Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de Lili

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de Lili

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (22) · 60 lecturas · 7 min de lectura

La casa de Lili temblaba con la música, no de fuerte sino de intensa: cumbia villera, reggaetón bien bajo, y ese *bailongo* que se mete por los pies y sube hasta la nuca. Marco estaba apoyado contra el balcón, medio oculto por la sombra del piso de arriba, con una cerveza que ya no tenía espuma pero que aún le daba el pretexto de tener algo en la mano. Tenía los ojos puestos en Yolanda.

Ella estaba en el centro del salón, entre dos sillas volcadas y una mesa de plástico con vasos vacíos, bailando sola, pero no como quien se pone solo a moverse por vergüenza, sino como quien se deja llevar por el cuerpo que tiene, por la sangre que le late en las muñecas, por el calor que le sube del suelo. Llevaba una blusa negra medio desabotonada, un short de mezclilla muy corto, y los pies descalzos, con las uñas pintadas de rojo sangre.

—¿Viste cómo le sabe a la música esa muchacha? —le dijo a un vecino que pasó por ahí, pero sin quitarle los ojos de encima a Yolanda.

—Sí, sí, es rica pa’ un bautizo —respondió el otro, con una sonrisa de pito tieso—. Pero oye, ¿no te la llevaste ya?

—No, no la he tocado. Solo la he mirado. Y eso, a veces, es más peligroso que tocar.

Marco se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Tenía treinta y siete años, barba de dos días, camiseta blanca pegada al pecho y el alma un poco cansada, como si hubiera estado corriendo sin llegar a ninguna parte. Pero Yolanda lo hacía sentir joven, como cuando se levantaba temprano en la universidad, con ganas de todo, sin miedo a que lo fuera.

Ella giró, y por un momento sus ojos se encontraron. Marco no apartó la vista. Yolanda sí sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos primero, como si le dijera: *ya te vi, papi*.

La música cambió: una balada triste de Juanes, de esas que se escuchan cuando ya no quieres bailar, pero sí sentir. Yolanda se detuvo, se secó el sudor del cuello con una servilleta arrugada, y se dirigió al baño, entre risas y empujones de gente que también quería beber agua. Marco la siguió. No con prisa, pero tampoco con lentitud. Como quien camina hacia un incendio controlado, sabiendo que va a salir quemado, pero que la llama lo mantiene despierto.

El pasillo era estrecho, con luces bajas y paredes decoradas con fotos de Lili en distintas etapas: niña con peluca, adolescente con moña, mujer con un traje de baño que le apretaba el culo como guante. Marco entró primero, se apoyó en el lavamanos, y esperó.

Yolanda entró un segundo después, cerró la puerta con un *clic* suave, y se lavó las manos. Se miró en el espejo, se ajustó un poco la blusa, se lamió los labios con la punta de la lengua. Marco no dijo nada. Solo la miraba. Ella se dio vuelta.

—¿Tú eres Marco, no? —preguntó, con una voz que era humo y miel.

—Sí, la hermana de Lili me dijo que te llamabas Yolanda. Que eras de Medellín, pero que te criaste en La Candelaria.

Ella se encogió de hombros, se secó las manos en el muslo.

—Pues ahora vivo en Bogotá, pero sigo siendo paisa de corazón. Y tú, ¿dónde andas metido?

—En una oficina, con computadora y café que sabe a goma quemada. Pero hoy salí temprano. Hoy era tu día.

—¿Mi día?

—El de Lili. Pero tú haces que cualquier día parezca fiesta.

Yolanda se acercó. No rápido, pero sin dudar. Se detuvo a un palmo de él, lo suficiente para que él sintiera el calor de su piel, el perfume de vainilla y tabaco. Marco tragó saliva.

—¿Y qué haces cuando no estás en esa oficina tan aburrida?

—Pienso en cosas. En ti, por ejemplo. En cómo debe sentirse tu boca cuando te besas. En cómo se mueve tu culo cuando caminas. En cómo hueles cuando sudas.

Ella se rió, baja, casi un susurro.

—Eres directo, ¿sabes?

