Lo que pasó en la fiesta de aniversario
7 minLo que pasó en la fiesta de aniversario
La puerta del garaje se cerró con un suspiro ahogado, y yo me quedé ahí, en el umbral, con la botella de tequila en la mano y el corazón acelerado por la mezcla de nervios y expectativa. La fiesta de aniversario de Carlos y Lorena no era exactamente lo que yo había planeado para este año —una celebración íntima, solo cinco personas, en su casa de las afueras, rodeada de pinos y silencio—, pero algo en la forma en que Lorena me había mirado al entrar, con esa sonrisa lenta y los ojos medio cerrados, me hizo pensar que tal vez sí estaba previsto.
Ella se llamaba Lorena, tenía cincuenta y dos años, cabello canoso recogido en un moño desordenado que se le soltaba con el calor, y una piel que había aprendido a brillar incluso sin juventud. Yo, Tomas, sesenta y uno, barba canosa, vientre suave pero firme, y manos que ya no temblaban tanto con el tiempo… aunque esa noche, sí.
Llevábamos una hora bebiendo vino tinto, reírnos de viejas anécdotas, y yo ya me había sentido cómodo. Pero entonces, alrededor de las once, cuando el sol se hundió tras los árboles y la luz se volvió dorada y espesa, ella se puso de pie, se sacudió el vestido de algodón gris que le quedaba flojo en la cintura pero marcaba la curva de sus caderas, y dijo: «Vamos al balcón. Hace más fresco allá».
Carlos y los otros seguían en el living, absortos en una discusión sobre fútbol, así que solo nos oímos caminar por el pasillo de madera, sus pasos casi sigilosos, los míos un poco más pesados. En el balcón, el aire era cálido, con el olor a tierra mojada y a pino recién cortado. Ella se sentó en una silla de tala, cruzó las piernas con naturalidad, y me ofreció un vaso de agua con hielo.
—¿No quieres algo más fuerte? —pregunté, con una voz que sonó más grave incluso para mí.
—Tal vez después —respondió, y me miró directo, sin huir—. Me gusta cómo se te ve hoy, Tomás. Más presente.
Me sonrojé. A mi edad, ya no esperaba que una mujer me mirara así, con deseo limpio, sin ironía ni lástima. No era la primera vez que me miraban, claro, pero era la primera vez que lo hacía *ella*, con esa mezcla de curiosidad y confianza que solo los años pueden dar.
Nos quedamos callados un rato, viendo cómo las primeras estrellas se asomaban entre los pinos. El silencio no era incómodo; era como un hilo tenso, que se estiraba con cada respiración que compartíamos.
—¿Te acuerdas de aquella vez, en la reunión del colegio, hace veinte años? —me preguntó de pronto, con una sonrisa cómplice.
Claro que recordaba. Había sido una noche de verano, en la terraza de la escuela, y yo —joven, inseguro, con el pelo oscuro y la cara llena de dudas— había intentado coquetear con ella. Ella me había escuchado, reído suavemente, y luego dicho: «Eres simpático, Tomás. Pero ahora no es el momento». Y se había ido. Nunca más habíamos cruzado palabras.
—Me quedé pensando en ti toda la noche —confesé, sin rodeos, porque algo en su mirada me hacía sentir que la verdad no asustaba.
Ella bajó la vista, se llevó el vaso a los labios, y cuando lo bajó, sus ojos estaban brillantes.
—Yo también. Pero no por lo que crees. Me llamó la atención cómo te sonrojaste al final. Como si hablar conmigo te hubiera sacado algo que no sabías que llevabas dentro.
No supe qué responder. Solo asentí, con la garganta seca.
Fue entonces cuando se levantó. No con urgencia, sino con intención. Se acercó hasta mí, lentamente, y puso su mano sobre mi muslo. No era una caricia, aún. Era una pregunta.
—¿Tienes miedo? —susurró.
—No de ti —respondí, y tomé su mano con la mía—. De no saber si esto es real.
Ella se inclinó, y su aliento rozó mi oreja.
—Es real.
El beso fue suave al principio, casi tímido, como si temiera que yo retrocediera. Pero yo no lo hice. Apoyé mis dedos en su nuca y la atraí más cerca. Su boca era cálida, sabía a vino y a algo más, a algo que no conocía, pero que quería aprender. Sus labios se abrieron un poco más, y yo respondí con la misma lentitud, probando, saboreando.
