Lo que pasó en la cocina después del postre
6 minLo que pasó en la cocina después del postre
La lluvia golpeaba suave contra los ventanales del departamento de Palermo, como si el cielo también quisiera escuchar lo que no se decía en voz alta. En la cocina, bajo la luz cálida de la lámpara de arco, Mateo lavaba los platos del postre: tarta de manzana, vino tinto sobrante, dos copas vacías. Sofía lo observaba desde la puerta, con los pies descalzos y el pelo húmedo de vapor, envuelta en una bata de algodón que apenas llegaba a los muslos. No dijo nada al principio. Solo se dejó estar ahí, entre la sombra y la luz, mientras Mateo enjuagaba la taza con la que ella había bebido su último sorbo.
—¿Vos siempre lavás así? —preguntó ella, finalmente—. Como si cada plato fuera un pacto secreto.
Mateo se giró. La bata estaba desabrochada hasta el ombligo. Debajo, nada. Solo la curva suave de su cintura y el leve movimiento de su pecho mientras respiraba. Él se secó las manos en la toalla, despacio, con intención.
—Depende de quién esté mirando —respondió—. Si me mirás vos, lavar es una forma de pedir permiso.
Ella dio un paso más hacia adentro. Los pies deslizándose sobre el piso de porcelana, el algodón de la bata rozando suavemente sus muslos. Se detuvo frente a él, a menos de un palmo. Mateo sintió el calor de su cuerpo antes de sentir el aire.
—¿Permiso para qué? —susurró, pero ya sabía la respuesta.
—Para tocarte. Para saber si estás lista.
Ella no sonrió. Solo bajó la mirada, hacia la mesa donde aún brillaban las huellas del vino en el fondo de la copa.
—Yo no pido permiso, Mateo. Yo lo doy.
Y entonces lo tiró hacia atrás contra el mostrador. El sonido del vidrio contra el metal resonó como un disparo silencioso. Mateo no reaccionó. Sólo la miró, quieto, mientras ella se inclinaba, con las manos a cada lado de su cintura, y se acercaba hasta que su aliento calentó su cuello.
—Hacé lo que te dije —murmuró—. Lavá. Pero ahora conmigo.
Él se dejó llevar. Las manos de Sofía bajaron, desabotonando su camisa con lentitud exagerada, como si cada botón fuera una promesa. Cuando el algodón se abrió, ella apoyó una mano sobre su pecho, sin presión, como si probara su latido.
—Sí —dijo—. Estás caliente.
Mateo no dijo nada. Simplemente la tomó de la muñeca y la giró suavemente hacia el fregadero. Le pidió con una mirada que se inclinara. Ella obedeció. La bata se deslizó por sus hombros hasta caer en el piso, sin un solo ruido. Quedó de pie, desnuda, con la espalda arqueada, la curva de su culo elevada hacia él, la entrepierna rozando apenas el filo del mostrador.
—Mirá cómo está —dijo él, pasando una mano por su cadera—. Ya mojada. Por lo que dije antes. Porque vos sabés lo que va a pasar.
Sofía no se volvió. Solo soltó un suspiro largo, como si ya estuviera dentro del recuerdo de lo que iba a sentir.
—Sí —admitió—. Lo sé.
Él se puso de pie detrás de ella, con las rodillas entre sus piernas, empujándolas un poco más abiertas. La tocó por primera vez: un dedo, apenas rozó su clítoris, ya húmedo y sensible. Ella tembló, pero no gritó. Solo cerró los ojos y dejó que su cuerpo se entregara al primer toque.
—No te muevas —le pidió—. No hasta que yo diga.
Lo cumplió. Él bajó lentamente, primero con la mano, luego con la boca. La lengua primero, un trazo corto, de abajo hacia arriba, jugando con la humedad que ya le sabía a ella, a vino y a manzana. Ella soltó un gemido contenido, ahogado en el aire, como si tuviera miedo de romper algo.
—No tenés que contener nada —dijo él, sin levantar la cabeza—. Acá no hay nada que romper. Solo vos y yo, y lo que vos querés que yo te saque.
Ella respiró fuerte.
—Entonces… sacáme todo.
Él sonrió contra su piel. Y entonces la tomó con ambas manos, los pulgares abriéndola suavemente, y se metió de una vez. La lengua en profundidad, la boca hundida en su concha, chupando con fuerza su clítoris mientras la otra mano le apretaba la nalga con un gesto casi cruel.
Ella se arqueó, los dedos agarrando el filo del mostrador, los nudillos blancos. No dijo palabra, pero su cuerpo gritaba por dentro. Mateo lo sabía. Lo sentía en cada temblor, en cada contracción de su muslo, en el leve grito que logró escaparse cuando él introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con un ritmo que solo él conocía.
—Sí —murmuró él, entre sus dedos y su piel—. Vení. Vení todo.
Y ella vino. No con un grito, sino con un gemido bajo, profundo, como si sus entrañas se deshicieran de golpe. Su cuerpo se encogió, las piernas le temblaban, pero no cayó. Mateo la sostuvo. La sostuvo con la boca pegada a su zona más sensible, chupando con suavidad mientras su cuerpo aún latía dentro del clímax.
Cuando ella recuperó el aliento, se giró. Lo miró fijamente, los ojos brillantes, los labios entreabiertos. Se arrodilló frente a él, sin pedir permiso, sin avisar. Lo desabotonó en un solo movimiento, bajó la cremallera con la boca, y lo sacó con una mano, firme y cálida.
—No quería que terminara así —dijo—. Quería que terminara conmigo.
Mateo no respondió. Sólo le tomó la cabeza y la presionó contra su vientre.
—Entonces cogeme —dijo—. Con la boca. Como se debe.
Ella sonrió por fin. Una sonrisa lenta, peligrosa. Abrió la boca, lo tomó de a poco, hasta que su garganta se contrajo y los ojos se le llenaron de lágrimas. No paró. Lo chupó con fuerza, con ternura, con maldad. Mateo cerró los ojos. La dejó jugar. La dejó dominar. Porque eso era lo que ella quería: no ser la que recibe, sino la que decide cuándo, cómo y hasta dónde.
Y cuando él sintió que se iba, no se detuvo. La tomó del pelo, con ternura, pero con firmeza, y la alejó un poco.
—Mirame —ordenó—. Mirame cuando venga.
Ella lo miró. Él vino dentro de su boca, con un gemido corto, como un suspiro roto. Ella lo tragó, sin vacilar, y luego lo besó. Un beso salado, profundo, con sabor a ella y a él.
Cuando se separaron, ella se puso de pie, sin soltarlo. Lo besó en la frente.
—Mañana volvemos a lavar los platos —dijo—. Pero esta vez, vos me lavás a mí.
Mateo sonrió.
—Sí —respondió—. Pero vos me decís cómo.
Y la lluvia seguía golpeando suavemente contra los vidrios, como si también ella estuviera esperando su turno.
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