—No es directo, es necesario. Cuando algo te gusta, no se le pone excusa. Se le dice: *me gusta*.

Yolanda alzó la mano, le acarició la barba con el pulgar. Marco cerró los ojos. Sintió el roce, el peso de su dedo, el calor que le subía por la yema.

—¿Y si te digo que también pienso en ti?

—¿Cómo piensas en mí?

—Pues… en cómo me miras. En cómo me tocas con los ojos. En cómo me quieres.

—Te quiero. Te quiero como se quiere algo que ya se ha perdido, pero que de pronto aparece en la esquina, con un short corto y los pies descalzos.

Ella se acercó más. Su pecho rozó el de él. Marco sintió el bulto de su pezón a través de la tela.

—¿Y si te digo que también me pongo dura cuando te veo bailar?

—¿De veras?

—Te lo juro por la Virgen de Chiquinquirá.

Yolanda le tomó la mano y se la puso sobre el culo. Marco no se movió. Sólo apretó un poco los dedos. Ella jadeó, leve, como un suspiro que se le escapó de la garganta.

—¿Te gustó?

—Me gustó mucho. Me gustó que lo hicieras. Me gustó que lo hicieras conmigo.

—Pues… ¿te gustaría hacerlo más?

—¿Aquí?

—No necesariamente. Pero si tú quieres, podemos ir a un cuarto.

—¿Hay cuartos disponibles?

—Sí. El de Lili está libre. Su novio no se quedó.

—Pues vamos.

Yolanda le agarró la mano y lo tiró del pasillo, como si fuera un niño que va a la escuela y su madre lo lleva de la mano. Pero no era una mano de autoridad, era una mano de deseo. De apetito. De *quiero*.

El cuarto olía a sábanas limpias, perfume de lavanda y algo más, algo que Marco no supo nombrar pero que le recordó a fuego lento. Yolanda cerró la puerta, se volteó, y se quitó la blusa lentamente. No con teatro, sino con intención. Cada movimiento era un verso, cada gesto una metáfora.

Marco se quitó la camiseta. Ella le tocó el pecho con la palma, le rozó el ombligo con el dedo, y luego bajó la mano entre los pantalones, sin abrírselos aún.

—Estás grande —dijo, con los ojos cerrados—. Como un pito de verdad.

—Es que te veo y me sale natural.

Ella se arrodilló. Marco se apoyó en la cama. Yolanda le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con cuidado, como si descorriera una cortina de teatro. Sacó su pito, ya tieso, con la punta brillante por el preseminal.

—Eres rico —susurró—. Pero no por tamaño. Por cómo hueles. Por cómo sudas. Por cómo me miras.

Le lamió el glande, lento, dejando que el sabor le recorriera la lengua. Marco se arqueó, apretó los puños, contuvo el grito.

—No te contengas —dijo Yolanda—. Aquí no hay nadie que te juzgue. Solo yo. Y yo te quiero escuchar.

Marco soltó el aire. El cuerpo le tembló. Ella lo tomó con ambas manos, lo hundió en su boca hasta la raíz, y lo mamió con una pausa entre cada succión, como si estuviera leyendo un poema.

Marco le pasó los dedos por el pelo, le acarició la nuca, le susurró *sí, sí, así*, como si le estuviera dando las instrucciones para un baile.

Ella se levantó, se quitó el short, y se puso sobre él. Marco la miró: su culo redondo, su vientre plano, su pecho que subía y bajaba con la respiración. Ella se sentó sobre su pito, despacio, dejándolo entrar por dentro, paso a paso, como si estuviera subiendo una escalera.

—Mierda… —dijo Marco.

—Cállate y date —respondió ella.

Yolanda empezó a subir y bajar, con el cuerpo inclinado hacia atrás, las manos en el colchón, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Marco le agarró las caderas, la empujó contra su pito, sintió su interior apretado, cálido, como un puño que lo quería retener.

—¿Te gusta así? —le preguntó ella.

—Me gusta todo de ti.

—¿Incluso esto?

Ella se volvió hacia él, lo besó

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