahora solo esperaba que el otro la siga.
—Sí, pibe. Yo lo dije, yo lo vivo. Si vos no venís, vos no venís. Pero acá no hay vuelta atrás.
Subieron juntos, la espalda recta, la respiración sincronizada. La puerta se abrió antes de que tocaran: la rubia —se llamaba Sol— los abrazó con naturalidad, besó a Marco en la mejilla, a Lucía en ambas mejillas, y los invitó a entrar con un gesto de la mano que decía más que mil palabras: *acá no hay reglas, solo cuerpo y deseo*.
El departamento estaba cálido, iluminado por velas en frascos de vidrio y luces bajas. Gente sentada en el suelo, en sillones bajos, algunos de pie cerca de la terraza, donde la brisa entraba con fuerza y movía las cortinas como si el aire también quisiera ver lo que pasaba. Al fondo, una música suave: jazz lento con bajo eléctrico, algo entre el *lo-fi* y el *deep house*, que se metía entre las piernas sin pedir permiso.
—Bienvenidos —dijo el moreno, el marido de Sol, acercándose con dos copas de vino en la mano. Se llamaba Agustín—. Yo soy Leo. Acá no hay nada que no se pueda decir, ni nada que no se pueda tocar. Solo acordémonos de una cosa: siempre, *siempre*, con consentimiento.
Lucía lo miró de frente, sin bajar la mirada, y asintió. Marco, en cambio, tragó saliva. Le gustaba cómo hablaba Leo: sin condescendencia, sin teatralidad, como si el deseo fuera tan natural como respirar. Tomó su copa, la probó: tinto, bien frío, con un toque de ciruela.
Pasaron los minutos, y la fiesta se fue calentando. Se sentaron en el piso, rodeados de almohadones, hablando de viajes, de libros, de trabajos. Todo parecía normal, hasta que Sol se recostó en el brazo del sillón de Marco y le acarició la rodilla con la punta de los dedos.
—¿Te gusta este color de vino en los labios? —preguntó ella, y se pasó la lengua por el borde de su copa antes de beber.
Marco sintió un hormigueo en la ingle. Se mordió el labio, y asintió. Sol sonrió, y entonces Lucía —que estaba sentada frente a ellos, entre las piernas de Leo— levantó su propia copa, se humedeció los labios y lo miró fijo, con una sonrisa que decía: *ahora es tu turno*.
Leo se inclinó hacia atrás, soltó la copa en la mesa, y se desabrochó una manga de la camisa. Con la otra mano, le tomó la muñeca a Lucía y la tiró suavemente hacia él. Ella cayó sobre sus piernas sin oponer resistencia, y él le acarició el cuello con el pulgar, bajó hasta la base de su garganta, rozó el borde de su camiseta.
—¿Te gusta que te toque acá? —preguntó, y pasó la mano por debajo de la tela, rozó su pezón a través del sujetador.
Lucía arqueó la espalda, un pequeño gemido escapó de su garganta. No era vergüenza, era pura, directa, necesidad.
—Sí, pija —dijo, sin disimulo—. Me gusta que me toques donde quieras.
Marco no apartaba la vista. Sol se había acercado aún más, ahora su muslo rozaba el suyo, y su mano subía lentamente, más arriba, hasta el interior del muslo. Se detuvo apenas por debajo del borde de sus pantalones cortos, y lo miró a los ojos.
—¿Querés que siga? —susurró.
Él asintió, sin palabras. Ella le tomó la mano y la puso sobre su muslo. La piel era suave, cálida, con un vello fino que se erizó cuando Marco la acarició con la palma.
Leo, en ese momento, ya tenía la camiseta de Lucía entreabierta, y le estaba lamiendo el pezón por encima del encaje del sujetador. Ella gimió más fuerte, se agarró de su cabello, y le susurró algo que Marco no alcanzó a entender, pero que hizo que Leo se levantara, la tomara de la mano y la llevase hacia el fondo del departamento.
—Vení con nosotros —dijo Leo, y extendió la mano hacia Marco.
Él se levantó, se sacudió los pantalones, y siguió. Sol lo tomó del brazo y lo apretó antes de seguirlos.
La habitación era un dormitorio amplio, con una cama grande, ropa de cama blanca y una luz tenue que apenas iluminaba el rincón. Leo había puesto a Lucía sentada en el borde de la cama, con las piernas abiertas, la camiseta abierta, los pechos libres y los pezones hinchados. Leo le estaba chupando uno, mientras con la otra mano le metía dos dedos dentro de la concha.
—Jesús —respiró Lucía, inclinando la cabeza hacia atrás.
Marco se acercó, sin saber bien por dónde empezar. Sol se puso detrás de él, le quitó la camiseta con suavidad, y le pasó la lengua por la espalda, bajando hasta la cintura de sus pantalones.
—Desabrochá —le pidió, con la voz rota.
Él lo hizo, los botones cedieron con un sonido seco. Leo, en ese momento, apartó la cara de Lucía, le limpió la boca con el dorso de la mano y le sonrió.
—Ahora es tu turno, pibe —dijo.
Marco se sentó frente a ella, le separó las piernas, y se inclinó. Lucía olía a sudor dulce, a vino, a algo más animal. Metió la cara entre sus muslos, rozó con la punta de la lengua su clítoris, y luego bajó, le abrió la concha con los dedos, y se la comió con ternura y urgencia a la vez. Ella se le aferró a la cabeza, le clavó las uñas en el cuero cabelludo, y gimió como si no hubiera otro sonido en el mundo.
Leo y Sol los miraban, sentados en la cama, sin prisas, sin celo. Cuando Lucía se sacudió con el orgasmo, Marco la besó en la boca, saboreando su sabor, y entonces Leo se puso de pie, se desabrochó el cinturón, y se bajó los pantalones.
—Vení, sentate sobre mí —le dijo a Marco.
Él lo hizo, se sentó sobre las piernas de Leo, que estaba acostado, y le tomó su pene hinchado, lo lubrifiqué con la saliva que le quedaba en la boca, y se lo metió poco a poco. Leo respiró fuerte, se inclinó hacia atrás, y empezó a subir las caderas, a encajarlo todo, a clavárselo con una fuerza que no era agresiva, sino necesaria.
Sol se acercó, le acarició el pecho, y entonces Lucía, ya recostada, se volvió hacia ellos, se arrastró hasta el borde de la cama, y puso su cara entre las piernas de Marco. Le separó los testículos con los dedos, y empezó a chuparle el glande mientras Leo lo cogía con ritmo lento, profundo, constante.
Lucía levantó la vista hacia Marco, con los ojos vidriosos, y le sonrió.
—Sí, marquín —dijo—. Cogé a este pija hasta que se quede sin aliento.
Marco no se lo pensó dos veces. Se inclinó hacia adelante, tomó a Leo por los hombros, y le clavó el pene con más fuerza, más fondo. Leo le mordió el cuello, le susurró palabras sucias en el oído, y entonces Sol se puso de pie, se bajó su propio pantalón, y se sentó sobre Lucía, con las piernas a los lados, y empezó a garcharla con movimientos suaves, rotativos, como si estuvieran haciendo algo
¿Qué tanto te calentó?
Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.