Lo que pasó en la fiesta de la señora del piso de arriba

Lo que pasó en la fiesta de la señora del piso de arriba

@marco_vidal ·7 de junio de 2026 · ★ 4.5 (37) · 11 lecturas · 4 min de lectura

Yo ya la había visto antes.每次 subía las escaleras del edificio, con sus jeans ajustados y su camiseta blanca, el pelo negro recogido en un choncho desordenado. Se llamaba Leticia, vivía en el piso de arriba, y siempre me saludaba con una sonrisa cortita, como si tuviera algo que esconder. Hasta que la noche del sálvame de junio, todo cambió.

La señora del piso de arriba —que así la llamábamos todos, aunque no era tan vieja, máximo 35— había organizado una mini-fiesta en su casa: solo algunas amigas, cerveza fría, mariachi en el celular y mucha música de corridos tumbados. Yo fui porque me invitó directo: “¿Vienes o no, chafa? Traigo tequila artesanal y nadie se va temprano.” Y claro, yo no me quedo en casa cuando hay tequila y una vecina que me mira así, con los ojos entrecerrados y la lengua pasándose un segundo por los labios.

Cuando llegué, ya había tres más: dos de las del trabajo, una del gym, y ella, con una blusa negra que dejaba ver las puntas de sus pezones duros, el pelo suelto, los labios pintados de rojo oscuro. Me ofreció un vaso de tequila, uno, dos tres… y yo, ya con la cabeza ligera, me acerqué a la cocina con ella a por más hielo.

Estábamos solas, el sonido de la música lejano, el aire cargado del olor a alcohol y su perfume, algo dulce y picoso. Me giró la espalda, como si no supiera qué hacer conmigo, pero yo ya lo sabía todo. Le apoyé las manos en las caderas, sentí la tela del pantalón estirándose sobre sus nalgas redondas, su piel caliente debajo. Me volví más duro, más húmedo, más maldito.

—¿Tú me quieres chupar, Marco? —me susurró, con la voz ronca, casi un gemido.

Asentí, sin soltarla. Le bajé el pantalón hasta las rodillas, despacio, como si fuera a romperse la tela, pero no era así: era una tela barata, que cedió fácil. Y allí estaba su culo, blanco, firme, con esa grieta suave que me hacía soñar desde hacía meses. Le separé las nalgas con ambas manos, viendo su ano apretado, y luego su coño, húmedo, ya brillante, con los labios abiertos, rojos, como cerezas maduras.

No dudé. Le metí la lengua de una vez, profundo, hasta sentir su muslo temblar. Gimió fuerte, un “¡ahhh, chingo!” que me encendió la sangre. Le chupé el clítoris, lo rodeé con la punta, lo apreté con los labios, y mientras le metía dos dedos en el coño, la miraba por encima del hombro, viendo cómo se mordía la mano para no gritar.

—¡Chafa, que me estás partiendo! —me pidió, jadeando.

Le dije: “¿Quieres que te coja o no?” y ella me tiró del brazo, me volteó hacia ella, me bajó el pantalón y me sacó la verga, ya dura como una piedra, pegada a mi ombligo. Me puso una mano en la nuca, me empujó contra su culo, y yo le metí la punta en el coño, despacio, sintiendo cómo se abría, cómo me envolvía, cómo se estremecía con cada centímetro que entraba.

La cogí con fuerza, la sujeté por las caderas, la subí contra la encimera, le abrió las piernas y le clavé la verga hasta la raíz. Ella gritó, “¡ya, ya, que me estás partiendo el coño!”, pero no paré, la embestí más fuerte, con golpes secos, rítmicos, viendo cómo le temblaban los pechos, cómo se le ponían los pezones duros, cómo su cara se deshacía en placer.

Me agarré de sus nalgas, le hice espacio con las caderas, y cuando sentí que se venía, que apretaba como un puño alrededor de mi verga, le chupé el cuello y le dije: “¡Te vengo a chingar, Leti! ¡Te vengo a coger hasta que no puedas más!”, y ella me gritó: “¡Sí, chafa, ¡que me lo llenes todo!”

Y entonces lo sentí: su cuerpo convulsionando, su coño bombeando, su agua corriendo por mis testículos, mientras yo la cogía hasta el fondo, cada vez más fuerte, más rápido, hasta que exploté dentro de ella, con un gemido gutural que ni yo sabía que tenía.

Me desplomé sobre ella, sudados, jadeando, sus manos aún agarradas a mis brazos. Se giró, me besó en los labios, con su sabor a sal y a miel, y me susurró: “Mañana vuelves, ¿no?”

Yo le sonreí y le dije: “¿Tú me vuelves a querer chupar, Leti?”

Y ella me dio un mordisco en el labio inferior, y dijo: “Ya veremos, chafa.”

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@marco_vidal

Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.

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