Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi cuñada
7 minLo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi cuñada
La verdad es que nunca pensé que me iba a acostar con un hombre que apenas si conocía —menos aún con uno que era amigo de mi esposo—, pero la noche del 28 de mayo, cuando las luces del salón de la fiesta de mi cuñada empezaron a bailar con la música de Juanes, y yo me sentí más libre que nunca, todo cambió.
Mi esposo, Daniel, estaba en el centro del salón, riéndose con Carlos, su socio y mejor amigo desde la universidad. Carlos, ese hombre de 38 años, pecho ancho, mirada de gato, y una risa que te metía el frío por la espalda… era el tipo de hombre que te hacía sentir pequeña, pero no por su altura, sino por la intensidad con la que te miraba. Yo lo había visto siempre como “el amigo de Daniel”, un tipo que usaba camisas bien planchadas, que hablaba de inversiones y de viajes a Miami, y que nunca, jamás, me había mirado como para que eso me llamara la atención. Hasta esa noche.
La fiesta iba de fiesta: música alta, gaseosa con ron casero (¡qué rica la hacía mi cuñada!), y una pista de baile que se llenó antes de las once. Yo llevaba un vestido negro ceñido, de tirantes finos, que dejaba ver un poco la espalda y el escote profundo. No lo elegí con mala intención —de verdad—, solo quería sentirme bien, porque había estado un mes entero con ganas de que Daniel me pidiera permiso para salir a cenar, y no lo hizo. Me sentía invisible, como si solo existiera como “la esposa de Daniel”, como si mi cuerpo hubiera dejado de existir desde que tuvimos a Lucía, hace tres años.
Carlos se acercó a mí cuando la canción cambió a una más lenta, más pegada al cuerpo. Yo estaba apoyada en el bar, tomando un trago de ron con limón, y él se paró a mi lado, con una sonrisa que no llegó a los ojos.
—¿No te cansa tanto agite? —me preguntó, con esa voz grave que parecía salir de su pecho y no de su garganta.
—Nah, qué va —respondí, sonriendo—. Aquí me quedo hasta que me echen.
Él asintió, tomó su cerveza, y me miró fijo. No como cuando alguien mira a la esposa de un amigo por puro cortesía, sino como si me estuviera desvestiendo con la mirada, paso a paso, sin prisa, como quien se toma un café en silencio.
—¿Te gusta este tipo de música? —preguntó, señalando con la cabeza hacia la pista.
—Me gusta todo lo que suena así: lento, con ritmo, y que te dé ganas de mover la cadera sin pensar.
—Entonces… —hizo una pausa dramática, como si estuviera pidiendo una mano de mano— ¿te animas a un baile de adulto?
Me reí, pero por dentro me temblaron las rodillas.
—¿Un baile de adulto? ¿Y eso cómo es?
—No te preocupes. No te voy a morder. Menos con Daniel tan cerca —dijo, guiñando un ojo.
Y sin esperar respuesta, me tomó de la mano y me llevó a un rincón oscuro, detrás de un jardín vertical que nadie usaba. Allí, la música se oía como si viniera de otro mundo, y el aire tenía un olor a humedad, a tierra mojada, y a algo más… algo que no pude nombrar, pero que me puso la piel de gallina.
Me giré hacia él, con el corazón en la boca, y él se acercó tanto que sentí el calor de su pecho antes incluso de tocarlo.
—¿Estás segura? —me preguntó, voz baja, casi un susurro.
—Sí —le dije, y fue la primera mentira que le di esa noche. Porque no estaba segura. Estaba *ansiosa*.
Él me tomó la cintura con una mano, y con la otra me levantó el mentón. No fue brusco, ni precipitado. Fue lento, deliberado, como si ya lo hubiera soñado mil veces.
—Estás hermosa, Valeria —dijo, y me besó.
No fue un beso de saludo, ni de cortesía. Fue un beso húmedo, profundo, con lengua y con sed. Me abrió los labios como si tuviera permiso para entrar, y yo se lo di. Sentí su sabor a cerveza y menta, y me temblaron las piernas. Él apretó un poco más, como si no quisiera soltarme, como si supiera que eso era peligroso, pero que le daba igual.