Se separó apenas, suficiente para mirarme otra vez.
—¿Quieres que sigamos? —preguntó, voz baja, firme.
—Sí —dije, sin dudar—. Sí, Lorena.
Ella me tomó de la mano y me condujo adentro, hacia el cuarto de visitas. No era un cuarto elegante; tenía una cama sencilla, una mesita con un velador, y una ventana abierta que dejaba entrar el aire fresco del exterior. Ella se detuvo en el centro, se quitó los zapatos con un gesto pausado, y se deslizó el vestido por los hombros. Quedó con una blusa blanca, holgada, y una falda larga de lino, pero ya no parecía una mujer que acababa de llegar a una fiesta. Parecía una mujer que había decidido soltarse.
Me acerqué, desabrochándole la blusa con lentitud, cada botón una pequeña promesa. Cuando la tela se abrió, dejó al descubierto un sujetador de encaje negro, sencillo pero perfecto. No hubo apuro. Solo la vista de su piel, de sus pechos redondeados, de los pezones oscuros y endurecidos por el calor y la expectativa.
—Tú también —dijo, con una sonrisa que me hizo sentir veinte años menos.
Le ayudé a quitarse el vestido, y luego me desabroché la camisa yo mismo. Ella me tocó el pecho con las palmas, luego con los dedos, dibujando círculos lentos que se volvían más intensos. Sus uñas rozaron mi piel, y un estremecimiento me recorrió desde la espalda hasta la entrepierna.
Me incliné y besé su cuello, luego la curva de su hombro, y finalmente, con cuidado, la punta de su pecho. Escuché un suspiro profundo, casi un gemido contenido. Ella me apretó contra sí, y yo sentí el calor de su cuerpo, la textura de su piel, la fuerza de su deseo.
Nos acostamos juntos, sin prisas. Ella se puso de lado, y yo la seguí, acariciándole la cadera, bajando por el interior de su muslo, hasta sentir la humedad de su ropa interior. Con la punta de los dedos, deslicé la tela lateral y encontré su centro, ya húmedo, ya listo.
—Dime si algo no te gusta —susurré.
—No me gustaría que te detuvieras —respondió, y arqueó la espalda, empujando su cuerpo hacia mi mano.
La toqué con suavidad, explorando su clítoris hinchado, luego los labios que se abrían al contacto. Gimió, baja, gutural, y me atrajo hacia ella. Entonces, apartó la ropa interior por completo y me puso su mano sobre su sexo.
—Ahora tú —dijo.
Me desabroché el pantalón, bajé la cremallera, y saqué mi polla, ya dura, pesada, con la punta brillante por la anticipación. Ella me miró, no con vergüenza, sino con interés, como si estudiara una parte nueva de mí.
—Me gusta —dijo, y pasó los dedos por mi glande, limpiando la humedad que ya había comenzado a formarse—. Tiene peso. Autoridad.
La sonrisa me llegó sola. Me sentí, por primera vez en años, deseable.
Me coloqué sobre ella, entre sus piernas abiertas. Ella me rodeó la cintura con los brazos, y cuando la punta de mi polla rozó su entrada, me detuve, buscando su mirada.
—¿Estás lista? —pregunté, voz ronca.
—Sí —respondió—. Toma mi cuerpo, Tomás. Es tuyo esta noche.
Y entonces entré. Lento, cuidadoso, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a mí, cómo se abría con naturalidad, cómo me aceptaba. Su respiración se volvió agitada, pero no se quejó. Solo me miró, con los ojos cerrados, y dijo:
—Sí… así… más.
Empecé a moverme. No con fuerza, sino con profundidad, dejando que cada empuje fuera una promesa, un recuerdo, una promesa de volver. Ella me respondió con caderas leves, con gimes contenidos, con besos en mi cuello que me decían: *no pares, no pares, no pares*.
El calor subió rápido. Su ritmo se aceleró con el mío, y cuando sentí que estaba a punto de perder el control, ella me besó, y me dijo al oído:
—Ven conmigo, Tomás. Ven conmigo ahora.
Y yo vine. Con fuerza, con ternura, con la certeza de que estaba en el lugar exacto, con
¿Te ha gustado? Valóralo