Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La música bajaba en ondas espesas por las escaleras de la casa en El Poblado, envolviendo el jardín con un ritmo lento, casi seductor. Eran pasadas las dos de la mañana, y aunque la fiesta empezaba a desinflarse, algunas parejas aún bailaban en la terraza, risas sueltas, vasos medio vacíos, el aire caliente del verano antioqueño pegado a la piel como una caricia insistente. Valeria se había quitado los tacones hacía rato y los dejó olvidados en un rincón, junto al sillón donde su amiga Camila se recostó, con los ojos entrecerrados, el pelo negro cayéndole en ondas sueltas sobre el hombro.

—Ay, hijueputa, este trago me dejó la cabeza como una licuadora —dijo Camila, pasándose la mano por la frente con una risa perezosa.

Valeria se acercó, sentándose a su lado con movimientos lentos, como si no quisiera romper el momento. La miró con fijeza: los labios brillantes por el gloss, los pechos redondos tensando la blusa sin mangas, el escote que dejaba entrever el comienzo de la curva, morena clara, suave.

—Te vi bailando con esa pelada de pelo rojo… te miraba como si te fuera a comer —dijo Valeria, bajando la voz, casi un susurro.

Camila abrió los ojos, sonrió con picardía.

—¿Y qué? No me importa. A mí me gusta que me miren. Pero tú… tú me miras distinto.

—¿Y cómo te miro yo?

—Como si ya supieras cómo me sabe el culo —dijo Camila, echándose hacia atrás, dejando que la falda corta se subiera un poco más, justo hasta donde empezaba el encaje del tanga negro.

Valeria no respondió con palabras. Solo alargó la mano, despacio, y le acarició la rodilla, subiendo con la yema de los dedos por el muslo, lento, como si estuviera midiendo el terreno. Camila no se movió. Solo cerró los ojos otra vez, respirando profundo.

—Hace años que no me toca una mujer —dijo Valeria, sin dejar de subir.

—Entonces no pierdas el tiempo hablando —respondió Camila, abriendo las piernas apenas un poco más.

La mano de Valeria llegó al encaje, rozó el borde con cuidado, luego se deslizó debajo. Camila soltó un jadeo corto, como si no esperara que fuera tan directa. Pero no se apartó. Al contrario, empujó la cadera hacia adelante, ofreciéndose.

—Uff, qué rico… qué manos tan suaves tenés —murmuró.

Valeria le sonrió con osadía, se inclinó y le besó el cuello, mordisqueando la piel salada, bajando por el hombro, desabrochando con paciencia los botones de la blusa. Cuando llegó al sostén, lo apartó sin ceremonia, y tomó un pezón entre los labios. Camila echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido que se perdió entre el murmullo de la música.

—Ay, no… no pares… me tenés a mil —dijo, con la voz entrecortada.

Valeria chupó con fuerza, mordisqueó, luego cambió al otro, mientras con la otra mano seguía jugando bajo la tela del tanga, ahora ya húmeda. Separó el encaje y metió un dedo, despacio, hasta el fondo. Camila se estremeció.

—¿Te gusta así, negra? ¿Con calma o te gusta que te metan duro? —preguntó Valeria, con la voz oscura, ronca.

—Depende… si vos me das duro, yo te lo devuelvo —respondió Camila, abriendo los ojos, desafiante.

Valeria rio, bajó del sillón y se arrodilló frente a ella. Le quitó la falda con un solo movimiento, dejándola en ropa interior, los muslos brillando bajo la luz tenue del jardín. Luego, con las manos en las caderas, le bajó el tanga y se inclinó, oliendo su coño con avidez antes de meter la lengua.

—Ay, dios… qué lengua tan chimba tenés —gimió Camila, agarrándose de los cojines, arqueando la espalda.

Valeria no se detuvo. Lamía con círculos lentos, luego con rapidez, alternando el ritmo, mordiendo el clítoris con suavidad, luego con más fuerza. Camila empezó a jadear, a mover las caderas contra su boca, sin vergüenza, entregada.

—Sí… sí… no pares… voy a correrme… —dijo, con la voz quebrada.

Y cuando llegó el orgasmo, fue fuerte: un espasmo largo, un grito ahogado, las manos temblando. Valeria se apartó solo cuando sintió que ya no podía más, que el cuerpo de Camila se aflojaba.

—¿Y ahora quién me domina, eh? —dijo, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

Camila se incorporó, todavía con la respiración agitada, los ojos brillantes.

—Eso fue solo el comienzo, hijueputa —dijo, poniéndose de pie con una sonrisa peligrosa.

La tomó de la mano y la llevó al interior de la casa, subiendo las escaleras con sigilo, hasta la habitación de invitados. Cerró la puerta con llave, encendió la lámpara de noche, y empujó a Valeria sobre la cama.

—Ahora vos te callas y me dejas hacer —dijo, subiéndose encima, sentándose sobre su cara con un movimiento preciso.

Valeria abrió la boca y volvió a saborearla, esta vez con más hambre, con más ansias. Camila se mecía despacio, luego rápido, gimiendo, agarrándose los pechos, pellizcándose los pezones.

—Sí… sí… así… mmm, qué rico te siento… —decía, moviendo las caderas en círculos.

Luego, se bajó, le quitó la ropa con urgencia, le chupó los pechos, le mordió los muslos, le separó las piernas y empezó a lamerla con devoción. Valeria se retorcía, gritaba, le pedía más, le decía que no parara.

—¿Querés que te meta los dedos? —preguntó Camila, con la boca húmeda.

—Sí… meteme todo —respondió Valeria, con los ojos cerrados, la voz rota.

Camila sonrió, le metió dos dedos de un solo golpe, luego un tercero, moviéndolos con maestría, mientras con el pulgar le rozaba el clítoris. Valeria se corrió con un grito, agarrándose de las sábanas, temblando de pies a cabeza.

Cuando abrió los ojos, Camila estaba encima, mirándola con satisfacción.

—¿Y ahora? —preguntó Valeria, con la voz ronca.

—Ahora —dijo Camila, acercándose, besándola lento, profundo—, empezamos de nuevo.

Y la noche, negra y cálida, se las tragó sin piedad.

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