Me separó un poco para mirarme a los ojos.
—¿Quieres ir a un lugar más privado? —susurró.
Asentí. No con palabras, sino con la mirada. Con la mano que se aferró a su camisa.
Subimos al carro de Daniel, que estaba estacionado al frente, porque Carlos dijo que su casa estaba más cerca y no quería “arriesgarse a que alguien nos vea en el ascensor de la casa de mi cuñada”. Me reí, pero él no rio. Me tomó de la muñeca y me abrió la puerta del copiloto.
—¿Te importa si uso el asiento trasero? —preguntó, mientras yo me sentaba.
—Como quieras —le dije, con la boca seca.
Él fue rápido: cerró las puertas, bajó las ventanas un poco para el aire, y se sentó detrás de mí, con las manos en mis muslos. Me levantó el vestido con cuidado, sin romper el ritmo, sin perderme de vista.
—¿Te gusta que te toque aquí? —preguntó, y me pasó la mano por encima del calcetín hasta la parte alta del muslo.
—Sí —respiré.
—¿Y si te muevo la mano un poco más arriba? —dijo, y su mano se deslizó hacia el interior del muslo, rozando el borde de mi slip.
No dije nada. Solo cerré los ojos y dejé que su mano entrara, que me separara la tela, que me tocara donde ya estaba mojada.
—Dios, Valeria… estás humedecida —murmuró, y me metió un dedo, lento, como si no quisiera asustarme.
Me arqueé. Un grito ahogado se me salió de la garganta.
—Carlos… no… aquí no… —dije, pero no fue una orden. Fue una súplica.
—No te preocupes —susurró, y me besó el cuello, mordiéndome un poco la piel, sin llegar a hacer daño—. Te voy a hacer sentir rico… muy rico.
Me volteé, lo tomé de la cara, y lo besé de nuevo, más fuerte, con más hambre. Él se desabrochó el pantalón, sacó su pito grande y duro, ya medio cubierto por la tela de sus calzoncillos. Lo sostuvo con una mano, me miró, y me pidió:
—Dime qué quieres que te haga.
—Quiero que me mames… quiero que me comas el culo… quiero que me tomes y no me sueltes —le dije, sin vergüenza, sin miedo, como si esa voz que ahora hablaba no fuera la mía.
Él se rió entre dientes, y me tiró la ropa interior para abajo, dejando mi culo al aire. Me puso una pierna doblada sobre su rodilla, y se inclinó.
Su boca fue un infierno y un cielo a la vez. Lamió mi clítoris con suavidad, después lo chupó con fuerza, y cuando me sentí a punto de explotar, me dio una vuelta, me levantó las piernas, y me empujó dentro de su pito sin protector.
—Carlos… —grité—. ¡Dime que me estás follando!
—Te estoy folliendo, Valeria —dijo, y empezó a empujar, lento, con la mirada clavada en la mía—. Te estoy folliendo como si no hubiera un mañana.
Y así fue. Cada embestida era una promesa rota, un secreto que se volvía real. Yo me aferraba a sus hombros, sentía su sudor, su olor a hombre, y el sonido de su respiración entrecortada. Me hizo venir dos veces: una con la boca, y otra con el pito dentro, metido hasta la raíz, empujando fuerte, como si quisiera dejar algo dentro de mí que no pudiera borrar.
Cuando terminó, se sacó, y se limpió con la camisa. Me miró con una sonrisa de perverso satisfecho, y me dijo:
—Eres una bomba, Valeria. Una bomba reloj.
No dije nada. Solo me levanté, me bajé el slip, y me arreglé el vestido. Él me ayudó a sentarme de nuevo, me pasó una servilleta, y me besó la frente.
—¿Regresamos? —preguntó.
—Sí —le respondí.
Y regresamos. Como si nada hubiera pasado. Como si yo seguía siendo la esposa de Daniel, y él seguía siendo el amigo de Daniel. Pero cuando me senté en la pista de baile, con una mano en mi pecho y la otra en mi rodilla, sentí algo distinto.
No era culpa. Era poder.
Era libertad.
Y fue la primera vez, en
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