Lo que pasó en la cocina mientras llovía
7 minLo que pasó en la cocina mientras llovía
La lluvia golpeaba con insistencia contra las ventanas del piso pequeño, ese que tenía paredes color crema, una cocina que nunca había estado del todo a gusto consigo misma —porque el fregadero estaba un poco torcido y el grifo chirriaba—, pero que era suficiente para dos personas cuando se compartía con alguien a quien no se le pedía mucho, solo presencia. Esa noche, sin embargo, era distinta. La lluvia no era solo un ruido de fondo, era un murmullo que entraba por las grietas, como un susurro colectivo que decía: *hoy no hay prisa, hoy no hay mañana inmediato*.
Valeria había llegado a casa con los zapatos mojados, el cabello enredado por el viento, una bolsa de papel con pan recién horneado y una botella de vino tinto que le había regalado su hermana con una nota: *Para cuando necesites calentar algo más que el horno*. No pensó en llamar a nadie. Pero cuando el timbre sonó —dos toques cortos, seguidos de una pausa breve— supo que era él.
Lucas. El vecino del cuarto. El que siempre saludaba con una sonrisa de medio lado, el que llevaba una taza de café a veces en la mano izquierda, a veces en la derecha, el que un día le había prestado un clavo para colgar un cuadro y luego le había devuelto el martillo con un *gracias por confiar en mí* que le había dejado el corazón un poco acelerado. Ese Lucas. El que ahora estaba en su umbral, con el pelo goteando, una chaqueta oscura y dos latas de cerveza artesanal en la mano.
—Lluvia de perros —dijo él, sin rodeos.
—Y de gatos, si me preguntas —respondió Valeria, abriendo más la puerta—. Pero si quieres entrar, el fregadero no juzga.
Lucas entró como quien cruza una frontera con permiso. Se quitó la chaqueta con un movimiento fluido, la colgó en la silla más cercana, y se frotó las manos. No se disculpó por mojar el suelo. No se disculpó por nada. Valeria fue al refrigerador, sacó dos botellas de agua, abrió la ventana del balcón para que entrara un poco de aire húmedo y volvió con una cuchara de madera y el pan.
—¿Te quedas? —preguntó, como si fuera la pregunta más natural del mundo.
—Depende —dijo Lucas—. ¿Tienes manteca de almendra?
—¿De almendra? ¿En serio?
—Sí. Me encanta. Si no, lo hago con mantequilla. Pero la almendra le da un toque… más elegante.
Valeria rió. Una risa baja, que se le escapó sin querer, como si su cuerpo hubiera decidido celebrar algo antes de que su mente lo entendiera.
—Tengo almendra. Y también azúcar morena.
—Entonces me quedo —dijo Lucas, y se acercó a la mesa de madera, tomó una silla y la arrastró con cuidado hasta la isla central.
La cocina se iluminaba con una sola lámpara de pie, de color dorado, que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes. Valeria partió el pan en rodajas gruesas, las untó con manteca que se derretía apenas tocaba la superficie caliente, y luego espolvoreó azúcar morena sobre cada una. Lucas observaba, con las piernas cruzadas y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos —porque no era una sonrisa de burla, ni de fingida indiferencia—, sino de alguien que sabía que algo iba a cambiar, pero no quería apresurarlo.
—¿Por qué no me cuentas algo que no sepa de ti? —preguntó Valeria mientras ponía las tostadas en una bandeja.
—¿Algo que no sepa de mí? —Lucas reflexionó un segundo—. Que me gusta dormir con una almohada que huele a lavanda, aunque no la compro. Me la traigo de casa de mi abuela, cada vez que voy. Que me pica la oreja izquierda cuando me emociono. Y que… me gusta tu cocina.
—¿En serio?
—En serio. Es pequeña. Tiene historia. Y huele bien. Ahora huele a pan, azúcar y lluvia.
Valeria se giró, con las manos apoyadas en la encimera, y lo miró fijamente. No con desconfianza, ni con curiosidad forzada, sino con la atención que se le reserva a algo que ya se sabe que es precioso, pero que aún no se ha tocado.
—Entonces… ¿qué haremos ahora? —preguntó.
—Depende —dijo él, esta vez con voz más baja, como si la palabra se hubiera vuelto más densa—. ¿Tienes canela en polvo?
