Lo que pasó en la fiesta de mi hermana

Lo que pasó en la fiesta de mi hermana

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (34) · 53 lecturas · 4 min de lectura

La música latía como un corazón acelerado entre los altavoces del patio trasero, y yo me apoyaba en el borde de la mesa de madera, con el vaso de tequila en la mano, mirando cómo las luces de neón reflejaban en los rostros que giraban al ritmo del cumbia. Mi hermana había insistido en que fuera el encargado de traer las bebidas, y yo, con mi habitual torpeza para negarle cosas a la familia, había caído en la trampa. Pero no contaba con ella.

Lupita.

La prima hermana de mi hermana, la que siempre andaba entre sombras y sonrisas, la que en las reuniones familiares se mantenía al fondo, con esa mirada que parecía saber más de lo que decía. Hoy no estaba entre las sombras. Hoy lucía un vestido negro ajustado, con una renda en la espalda baja que dejaba entrever la curva de sus riñones, y los cabellos recogidos en un moño deshecho, como si acabara de salir de una lluvia intensa o de una cama aún caliente.

—¿Qué miras, primo? —me dijo, acercándose sin hacer ruido. Su voz era un hilo de humo, bajo y cálido, con ese acento mexicano que suena a calle y a café recién pasado.

Me dio un pequeño codazo en el brazo, y el vaso se tambaleó. No lo dejé caer. Pero sí lo apoyé con cuidado en la mesa, mientras ella se servía un chupito de tequila sin pedir permiso. Me gustaba cómo se lo tomaba: de un trago, con la cabeza ligeramente inclinada, la garganta moviéndose, los ojos cerrados por un segundo como si saboreara el momento más que el licor.

—¿No me invitas a algo más fuerte que eso? —susurró, acercándose más. El perfume de jazmín y vainilla me envolvió como una red suave.

—Tú sabes que no me gusta ver a nadie beber sola —respondí, aunque sabía que no era eso lo que quería decir.

Ella sonrió, esa sonrisa que siempre me hacía sentir culpable y desearlo igual.

—Pues hoy, primo, no pienso beber sola.

Nos alejamos de la fiesta, entre risas y gritos, hasta el jardín trasero, donde el olor a tierra mojada y a lavanda del jazmín se mezclaba con el calor de su cuerpo. Me giré hacia ella bajo la luz tenue de las guirnaldas, y por primera vez en años —desde que era niño y ella ya era adolescente—, la vi como una mujer. Real. Completa. Peligrosa.

—¿Recuerdas cuando teníamos doce años y jugamos al escondite en este mismo jardín? —me preguntó, con los dedos ya rozando mi pecho.

—Claro que recuerdo —dije—. Tú te escondiste en el cobertizo y me dejaste esperando una hora.

—Y tú —me acercó la mano al cuello, lenta— me encontraste. Me agarraste de la muñeca, me dijiste que sabías que estaba ahí… y yo… yo no quería que me encontraras.

—¿Por qué?

—Porque sabía que si me encontrabas, ya no sería solo tu prima.

Y entonces, sin más, me besó.

Fue como si el mundo se detuviera: la música se volvió lejana, los gritos se desvanecieron, y todo lo que existía era su boca, su lengua, el sabor a tequila y vainilla. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando suavemente, pidiendo más. Yo la tomé de las caderas, sentí las curvas de su cuerpo contra mí, el calor que emanaba como si llevara dentro un horno antiguo.

—Te quiero así, así como estás ahora —murmuré entre besos—. Con ese vestido, con esa mirada… y conmigo.

Ella asintió, sin soltarme, y me llevó por el sendero de piedras, hasta la hamaca vieja que colgaba del árbol de mango. No dijimos nada más. Solo nos desnudamos con lentitud, como si cada prenda fuera un capítulo que no queríamos saltar.

Cuando por fin me quitó el pantalón y me tomó la verga en la mano, con ese agarre firme, suave, familiar, sus ojos se encontraron con los míos.

—¿Te duele si te muerdo un poco? —preguntó, jugando con la punta de mi pene.

—Sólo si me dejas después —le respondí, y la tiré sobre la hamaca.

La cogí despacio al principio, como si temiera romper algo. Pero ella me pidió más, me pidió que la chingara como hacía años que no me lo pedía nadie. Así que le agarré las nalgas, le elevé las caderas y la clavé hasta el fondo, con un gemido que le salió de lo más hondo.

Y ahí, bajo la luna, con el viento moviendo las hojas del mango y su cuerpo temblando bajo el mío, supe que nada volvería a ser igual.

Ni siquiera cuando el orgasmo nos tomó juntos, cuando ella gritó mi nombre como una plegaria y yo sentí que me derrumbaba dentro de su culo apretado, suave y caliente.

Ni cuando, al final, nos quedamos abrazados, sudados y silenciosos, escuchando cómo la fiesta seguía vibrando al fondo, como un recuerdo lejano.

Ella se giró hacia mí, me besó la frente, y dijo: —Mañana no hablamos de esto.

—Claro —respondí—. Mañana no hablamos. Hoy solo vivimos esto.

Y así fue.

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