Lo que pasó en la fiesta de Navidad
8 minLo que pasó en la fiesta de Navidad
La casa de los abuelos olía a piña asada, canela y humo de leña. Luces parpadeaban en el pino del comedor y la música navideña sonaba suave en segundo plano, como una brisa distante. Camila, de 29 años, se sentó en el sofá de terciopelo rojo, el mismo en el que había jugado con su hermano menor, Mateo, cuando eran niños. Él, ahora de 26, estaba de pie cerca de la chimenea, el vino tinto en su mano izquierda, los ojos fijos en la chimenea, pero sus pensamientos parecían estar muy lejos de la llama.
—¿Otro vino? —le preguntó Camila, acercándose con su vaso vacío.
—Sí —dijo Mateo, sin mirarla. Pero cuando ella se inclinó para servir, él giró la cabeza y la miró fijamente. Sus ojos, oscuros como el café recién hecho, la atravesaron como si la viera por primera vez.
Era la primera vez que Camila notaba algo distinto en él desde que volvió de la universidad. Mateo había estado distante, callado, como si guardara algo que no quería decir. Pero esa noche, algo había cambiado. Su respiración era más profunda. Su postura, menos rígida. Y cuando sus dedos se rozaron al pasarle el vaso, una corriente eléctrica los recorrió a ambos.
—¿Estás bien? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—No —dijo él, y por primera vez en años, su voz sonó vulnerable. No la de su hermano pequeño, sino la de un hombre que había crecido mientras ella no estaba mirando.
Bajó la mirada al suelo, luego la elevó de nuevo, directo a los ojos de Camila. Ella sintió un calor subirle por el cuello, acelerársele el pulso, secársele la boca. No era solo la tensión de la fiesta, ni el vino. Era algo más antiguo, más profundo. Algo que había estado allí, latente, silencioso, como una sombra que esperaba la oscuridad para moverse.
—Vamos al estudio —dijo Mateo, sin esperar respuesta.
El estudio era un pequeño cuarto al fondo del pasillo, lleno de libros, fotos antiguas y un escritorio de madera oscura que su abuelo usaba para escribir cartas. La puerta se cerró con un clic suave. El calor del exterior, el murmullo de las risas, los platos sonando —todo desapareció.
Camila se quedó en el umbral, los pies descalzos sobre la alfombra gruesa. Mateo se acercó, lento, como si temiera que un movimiento brusco la hiciera huir. Se detuvo a un metro de ella, respirando hondo.
—Sé que esto está mal —dijo, con voz ronca.
Ella no respondió. Solo lo miró. Y en ese silencio, algo se rompió.
Mateo se inclinó, y sus labios tocaron los de ella con una suavidad que ocultaba una urgencia desesperada. No era un beso de hermanos, ni de amigos. Era un beso de deseos que habían sido guardados, reprimidos, negados durante años. Su lengua entró con timidez, pero con fuerza, como si quisiera recordarle a su cuerpo lo que había olvidado.
Camila respondió al instante, sus manos subiendo por su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa. Él la atrajo hacia sí, y ella notó el endurecimiento de su pene a través de los jeans, apretado, insistentemente contra su vientre.
Se separaron apenas un segundo para respirar, pero sus frentes seguían juntas, sus alientos entrelazados. Mateo le acarició la mejilla con la palma de la mano, luego bajó hasta su cuello, donde besó la curva de su mandíbula, su oreja, el punto débil debajo de la oreja donde su pulso latía con fuerza.
—Camila… —susurró—. No sé cómo explicarlo. Es como si nunca te hubiera visto de verdad.
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y dejó que sus labios se posaran sobre su piel.
Mateo la tomó de la cintura y la giró hacia la pared. Sus manos subieron por sus muslos, bajo la falda larga de verano que llevaba, y la subieron hasta sus caderas. Bajo la falda, no llevaba bragas. Solo la suavidad de su piel, tibia y húmeda.
—¿Te acuerdas de cuando éramos chicos y jugábamos a la casa? —le dijo él, apretando su muslo con fuerza.
—Sí —murmuró ella, con la respiración entrecortada.
—Siempre soñé que eras mía. No como hermana. Como mujer.
Con eso, la giró de nuevo y la puso de espaldas contra su pecho. Ella sintió el calor de su cuerpo, la dureza de su miembro contra su espalda baja. Mateo le apartó el pelo de la nuca y besó su nuca, lentamente, con la lengua, como si la saboreara.
—Déjame tocarte —dijo, y por primera vez, su voz perdió la titubez. Sonó seguro, convencido. Dueño de lo que decía y hacia lo que quería.