—Hay un frasco atrás del azúcar.
—Entonces… vamos a hacer algo que no suele salir en los libros de cocina: vamos a preparar una tarta de manzana sin horno, sin harina, y con un toque de pecado.
Valeria sonrió. Se quitó los tenues aretes de plata que llevaba puestos desde la mañana, los dejó sobre la encimera, junto a la cuchara de madera. Lucas se puso de pie, se acercó, y con una lentitud que era casi una promesa, le tomó la mano derecha. No la apretó. Solo la sostuvo, como si estuviera aprendiendo su forma.
Sus dedos eran largos, con nudos suaves, y una cicatriz casi invisible en el pulgar, de una caída en bicicleta cuando tenía diez años. Valeria no lo sabía, pero la imaginó, y de pronto, el gesto le pareció más íntimo que un beso.
—¿Me permites? —preguntó Lucas.
—Ya me lo permitiste cuando llegaste con cerveza y una excusa.
Él rió. Bajo, cálido.
—Entonces, ¿empezamos?
Sí. Empezaron.
Primero fue el olor: manzanas cortadas finas, como hojas de papel, con una ligera acidez que se disolvió con la canela y la mantequilla derretida en una sartén pequeña. Lucas movía la sartén con una mano, mientras con la otra sostenía el puño de Valeria, apoyado en su hombro, como si ella fuera la que conducía y él, su guía silencioso.
—¿Te gusta así? —preguntó él, moviendo la sartén en círculos lentos, con un movimiento que era casi una danza.
—Sí —dijo Valeria—. Pero ahora suelta mi mano. Quiero tocar yo.
Él lo hizo. Y ella colocó los dedos en el borde de la sartén, sintió el calor, y luego bajó la mano dentro, con cuidado, y pasó el dedo índice por el borde de una rodaja de manzana, recogiendo un poco de mantequilla dorada.
—Tú primera —dijo.
—No.
—Es una regla nueva. La primera prueba siempre es para quien la propone.
Valeria dudó un segundo, luego acercó el dedo a sus labios. El sabor fue intenso: dulce, amargo, calido. Como una promesa rota y refechada.
—¿Ahora yo? —preguntó Lucas.
—Sí.
Él tomó una cucharada y se la ofreció. Ella abrió la boca, y lo sintió deslizarse por su lengua, denso, con un fondo de vainilla y un toque de sal que había dejado la cebolla que habían usado antes para otra cosa. Lucas no retiró la cuchara. La mantuvo frente a sus labios, mientras ella lo miraba, sin parpadear.
—Me gusta cómo me miras —dijo él.
—Me gusta cómo me estás mirando tú también.
—Entonces… ¿por qué no nos quitamos esto de encima?
—¿Esto? —Valeria miró su blusa, ligeramente humedecida por la humedad del exterior.
—Sí. Todo. Vamos a hacer una tarta sin horno. Pero no vamos a usar fuego. Vamos a usar otra cosa.
Valeria no respondió. Solo se levantó, se desabrochó el primer botón de su blusa, y lo hizo con calma, como si cada uno fuera un pacto. Lucas la imitó, se quitó la camisa, y se la dobló con precisión, dejando al descubierto el pecho ancho, con una línea de vello oscuro que bajaba hacia el cinturón de los pantalones.
No hubo apuro.
Hubo olfato, tacto, sonido.
Hubo el chirrido del grifo cuando Valeria abrió el agua para lavarse las manos, y Lucas se acercó por detrás, colocando sus manos sobre sus caderas, sin apretar, solo anclándola.
Hubo el goteo del fregadero.
Hubo el viento que movió la cortina, dejando pasar un destello de relámpago, que iluminó sus rostros por un segundo: los ojos de Valeria oscuros, los labios entreabiertos, el cuello estirado como un ramo que busca el sol.
—¿Te gustaría que te besara ahora? —preguntó Lucas, con la frente apoyada en su nuca.
—Sí —dijo Valeria—. Pero primero déjame sentir tu corazón.
Él la giró, lentamente, hasta que sus cuerpos se tocaron, pecho contra pecho, cadera contra cadera, y ella puso la palma sobre su tórax, sintiendo el latido, rápido pero estable, como un reloj que se hubiera decidido a correr un poco más rápido por una buena causa.
—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto?
¿Te ha gustado? Valóralo