Lo que pasó en la cocina mientras llovía

Lo que pasó en la cocina mientras llovía

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (10) · 382 lecturas · 4 min de lectura

Llovió toda la tarde, una lluvia tenaz que tapaba el mundo con su murmullo constante. Yo estaba en mi cocina, desayunando lo que sobró de ayer: un huevo frito medio quemado y un café ya frío. Tú llamaste a la puerta, como siempre, con esos tres golpes secos pero amables —como si no quisieras molestar, pero sí querías entrar.

—¿Te importa si me quedo un rato? —preguntaste, mojado, con el cabello pegado a la frente y esa sonrisa que siempre me hacía olvidar el nombre del vecino del quinto.

—Claro que no —dije, y abrí más la puerta para dejarte pasar.

No era un gesto de invitación, era un gesto de costumbre. Pero esa tarde, algo cambió. Quizá fue el silencio que se instaló después de que te sentaste en la silla que está junto a la ventana, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas. O quizá fue el modo en que tus ojos se detuvieron en mis labios cuando me llevé la taza a la boca.

—Lluvia de las que hacen pensar en abrazos —dijiste, y por poco se me cae la taza.

—¿Abrazos? —reí, bajando la mirada—. ¿Y qué clase de abrazos?

Tú te levantaste entonces, lento, como si no quisieras asustar a nada ni a nadie. Caminaste hasta mí, no con prisa, pero sin dudar. Tu mano rozó mi mejilla, y no fue un roce casual: fue un acercamiento deliberado, cuidadoso, como si estuvieras leyendo algo en mi piel que ya sabías.

—Este —susurraste—. El que empieza en la nuca y termina en la cintura. El que no necesita palabras, pero las busca igual.

No respondí. No dije nada, porque en ese momento el mundo se redujo a tu respiración, a la humedad de tu camisa sobre la piel, al calor que ya sentía en mis muslos aunque estuviera sentada. Tú inclinaste la cabeza y besaste mi cuello, justo donde late más fuerte cuando uno se olvida de respirar.

—¿Te importa si sigo? —preguntaste, pero tus dedos ya estaban bajo mi camiseta, deslizándose por la curva de mi espalda baja.

—No me preguntes eso —musité—. Ya estás siguiendo.

Y entonces sí, fue como encender una vela en una habitación oscura: algo que ya sabía que existía, pero que nunca había visto brillar con tanta claridad. Tus labios encontraron los míos, suaves al principio, como si estuvieras probando un sabor nuevo, y luego más hondos, más urgentes, como si la lluvia afuera hubiera desatado algo que llevábamos guardado desde hacía meses.

Tus manos subieron por mis costados, apretando un poco cuando rozaste la tela del sostén. Yo te tomé de la nuca y te atraí más cerca, sintiendo el calor de tu cuerpo contra el mío, el latido de tu corazón contra mi pecho. No dijimos nada más. Todo lo que necesitábamos decir ya había estado ahí, en esos gestos lentos, en esos silencios que no eran vergüenza, sino expectativa.

Me levantaste con facilidad, como si pesara nada, y me sentaste sobre la encimera. El frío del granito me hizo estremecer, pero tus manos me calentaron enseguida. Desabrochaste mi blusa con lentitud, uno por uno, como si cada botón fuera una promesa que ibas cumpliendo. Cuando por fin quedó abierta, tú te detuviste, solo un segundo, para mirarme.

—Eres hermosa —dijiste, y no fue un cumplido. Fue una verdad.

Y entonces, sin más, me besaste de nuevo, esta vez mientras tus dedos deshacían el lazo de mi falda. Todo fue suave, deliberado, necesario. No hubo prisa, solo una entrega mutua, un descubrimiento que se hacía con los ojos cerrados y los sentidos abiertos.

Cuando por fin nos fundimos en el mismo ritmo, fue como si la lluvia afuera hubiera dejado de caer y todo hubiera quedado en silencio absoluto —solo tu respiración, la mía, y ese sonido íntimo que solo se hace cuando alguien nos conoce de verdad.

Después, en el silencio que siguió, con el cuerpo aún calentito y la frente apoyada en tu hombro, te pregunté:

—¿Crees que volveremos a llover así?

Tú me besaste la frente y dijiste, con esa sonrisa que siempre me hace sentir viva:

—Siempre que la lluvia quiera recordarnos que hay cosas que no se pueden esconder ni posponer.

También en: RománticoHetero

¿Te ha gustado? Valóralo

4.1 · 10 votos
Reportar
Compartir

También en Poesía erótica