Le quitó la falda y la dejó caer al suelo. Luego, con manos firmes, le desabrochó el sostén y lo bajó, dejando sus pechos libres. Se inclinó y tomó uno en su boca, chupando con fuerza su pezón, que se endureció al instante. Camila gimió, un gemido bajo, gutural, que no intentó ocultar.
—Maldita sea… —susurró ella, agarrando un puñado de su cabello.
Mateo la soltó y se puso de pie frente a ella. Se desabrochó los jeans y los bajó hasta las rodillas, sacando su pene, grueso, rubicundo, con la punta ya brillante de presemos.
—¿Quieres verlo? —preguntó, sin esperar respuesta. Ya lo tenía en su mano, apretándolo con un movimiento lento y pausado.
Camila asintió, con la boca seca, los ojos fijos en su miembro. No era un pene de adolescente. Era un pene de hombre. Grande, con venas marcadas, la cabeza ancha, ligeramente rojiza. Un pene que sabía lo que quería.
—Quiero verte dentro de mí —dijo, y fue la frase más atrevida que había dicho en su vida.
Mateo la tomó de la cintura y la sentó sobre el escritorio, entre los papeles antiguos y los marcadores de libros. Se puso entre sus piernas, separándolas con sus muslos. Con la punta del pene, buscó su entrada. Ya estaba humedecida, su vagina abierta, dilatada por el deseo, sus labios internos hinchados y brillantes.
—¿Estás segura? —preguntó, sin soltarla.
—Sí —dijo ella, y le tomó la mano para guiarlo.
Él empujó suavemente, y el pene entró, lento, rozando su clítoris con cada avance. Camila cerró los ojos. No era dolor. Era plenitud. Era la sensación de algo que siempre había estado ausente, de pronto llenando cada rincón vacío de su cuerpo.
—Mierda… —susurró Mateo, con los dientes apretados.
—Sí —gimió ella—. Sí, así.
Él empezó a moverse. Lentamente, al principio, para no romper el hechizo. Pero pronto su ritmo se volvió más rápido, más desesperado. Cada empuje era un grito silencioso de lo que habían guardado por tanto tiempo. Su pene rebotaba contra su clítoris con cada entrada, y Camila sentía cómo su cuerpo se tensaba, cómo el placer subía, rápido, inevitable.
—Mateo… —lo llamó, con la voz rota.
—Dime qué quieres que te haga —dijo él, con los ojos cerrados, la frente sudorosa.
—Más fuerte… —murmuró—. Quiero sentirte hasta en la garganta.
Él la tomó por las caderas y le dio un empuje brusco que la sacudió entera. Ella gimió, arqueando la espalda, sus pechos moviéndose con el ritmo de sus cuerpos. Mateo la besó de nuevo, y esta vez fue salvaje, hambriento. Sus dientes rozaron sus labios, su lengua luchó con la suya.
—Estoy por venir —dijo él, jadeando.
—No te retengas —respondió ella—. Maldición, déjate ir.
Él lo hizo.
Empujó hasta el fondo, hasta que su vientre golpeó contra el suyo. Y entonces, con un gruñido profundo, se corrió dentro de ella. El semen le salió en ráfagas, calientes, espesas, golpeando su útero, su cuello uterino, llenándola hasta los bordes. Camila sintió cómo su propio orgasmo la estremecía, cómo su vagina se contrajo alrededor de su pene, chupándolo, pidiendo más.
—¡Mierda! —gritó Mateo, con la cabeza inclinada, sus dedos clavados en sus muslos.
Ella lo sintió latir dentro de ella, aún pulsando, aún vivo. Y cuando él se retiró, lentamente, el pene le salió con un sonido húmedo, y ella vio el líquido blanco correr por su muslo interno, mezclándose con su humedad.
Se quedaron allí, en silencio, sentados en el escritorio, los cuerpos aún unidos por el calor, por el deseo, por la culpa y la placer entrelazados como una sola cuerda.
—¿Y ahora qué? —preguntó Mateo, con la voz quebrada.
—Ahora… —dijo Camila, y le tomó la mano—. Ahora lo hacemos otra vez.
Y así fue. Porque en esa habitación, entre los libros viejos y la luz tenue, no importaban las reglas. Solo existía el cuerpo, el deseo, y el fuego sagrado de lo prohibido.
Esa noche, no hubo hermano. Solo ella, y él, y lo que el mundo les había negado por temer lo que no conocía. Y cuando salieron del estudio, con los cabellos despeinados, los labios hinchados y la piel still temblando, no hubo vergüenza. Solo una certeza silenciosa: lo habían hecho, lo habían sentido, y no volverían a mirarse igual.
La fiesta continuaba en el living. Pero Camila y Mateo ya no eran los mismos.
Y nadie, en el fondo, lo notó.
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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.