Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la cuñada

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la cuñada

@renata_sol ·12 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (15) · 10 lecturas · 4 min de lectura

Camilo tenía treinta y pico, pana en la cama pero con el celular lleno de fotos de su esposa con otras mujeres en las redes, y un aguacate en la nevera que llevaba tres días esperando su turno. Esa noche, la cuñada de su esposa, Renata —una piba de treinta y tantos, pelo negro como carbón, cintura fina y tetas que parecían hechas a mano— lo miró desde el bar con esa mirada que solo saben las mujeres que ya decidieron que algo va a pasar.

La fiesta era en casa de la cuñada, en un apartamento en El Poblado, lujoso pero con música de reggaetón a todo volumen y una pista de baile que nunca se vaciaba del todo. Camilo iba con camisa abierta hasta el ombligo, un poco de crema de aguacate en la cara (porque sí), y ganas de hacer algo que no fuera contar los gramos de proteína que había comido ese día. Renata, con un vestido rojo que le subía hasta la mitad del muslo y un collar de cuentas grandes que le rozaba los pezones, se acercó con una copa de mojito en la mano.

—¿Tú eres el maridito de la de las fotos de yoga? —le preguntó, y se rio, no con mala onda, sino como quien descubre algo que le gusta.

—Sí, esa soy yo —dijo Camilo, sin bajar los ojos del culo que le marcaba la tela del vestido mientras caminaba.

Renata se paró a su lado, cerca, con el olor a vainilla y sudor dulce pegándosele a la piel. Le pasó la copa, y él la tomó sin pedirla otra vez. Ella sonrió, le dio un trago, y cuando el brillo del techo le cayó encima, se notó que tenía el labio inferior hinchado, como si lo hubiera mordido un rato atrás.

—¿Quieres ir al baño? —le dijo, casi al oído—. El de visitas. La puerta de la derecha. Te dejo la llave.

Camilo asintió, y antes de que ella se fuera, le pidió una cosa: que no le dijera nada a su esposa. Renata solo se encogió de hombros y le guiñó un ojo.

El baño era grande, con espejos de cuerpo entero y luces tenues. Camilo se miró: pelo despeinado, barba de tres días, camisa manchada de salsa. Se lavó las manos, se mojó la cara, y justo cuando iba a salir, escuchó el click de la llave. Renata entró, cerró, y se volvió hacia él sin decir nada. Se quitó el vestido como si fuera una hoja de papel, dejando al descubierto un sujetador rojo con encaje, un tanga que apenas cubría su culo, y una curva de muslos que parecía hecha para encerrarle la cabeza entre ellos.

—¿Tú crees que ella sabe que estás aquí? —le preguntó Renata, acercándose.

—No me importa.

Ella se rió, le quitó la camisa, le desabrochó el pantalón y lo empujó contra el espejo. Con una mano le agarró el pito, ya medio duro, y lo movió suave, como si lo estuviera calentando. Él dejó que ella lo manejara, que le rozara los testículos con las uñas cortas, que le mordiera el cuello y le dijera cosas sucias en voz baja: “Qué pito tan rico”, “Mira qué tan mojado te quedaste”, “¿Quieres que te lo lama como a un postre?”.

Camilo no dijo nada, solo le agarró la cabeza y la empujó hacia abajo. Renata se arrodilló sin protestar, le sacó el pantalón, el calzoncillo, y cuando su pito salió, se lo chupó de golpe, hasta la raíz, con una succión fuerte, húmeda. Él gimió, le metió los dedos en el pelo, y la dejó hacer. Ella lo mamaba como si fuera su trabajo: lento, profundo, con movimientos de cadera que hacían que su culo se rozara contra sus muslos.

Cuando sintió que iba a explotar, la levantó, la giró y la puso de pie, agarrándole las caderas. Le bajó el tanga, le separó las nalgas, y se metió dos dedos mojados en la polla en su entrada, que ya estaba humedecida y caliente. Renata soltó un quejido agudo, y él, sin perder tiempo, se empujó dentro, un golpe seco, hasta la base, y empezó a sacudirla contra el lavabo, con golpes largos, duros, con el pito pegado a su clítoris cada vez que salía.

Renata se agarró del borde del lavabo, con la cara pegada al espejo, y él le metió la mano entre las piernas, le apretó el clítoris, y la dejó venir con un grito ahogado, los muslos temblando, la boca entreabierta.

Camilo, sin pausas, la empujó más fuerte, sintiendo cómo su pito latía dentro, cómo el cuerpo de Renata lo apretaba todo, y cuando él vino, lo hizo con un gruñido, la cara pegada a su cuello, el pito rebotando dentro de su vagina húmeda.

Se quedaron así un rato, sin hablar, solo respirando, con el agua del lavabo goteando y el sonido de la música de fondo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Renata, sin voltear.

—Ahora seguimos bailando —dijo Camilo, y la besó en la oreja—. Pero antes, otra vez. Porque esto no termina aquí.

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@renata_sol

Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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