Lo que pasó en la fiesta de mi primo
6 minLo que pasó en la fiesta de mi primo
Yo nunca imaginé que esa noche cambiaría algo tan profundo dentro de mí. Mi primo me había invitado a su fiesta en el fondo de casa, esa que organizaba cada año el primer sábado de junio: música alta, cerveza fría y mucha gente que ni conocía. Pero esta vez había algo distinto: un chico nuevo, alto, de hombros anchos y pelo castaño corto, con esos ojos que parecen mirar de verdad, sin prisa. Se llamaba Adrián.
Lo vi cerca del bar, serviéndose un aguardiente con un dedo de hielo, sin apuro, sin fingir. Yo estaba apoyado en el muro del patio, con mi vaso de gaseosa, fingiendo interés en la música de vallenato que sonaba suave, pero con los ojos siempre volviendo a él. Tenía veinticuatro años, pero parecía más maduro, con esa seguridad que solo da saber quién eres sin necesidad de demostrarlo.
—¿Tú también estás de guardia en la pared? —me preguntó, acercándose con una sonrisa tímida, como si estuviera probando si yo era amable.
Me reí, un poco nervioso. —No, solo esperando que el mundo se acabe… o que la cerveza termine.
Se paró a mi lado, no tanto como para tocar, pero cerca. Olía a jabón de almendras y algo más, un calor que no sabía describir. Nos pusimos a hablar de todo y de nada: de cómo odiaba la música de los 90 pero no se atrevía a admitirlo, de que había nacido en Medellín pero se crió en Bogotá, de que odiaba las fiestas pero hoy había venido porque su hermana insistió. Y yo le hablé de mi trabajo en la librería, de que leo más de lo que escribo, de que me gusta el silencio, pero no el silencio solo: el silencio que se comparte.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Qué te gusta?
Me miró, lento, como si me estuviera quitando la ropa con la mirada. —Depende. ¿Con quién?
Me sonrojé. Me sentí tonto y vivo al mismo tiempo.
—¿Te parece si lo descubrimos? —le dije, y lo dije con voz baja, casi un susurro, pero con la certeza de que quería saberlo.
La fiesta seguía adelante: risas, gritos, cerveza derramada, pero nosotros ya no estábamos ahí. Me tomó del brazo, con suavidad, como si temiera que me fuera. Me guió hacia la habitación de huéspedes, esa que estaba al final del pasillo, con la puerta entreabierta y la luz del celular de alguien que dejó la pantalla encendida en el suelo.
Dentro, el aire estaba más quieto, más denso. Me dio la espalda mientras cerraba la puerta, y por un momento me sentí paralizado. Entonces se volteó, con los ojos fijos en los míos, y me dijo:
—¿Estás seguro?
—Sí —respondí, y era cierto. No con la cabeza, sino con el cuerpo, con el corazón, con ese nudo dulce en la tripa que me decía que era hora.
Me acerqué, con las manos temblorosas, y le toqué la cara. Su piel era suave, con un vello fino que sentí bajo mis yemas. Él cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia mi palma, y soltó un suspiro que era casi una queja. Entonces lo besé.
Fue un beso lento, incierto al principio, como si ambos estuviéramos aprendiendo el mismo idioma. Pero pronto fue más natural: sus labios se abrieron, y yo le metí la lengua con un miedo que se volvió placer. Su boca estaba tibia, con sabor a aguardiente y algo dulce, como miel. Y entonces él me empujó suavemente contra la pared, justo donde antes yo había estado esperando, y me mordió el labio inferior, con un apretón que me hizo temblar.
—Estás rico —me dijo, mientras me desabrochaba la camisa con dedos seguros.
Yo no sabía qué decir. Solo le miré, con los ojos llorosos de emoción, y le ayudé a quitársela también. Sus pechos eran firmes, con pezones pequeños y oscuros, que se erizaron cuando sus dedos rozaron los míos.
Me quitó el pantalón y los calzoncillos juntos, con un movimiento fluido, y cuando quedé solo en ropa interior, me puso una mano en el pito, cubierto por el pañito de algodón.
—Estás duro —murmuró, y me apretó un poco, sin prisas.
—Sí… —susurré, con la cabeza atrás, contra la pared.
Me puso de rodillas frente a él, y mientras lo hacía, él se desabrochó el pantalón y sacó su pene, que ya estaba medio duro, grande, con la cabeza rosada y un vello suave en la base. Yo lo miré, con curiosidad, con deseo, y entonces me acerqué y le lamí el glande, con la lengua suave, como si probara un dulce.
Adrián soltó un grito ahogado, se agarró de mis cabellos, pero sin fuerza. —Sí… así… —y me empujó hacia su pene, que ya me esperaba.
Lo metí todo, poco a poco, con cuidado, porque aunque no era mi primera vez, con hombres sí lo era, y quería hacerlo bien. Su pene era grueso, caliente, y al sentirlo dentro, sentí que el mundo se detenía. Él me sujetó de las caderas, y empezamos a movernos juntos, lento, como si no hubiera prisa.
—Tú eres… rico, Mateo… —me decía, con la voz rota—. Tú eres rico…
Y yo le decía cosas sin sentido, como que lo amaba ya, que nunca había sentido algo así, que quería quedarme así para siempre.
Nos cambiamos de posición, y esta vez fui yo quien lo montó, con él recostado en la cama, las piernas abiertas, las manos en mis caderas. Me sentí dueño de algo hermoso, de una confianza que no sabía que tenía. Lo mordí en el hombro, le lamí el cuello, y cuando me pidió que le tocara el pito mientras lo hacía, lo hice con una seguridad que me sorprendió.
—Sí… así… más fuerte… —me decía, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Y entonces se corrió, con un gemido que era puro placer, y yo lo sentí pulsar dentro de mí, caliente, fuerte. Me dejé llevar, y poco después me corrí yo también, con las uñas clavadas en sus muslos, con sus ojos clavados en los míos, y supe que nunca olvidaría ese momento: no por el sexo, sino por la ternura que había en cada gesto, en cada palabra, en el modo en que él me miraba como si yo fuera su hogar.
Después, nos quedamos abrazados en la cama, con la ropa tirada por el suelo y la música de la fiesta lejana, como un eco de otro mundo. Él me besó la frente, me acarició el pelo, y me dijo:
—Hoy no fue una casualidad.
—No —le respondí, apretándolo—. No lo fue.
Y aunque no supe qué pasaría después, en ese momento, con su pecho contra mi espalda y su respiración en mi cuello, supe que algo había cambiado: yo ya no era el mismo chico que había entrado a la fiesta con miedo a la oscuridad. Era alguien que había encontrado, en los brazos de otro hombre, la forma más dulce de sentirse vivo.
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.