Lo que pasó en la fiesta de la colonia
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La fiesta de la colonia San Ángel ese año fue un caos de luces parpadeantes, música mariachi a todo volumen y el olor a churros quemados mezclándose con el humo del cigarro que fumaba Martín en la azotea. Lucía se asomó por la escalera de hierro, con su vestido de gasa color vino oscuro que le pegaba a las curvas como una segunda piel. Tenía treinta y cuatro años, una sonrisa que nunca alcanzaba los ojos, y una tensión que llevaba arrastrando desde que había visto a Martín entrar hacía dos horas —el mismo Martín que había sido su vecino de apartamento hasta hace seis meses, cuando ella se mudó al edificio de al lado.
—¿Qué haces aquí arriba, luciendo como para matar? —dijo él, sin voltear, la espalda tiesa, los hombros anchos bajo la camisa blanca desabotonada hasta el pecho.
Lucía se acercó, los tacones de aguja crujieron suavemente sobre el concreto. El viento le levantó una mecha del cabello oscuro, lo suficiente para que él sintiera el perfume: jazmín y canela, algo dulce, algo picante, como ella.
—Te vi mirarme desde la cocina. No disimulaste ni un poco.
—¿Y qué quieres que diga? —se giró entonces, con los ojos oscuros, la barba bien recortada, la voz ronca como si hubiera estado bebiendo mucho ron—. Si cada vez que cruzamos la calle, siento que el tiempo se detiene… como cuando teníamos ese apartamento, y te escuchaba llorar por la noche sin saber si era por tu ex o por mí.
Lucía tragó saliva. Recordaba aquellas noches: los besos en el pasillo, con la luz del baño titilando, las manos que se esquivaban y se encontraban igual, la primera vez que se dieron con ropa puesta, ella sentada en el borde de la cocina, él agachado, mordiéndole el labio inferior mientras le quitaba los pantalones con una lentitud que dolía.
—No llores —le dijo él, entonces, sin pedir permiso, con el pulgar rozándole la mejilla—. Hoy no.
Ella no respondió. Sólo puso la mano sobre su pecho, sintiendo cómo el corazón le latía rápido, acelerado como si hubiera corrido desde la planta baja. Él la tomó por la muñeca, suave, pero firme, y la jaló hacia él. Sus pechos se aplastaron contra el musculo de su torso, y ella sintió el calor que emanaba de su cuerpo, como si llevara el sol encima.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba que te tocara ahí? —preguntó él, bajando la voz, casi un susurro, y con la otra mano rozó el borde del vestido, deslizándolo hacia arriba, hasta el muslo—. Que te gustaba que te lo hiciera sentir, no que lo hiciera entrar. Sólo que lo sintieras… como una promesa.
Lucía cerró los ojos. El viento le subió la gasa hasta la ingle, y su mano tembló cuando él la tomó y la puso sobre su entrepierna. Sentó la verga, dura y grande, empujando contra el pantalón, contra el delgado tapete de gasa que apenas contenía su calor. Se apretó contra él, moviendo las caderas con una lentitud que los hacía jadeantes a ambos.
—Me fui porque no quería que esto se convirtiera en un hábito —dijo entre dientes—. Porque cada vez que te tocaba, quería más. Y tú… tú me decías que te quedara.
—Y me quedaría. Siempre.
Él la levantó sin esfuerzo, como si pesara poco, y la sentó en el borde de la mesa de concreto que sobresalía de la azotea. La gasa se le subió más, dejando al descubierto las bragas de encaje negro, humedecidas ya. Él se arrodilló frente a ella, y con los dedos, le separó los labios, acariciando su clítoris con una suavidad que la hizo temblar.
—¿Y ahora? —susurró—. ¿Ahora qué vas a decirme?
Lucía se mordió el labio, los ojos cerrados, las manos aferradas al borde de la mesa. Sentía el aire fresco en la piel, el calor de sus dedos, el latido de su propia sangre en los oídos.
—Que no me importa si te vas después —dijo—. Que hoy quiero sentirte dentro, que hoy quiero que me cogas como si no hubiera mañana.
Él se levantó entonces, desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Se sacó la verga, tiesa y gruesa, con la punta húmeda, brillante. Se acercó, le separó las nalgas con las manos, y con la punta de la verga rozó su entrada, lentamente, como si estuviera midiendo el tiempo.
—Dime si duele —le dijo.
—No me hables —respondió ella, girando la cabeza, con la respiración entrecortada—. Solo mete la verga, Martín. Que ya la he esperado tanto.
Él la empujó adentro con una sola sacudida, profunda, hasta la raíz. Lucía soltó un grito ahogado, los ojos se le abrieron como platos, las uñas le raspaban el concreto. Él se quedó quieto, la frente pegada a su espalda, respirando fuerte, sintiendo cómo su vagina lo apretaba, cálida y húmeda, como si lo estuviera chupando con suavidad.
—Mierda… —dijo él—. Me tienes loco.
Ella no respondió. Sólo movió las caderas, arqueándose hacia atrás, buscando más. Él empezó a moverse, lento al principio, como si tuviera miedo de romperla, pero luego con más fuerza, con más ganas, cada embestida lo hacía sentir como si estuviera entrando a un lugar que nunca debió salirse.
—Sí, así —murmuró ella, con la voz rota—. Más fuerte… que ya no me importa quién nos vea, quién nos escuche, quién se entere. Que hoy soy tuya. Que hoy solo existo para ti.
Él le agarró una nalgada, la apretó con fuerza, y le clavó la verga más hondo, hasta tocar su fondo. Ella gritó, esta vez con la boca abierta, con los ojos cerrados, con todo el cuerpo ardiendo.
—Te quiero —dijo él, entre jadeos—. Te he querido desde que te fuiste. No fue un adiós, fue un hasta luego. Y hoy… hoy es el después.
Lucía se dejó caer hacia atrás, contra su pecho, con las piernas aún abiertas, con la verga dentro, con las bragas deshechas en sus muslos. Él la abrazó, la besó en el cuello, le mordió la oreja, y le susurró al oído:
—¿Te acuerdas de cómo solíamos quedar después de hacerlo? En la cama, sin ropa, abrazados, como si el mundo se hubiera detenido?
—Sí —dijo ella, con los ojos húmedos—. Pero hoy no nos vamos a quedar. Hoy me vas a hacer otra vez. Y luego, si quieres, te muevo a tu apartamento. Pero esta vez… no te vas.
Él sonrió, y la besó por primera vez, con calma, con lentitud, con sabor a sal y a promesa.
—Prometido.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.