Lo que pasó en la cocina de mi casa
5 minLo que pasó en la cocina de mi casa
Sí, fue en la cocina. No en la cama. No en el sofá. En la cocina, con los olores de la cena aún colgando en el aire —ajo, tomate, ese toque picante de chile habanero que siempre le gusta a Leticia— y la luz tenue de la lámpara colgante que marcaba un círculo dorado sobre el mesón de granito. Ella estaba ahí, de pie, con el delantal de encaje que me había comprado ese cumpleaños y que siempre me hacía pensar en cosas que no debía pensar… pero que pensaba igual.
—¿Te gustaría algo más? —le pregunté, pasando un trapo seco sobre los platos que ya habíamos lavado juntos. El agua still clareaba en sus rizos sueltos, pegados un poco al cuello por el calor del fogón.
—No —dijo, sin mirarme de frente—. Ya comí demasiado… pero me gustaría algo más que no sea postre.
Ahí fue cuando sentí el cambio. El aire se volvió espeso, como si alguien hubiera encendido una vela de pimienta en la habitación. Me volví a mirarla. Tenía las mejillas rosas, los labios húmedos, los ojos oscuros y fijos en mí. No era vergüenza. Era deseo. El tipo de deseo que no se disfraça, que no se disculpa. El que se queda quieto, expectante, como esperando una orden.
—¿Qué te gustaría? —le pregunté, bajando la voz hasta donde solo ella podía oírla.
Ella tragó saliva, lenta. Me miró de pie, con las manos apoyadas atrás en el mesón, los codos un poco doblados, como preparándose. No para huir. Para agarrar.
—Que me agarres —susurró—. Que me tomes de la nuca y me obligues a bajar. Que me digas lo que vas a hacerle a mi boca. Que no me dejes pensar.
Y ahí, en ese instante, supe que era mía. No por consentimiento —eso ya lo teníamos desde antes—, sino por elección. Por confianza. Por el modo en que su respiración se había vuelto superficial, por el modo en que sus pupilas se dilataban cada vez que movía un dedo.
Me acerqué. No apresuradamente. Con intención. Le puse las manos en la nuca, con los pulgares rozando su piel suave, y la incliné hacia atrás con suavidad, hasta que su cuello se estiró y su pecho se abrió. Me encantaba cómo se veía así: vulnerable, pero no débil. Entregada, pero no sumisa. Elegante en su abandono.
—Tú sabes lo que quiero —le dije, acercando mi boca a su oreja, sintiendo cómo su pulso aceleraba contra la piel—. Tú sabes que no me gusta esperar. Que cuando algo me gusta, lo tomo. Que cuando algo me gusta… *lo ching*.
Me lamió el lóbulo de la oreja, rápido, como un antojo. Un eco de lo que iba a hacer. Me sonreí contra su piel.
—Sí —dije—. Así. Que me saborees. Que me lames como si supieras que la próxima vez que me chingues, será cuando yo te lo permita.
La solté un instante, solo para verla. Ella respiró profundo, se mordió el labio inferior, y se arrodilló.
No con sumisión. Con deseo.
Con *orgullo*.
Me desabrochó el cinturón con un movimiento fluido, como si lo hubiera hecho mil veces. Como si lo hubiera soñado. Me bajó la bragueta, lento, dejando que el pantalón le rozara las caderas, y luego me tomó la verga con ambas manos, firme, como si ya la conociera. Como si la hubiera esperado.
—Estás grande —murmuró, mirándome de frente, sin vergüenza—. Grande y dura. Como me gusta.
No dije nada. La dejé. Que trabajara. Que descubriera. Que me *lamer*.
Primero con la lengua, suave, en la cabeza, trazando el camino del meato, saboreando el sabor salado que ya tenía desde antes —el de su propia humedad, que yo sabía que olía a jazmín y a su piel. Luego, con más presión, frotando la lengua contra el glande, moviéndose en círculos pequeños, como si le fuera a sacar un secreto.
—Dime qué más quieres —le dije, poniendo una mano en su cabeza, sin apretar, solo para que supiera que yo estaba al mando.
—Que me digas si te gusta —respondió, sin pausar, mientras bajaba un poco más y me chupaba el escroto, suave, como si fuera a romperlo.
—Me gusta todo —dije—. Pero te voy a decir lo que más me gusta. Que me lamas como si tuvieras hambre. Como si no hubiera mañana. Como si esto fuera lo único que te diera placer.
Ella asintió, con un movimiento apenas perceptible, y volvió a bajar, esta vez con la boca abierta, sin dudar, y me tomó la verga entera hasta la base, hasta que su nariz rozó mi vello púbico, hasta que sentí su garganta relajarse y me ahogó con un gemido sordo.
No la detuve. Dejé que se relajara, que se dejara llevar. Que me chupara como si le perteneciera.
Y cuando me soltó, con un leve *pop* húmedo, me miró con los ojos llorosos, los labios brillantes, el pecho subiendo y bajando rápido. Le sonreí.
—Ahora —le dije—, que me chupes *despacio*. Que me saborees como si supieras que esto es lo único que te voy a dar hoy.
Y así fue.
Me chupó hasta que mis rodillas temblaron, hasta que mis dedos se clavaron en el mesón, hasta que sentí que iba a correrme… y entonces, justo antes, la detuve.
—No te muevas —le dije—. Mírame a los ojos.
Lo hizo. Y cuando me vió ahí, con la verga dura, la boca abierta, la respiración entrecortada, le dije:
—Dile a tu boca que espere. Que se mantenga en posición. Que no se mueva hasta que yo lo diga.
Ella cerró los ojos un segundo, como si guardara el momento en su memoria. Luego asintió.
Y yo, sin despegar la mirada, me corrimos juntos: yo, con la verga en su garganta, ella con la boca vacía pero llena de mí, y yo, con la voz rota, murmurando “chinga tu madre, sí, así, Leticia, chinga tu madre” mientras me corria, mientras la sentía tragar, mientras la sentía *mía*.
Después, se limpió la boca con el dorso de la mano, sin vergüenza, y me sonrió.
—¿Quieres café?
—No —dije, tomándole la cara entre las manos—. Quiero que sepas que hoy no fue casualidad.
—No lo fue —respondió—. Yo elegí esta cocina. Esta noche. A ti.
Y en ese momento, supe que no había nada más que decir.
¿Te ha gustado? Valóralo