Lo que pasó en la fiesta del quinto piso
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La música no se oía bien desde el ascensor, pero el calor sí, ese calor que se arrimaba por las rendijas de la puerta, como si el pasillo entero respirara con la piel húmeda. Lucía subió los últimos cinco tramos sin prisa, los tacones le temblaban —no de cansancio, sino de anticipación—, y el vestido ceñido, color vino, le pegaba al cuerpo como una segunda piel que no quería soltar. Había aceptado ir al cumpleaños de su amiga Camila solo por curiosidad, por ver si algo cambiaba en esas noches donde el mundo parecía girar más lento, más húmedo, más rico. Y sí cambió.
El quinto piso era un loft abierto, paredes en blanco roto, luces bajas, y una barra de madera con botellas que brillaban como ojos de gato en la oscuridad. Él estaba allí, al fondo, junto al balcón abierto a la ciudad, con una cerveza en la mano y la mirada perdida en el horizonte. Se llamaba Daniel. O eso dijo cuando se presentó, con voz grave, pausada, como si cada palabra la pesara antes de soltarla.
—¿Te gusta el ruido o prefieres el silencio? —le preguntó, sin mirarla, pero con la sonrisa ya dibujada en los labios.
—Depende —respondió ella, acercándose—. Hoy quiero lo que me haga sentir el corazón en la garganta.
Él giró entonces, y Lucía sintió cómo el aire se volvía más denso, como si la noche misma los hubiera encerrado ahí, a solas, aunque el resto del mundo seguía brindando, riendo, bailando dentro del loft. Sus ojos eran oscuros, pero no fríos: tenían algo de fuego encendido, de cigarro recién encendido, de promesa no cumplida pero ya asumida.
—Entonces, vamos a lo que nos da miedo —dijo él, ofreciéndole su vaso de ron con hielo y un toque de limón.
Lucía lo tomó sin titubear. El alcohol le quemó la lengua, pero no le quitó el temblor: lo que le temblaba era el pecho, el vientre, las piernas.
—¿Miedo? —preguntó ella—. Yo no siento miedo. Solo calor.
Daniel no respondió con palabras. Se acercó, lentamente, como si hubiera medido cada paso, y puso sus manos en su cintura, no con urgencia, sino con una seguridad que dolía bien. Sus dedos se hundieron en la tela del vestido, como queriendo hacerse hueco, como si ya conocieran el contorno del otro.
—Estás temblando —dijo él, bajando la cabeza hasta su oreja, respirando su cuello—. No es por el ron.
—No —confesó Lucía, con la voz quebrada, pero sonriendo—. Es por cómo me miras.
Él soltó un gruñido bajo, casi animal, y la atrajo contra él. El cuerpo de Daniel era duro, cálido, seguro, con ese olor a tabaco y a jabón de sándalo que le hizo recordar algo que no sabía que había echo falta: sentirse deseada, no como objeto, sino como puerta abierta.
—¿Quieres ir al baño? —le preguntó él—. O al cuarto. O directo al suelo, si te gusta.
—Yo no decido —respondió ella, mirándolo fijo, con el pulso en la muñeca latiéndole como un tambor de guerra—. Tú sí.
Daniel no esperó más. La tomó de la mano y la condujo hacia el cuarto que quedaba al fondo, cerró la puerta con un clic suave, y la puso de pie frente a la cama, sin soltarla.
—Tu culo es una tentación —le dijo, pasando las manos por sus caderas, apretándolas con ternura y fuerza al mismo tiempo—. Y tus pechos… quieren ser mordidos.
Lucía no respondió con palabras. Se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo como una hoja seca, y se quedó ahí, frente a él, con la ropa interior negra que dejaba ver la curva de su vientre, la hendidura de su espalda, la promesa de su culo redondo.
—Mira —dijo Daniel, desabotonándose los pantalones—. Aquí no hay vergüenza, solo deseo.
Se acercó, lentamente, y le acarició el muslo con la punta de los dedos, subiendo poco a poco, hasta que sus manos encontraron el calor de su culo, lo levantó suavemente, y lo apretó, como si lo estuviera midiendo para guardarlo en la memoria.
—Dime qué quieres —susurró él, besándole el cuello—. ¿Que te mame? ¿Que te coja despacio? ¿Que te haga gritar hasta que se oiga en el séptimo piso?
—Que me hagas sentir que soy la única mujer en el mundo —respondió Lucía, metiéndole las manos en el pelo—. Que me hagas sentir que el mundo se detuvo solo por esto.
Él la llevó a la cama, la tumbó con cuidado, y se colocó entre sus piernas. Le abrió los muslos con las rodillas, y bajó la cabeza. Sus manos sostuvieron sus caderas, sus dedos le rozaron el clítoris con un dedo, luego dos, luego tres, hasta que Lucía no pudo más y se arqueó, gritando su nombre como si fuera un juramento.
—Te quiero lamiendo hasta que no puedas más —dijo él—. Te quiero hasta que me pidas que te lo meta, y luego te lo meta.
Y así fue. Lo hizo con calma, con pasión, con esa mezcla de dominio y ternura que solo saben quienes saben que el placer no se exige, se invita.
Cuando por fin se metió dentro de ella, fue con lentitud, con
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