Lo que pasó en la casa del bosque
La noche caía espesa sobre el cerro, y el aire del bosque traía olor a tierra mojada y romero. En la cabaña de madera, con el ventanal empañado y las velas parpadeando en la penumbra, Juliana estaba de rodillas sobre la alfombra, las manos atadas a la espalda con una soga de cáñamo, los pechos al aire, tiesos por el frío y la excitación. Su pelo negro, suelto y despeinado, le caía sobre los hombros como una sombra. Jadeaba despacio, los ojos cerrados, esperando.
—Abre los ojos, coño —dijo el Forastero, de pie frente a ella, con la fusta en la mano y el pito medio duro bajo el pantalón de cuero negro—. Quiero que me veas cuando te azote.
Juliana obedeció. Sus ojos brillaban, húmedos, entre el miedo y el deseo. Él dio un paso al frente, le alzó la barbilla con el mango de la fusta y le dijo con voz ronca:
—Sabes por qué estás aquí, ¿verdá’?
—Porque quiero que me domines —respondió ella, con la voz quebrada—. Porque quiero sentir que no controlo na’… que vos mandas en mí.
El Forastero sonrió. Le soltó la barbilla, dio un paso atrás y le cruzó el muslo con la fusta. Un latigazo seco, apenas fuerte, pero suficiente para que Juliana se estremeciera y soltara un gemido agudo.
—Otro —pidió, con la voz temblorosa.
—¿Otro? —preguntó él, alzando una ceja—. ¿Y si te doy dos?
Le dio uno en el otro muslo, más fuerte, y luego otro en la nalga izquierda. Juliana gritó, pero no de dolor: de placer. El culo se le encendió, las mejillas rojas, la respiración agitada. Él se acercó, le separó las piernas con el pie descalzo y le metió dos dedos de golpe a la concha, sin aviso.
—Estás chorreando, perra —dijo, mientras ella gemía y se arqueaba—. Todo por querer más.
—Sí… sí… por favor —balbuceó Juliana, con los ojos cerrados otra vez—. Quiero más.
El Forastero le sacó los dedos y se los llevó a la boca, chupándoselos con lentitud, saboreando el sabor salado de su coño. Luego se desabrochó el pantalón, se bajó los calzoncillos y sacó el pito, grueso, con la piel tensa y la cabeza morada. Lo agarró con fuerza y lo restregó por la cara de Juliana.
—Mamamelo —ordenó—. Como si fuera tu último deseo.
Ella abrió la boca y se lo metió entero, hasta la garganta. El Forastero gruñó, le agarró el pelo con fuerza y empezó a joderle la boca, moviendo las caderas con ritmo, sin piedad. Juliana tosía, lloraba, pero no se apartaba. Al contrario, lo tomaba más adentro, con hambre.
—Eso es, puta —decía él—. Así, que me chupes bien el pito, que me lo mames rico.
Cuando sintió que estaba cerca, la apartó de un empujón. Juliana cayó de espaldas, con el rostro brillante de saliva, los labios hinchados.
—Date vuelta —ordenó él—. Quiero tu culo.
Ella se puso de cuatro, levantó el trasero, separó las nalgas con las manos atadas. El Forastero se acercó, le escupió en el ano y le metió un dedo, luego dos, abriéndole despacio, mientras ella gemía y empujaba hacia atrás.
—¿Listo? —preguntó él.
—Sí… por favor… ya —respondió ella, con la voz quebrada.
Él se colocó detrás, le agarró las caderas con fuerza y, de un solo empujón, le metió el pito entero hasta el fondo. Juliana gritó, un grito largo, ronco, que se perdió en el silencio del bosque. Él no se detuvo. Empezó a joderla con furia, con golpes secos, cada vez más rápido, más profundo.
—¡Tómalo, coño! —gritaba él—. ¡Toma mi pito, que es tuyo!
Las nalgas de Juliana temblaban con cada embestida. Sudaba, jadeaba, lloraba de placer. Él le agarró el cuello con una mano y le dobló la espalda, jodiéndola aún más fuerte, como si quisiera partirle el culo en dos.
—¡Voy a correrme! —gritó él, y le dio tres embestidas finales, duras, certeras.
Juliana sintió cómo el pito se hinchaba dentro de ella, cómo el semen le quemaba las entrañas. Él se desplomó encima de ella, sudoroso, jadeante, y le besó la nuca con ternura.
—Eres mía —dijo, con la voz ronca—. Solo mía.
Y ella, con el culo lleno, el corazón acelerado, solo alcanzó a susurrar:
—Sí… soy tuya… siempre.
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