Lo que pasó en la casa del lago
No sé cómo empezó, de verdad. Solo recuerdo que el vino corría como agua, las risas se alargaban con el atardecer y el aire olía a madera mojada y perfume barato. Había llegado solo, con mi copa en la mano y la excusa de que quería ver el lago. Pero todos sabíamos que no era por el lago. Era por lo que pasaba cuando las luces del porche se encendían y nadie más venía.
Éramos cinco. Yo, Valeria, su hermana Camila, Andrés y Diego. No amigos cercanos, ni familia. Más bien, conocidos de conocidos, unidos por una invitación vaga: “una escapada de fin de semana, sin planes, sin reglas”. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos entendimos el pacto silencioso desde el primer brindis.
Valeria fue la primera en quitarse los zapatos. Luego el suéter. Lo dejó caer al suelo como si no importara, pero sus ojos brillaban con intención. Camila, más delgada, más tímida en apariencia, la miró y sonrió. No dijo nada. Solo se acercó al equipo de música y puso un jazz lento, sensual, con un bajo que vibraba en el pecho. Andrés encendió un cigarro y se recostó en el sillón, con una pierna doblada, la camisa desabrochada hasta el tercer botón. Diego, más callado, se sirvió otro trago y me miró. No con deseo, sino con complicidad. Como si ya supiéramos lo que venía.
Yo no hice nada. Solo bebí. Observé. Sentí cómo el calor del alcohol bajaba por mi garganta y se instalaba en mi vientre, pesado, húmedo. Valeria se acercó a mí. No dijo nada. Solo puso su mano en mi rodilla, luego subió un poco, apenas un roce, y se alejó. Fue suficiente. Mi respiración cambió. El aire se espesó.
Camila se acercó a Diego. Le quitó el vaso de la mano, lo dejó en la mesa y se sentó sobre sus piernas, de lado. Él no se movió, solo pasó un brazo por su cintura. Andrés nos miró a todos, sonrió y dijo: “¿Y si encendemos el jacuzzi?”. Nadie respondió con palabras. Solo movimientos. Valeria se paró, se desabrochó el vestido sin prisa y lo dejó caer. No llevaba nada debajo. Sus pechos eran pequeños, firmes, con los pezones oscuros y erguidos. Camila hizo lo mismo, más despacio, como si saboreara el momento. Diego la ayudó a quitarse la blusa, rozando sus dedos por sus hombros, por su espalda. Andrés ya se desvestía, sin apuro, dejando que lo viéramos.
Yo seguí sentado. No porque no quisiera, sino porque necesitaba ver. Necesitaba grabar cada gesto, cada mirada, cada segundo antes del contacto. Valeria se acercó a mí de nuevo, esta vez desde atrás. Sentí su aliento en mi cuello, sus manos en mis hombros, luego en mi pecho. Me desabrochó la camisa con lentitud, besándome el lóbulo de la oreja. “¿Tienes miedo?”, susurró. “No”, dije. “Pero quiero que pase lento.” Ella rio. “Claro que sí. Todo va a pasar lento.”
Andrés y Camila ya estaban en el jacuzzi. El agua burbujeaba. Diego se metió después, sin decir nada, y se sentó a un lado. Valeria me tomó de la mano y me llevó afuera. Yo me dejé guiar. Mis pantalones cayeron al suelo. Mi ropa interior también. Nadie dijo nada. Solo el sonido del agua, el crujido de la madera bajo mis pies descalzos.
Entré al jacuzzi. El agua caliente me envolvió. Valeria se sentó sobre mis piernas, de espaldas a mí, con su cabello mojado pegado a mi pecho. Camila se acercó, se puso de pie frente a Diego y se inclinó para besarlo. No fue un beso rápido. Fue profundo, húmedo, con lengua, con manos que subían y bajaban por su espalda. Andrés los miraba. Luego, sin aviso, se acercó a Camila por detrás, pasó una mano por su cintura y con la otra le acarició un seno. Ella gimió. Diego no se movió. Solo siguió besándola, mientras Andrés deslizaba los dedos entre sus piernas.
Yo no podía dejar de mirar. Valeria se movía despacio sobre mí, frotándose contra mi erección. No me penetró. No aún. Solo se mecía, con los ojos cerrados, suspirando. Sentía su humedad, su calor, su piel pegada a la mía. Le pasé las manos por el abdomen, luego subí, toqué sus pechos, pellizqué sus pezones. Ella arqueó la espalda, apretó mis muslos con las piernas. “No pares”, dijo.
Camila se separó de Diego, salió del agua con pasos lentos y se acercó a mí. Valeria sonrió y se movió un poco, dejando espacio. Camila se arrodilló frente a mí, dentro del agua. Me miró a los ojos, luego bajó la vista. Y entonces, sin más, tomó mi pene con la mano y lo llevó a su boca. Fue un movimiento suave, preciso. No como si tuviera prisa, sino como si lo hubiera ensayado. Su lengua giró alrededor de la punta, luego bajó, lamió el tallo, succionó con fuerza. Yo eché la cabeza atrás, gemí. Valeria me besó el cuello, mordió mi hombro.
Andrés se acercó a Valeria. Le habló al oído. No oí lo que dijo, pero ella asintió. Se levantó de mis piernas, salió del agua y se arrodilló frente a Andrés, que ya estaba erguido, duro. Lo tomó con la boca, como si fuera pan recién horneado, con devoción. Andrés cerró los ojos, se apoyó en el borde del jacuzzi.
Yo solo podía ver. Camila seguía conmigo, lenta, profunda, alternando succión con caricias con la mano. Diego se acercó. Se puso de pie frente a ella, se deshizo del bañador y se ofreció. Camila lo miró, sonrió con la boca llena y, sin soltarme, tomó a Diego con la otra mano. Dos. En la misma noche. En el mismo lugar. Y yo, atrapado entre el placer y la admiración.
Valeria se levantó, se acercó al borde del jacuzzi y se sentó, con las piernas abiertas. Andrés no dudó. Se puso de pie, se acercó y se hundió en ella de un solo movimiento. Ella gritó, pero no de dolor. De placer. De liberación. Sus manos se aferraron a sus muslos, sus uñas marcaron la piel. Andrés empezó a moverse, fuerte, profundo, mientras ella gemía su nombre.
Camila dejó de succionar. Se paró. Se acercó a Valeria y Andrés. Se arrodilló entre ellos, pasó las manos por el cuerpo de Valeria, luego por el de Andrés. Y entonces, sin aviso, se inclinó y lamió el sexo de Valeria, que gritó más fuerte. Andrés no paró. Solo aceleró.
Yo salí del agua. Me senté en el borde, cerca de ellos. Diego se acercó por detrás. Sentí sus manos en mis hombros, luego en mi espalda, bajando. Me empujó suavemente. Me recosté. Él se arrodilló entre mis piernas. No dijo nada. Solo me tomó de nuevo con la boca.
Y así seguí. Tumbado, con Diego dándome placer, mientras a mi lado Valeria era penetrada por Andrés, mientras Camila lamía su clítoris con devoción. No era caos. Era ritmo. Era música. Era un cuerpo siguiendo al otro, un gemido acompañando al siguiente.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que al final, todos estábamos sudorosos, jadeantes, con el alma afuera. Nos quedamos en silencio, respirando. Nadie habló. Nadie dijo “gracias” ni “fue increíble”. No hacía falta.
Solo el lago, el jacuzzi, las copas vacías y el recuerdo de cinco cuerpos que se encontraron sin pedir permiso, sin preguntar, sin fingir. Y que, por una noche, decidieron ser solo piel, sudor y deseo.
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