Lo que pasó en la casa de verano
7 minLo que pasó en la casa de verano
Nunca planeé nada. La idea de traicionar a Clara no se me ocurrió en un instante de debilidad, ni en una noche de insomnio ni de vino barato. Fue más sutil: una grieta invisible que se abrió sin ruido, como una fisura en el concreto de una casa vieja, y que yo, con la torpeza de quien no quiere ver, terminé por pisar sin darme cuenta.
Todo comenzó con el aviso de que Clara iría a la ciudad para una conferencia de arquitectura. Me habló por teléfono, su voz templada por la distancia y el cansancio, como si cada sílaba pesara un poco más que el día anterior. “Estaré tres noches”, dijo. “Pero el viernes regreso temprano, prometido.” Yo asentí, aunque sabía que no iba a verla. Yo iría a la casa de verano, a los pines, a respirar aire sin el eco de su silencio reciente.
La casa estaba vacía desde hacía dos años. El dueño, un viejo amigo de mi padre, la había dejado en mi cuidado mientras él descansaba en Cartagena. No era una casa grandiosa: dos habitaciones, una cocina pequeña, un porche con sillas de madera desgastadas por el sol, y una ventana en el dormitorio que miraba al bosque de pinos, donde el viento susurraba entre las agujas como quien cuenta secretos antiguos.
Llegué antes de lo previsto. El sol ya se inclinaba hacia el oeste cuando aparqué junto al portón de hierro, entre el polvo y la hierba alta. Abrí la puerta con la llave que nadie había usado en meses. El olor del lugar me golpeó: madera vieja, tierra húmeda, y un leve aroma a lavanda que había dejado la mujer de limpieza, una señora de manos fuertes y sonrisa tímida, que ahora me miró desde el umbral sin sorpresa ni escrúpulo.
—¿Solo? —preguntó, como si ya lo supiera.
—Sí. —Asentí—. Clara está en la ciudad.
No dijo más. Dejó la bolsa con limpieza en la cocina, revisó que el agua funcionara y que la nevera no hubiera dejado de funcionar en la ausencia. Cuando se fue, me quedé de pie en medio de la sala, escuchando el silencio que nadie había roto desde que yo era niño y mi padre aún vivía.
Fue entonces, mientras abría las ventanas para que entrara el aire, cuando la vi: a Lía, la nueva vecina, que había mudado hacía apenas dos semanas. No la había saludado aún; solo la había visto desde lejos, cargando cajas, con el pelo negro recogido en un nudo desordenado, y una camiseta blanca que le pegaba al cuerpo como si lo hubiera elegido a propósito.
Esa tarde, sin embargo, me saludó desde su jardín.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, acercándose con una botella de agua.
—Sí —dije, aunque no lo era—. Solo vacaciones anticipadas.
Se llamaba Lía. Tenía treinta y cinco años, contó, aunque parecía más joven cuando sonreía. Era fotógrafa, venía de la ciudad a buscar “luz natural y silencio”, dijo. Me ofreció una galleta que había horneado con miel y nueces. No supe si era casualidad o intención, pero la acepté.
—¿Quieres que te ayude a desempacar? —me preguntó antes de irse.
Negué con la cabeza, pero ella ya se había vuelto, y su sombra se alargó sobre el suelo de tierra mientras el sol se hundía detrás de los pinos.
La noche llegó temprano. Encendí una vela en la mesa del comedor y me senté a leer, pero no leí nada. El sonido de sus pasos en el camino, poco antes de que anocheciera, me hizo levantar la cabeza. Lía cruzaba el bosquecillo que separaba ambas casas, llevando entre los brazos una botella de vino y dos copas.
—No pude dormir —dijo sin preámbulo—. Y sé que a ti tampoco te va a ir bien.
Entró sin esperar respuesta. Colocó las copas sobre la mesa, vertió el vino con precisión de quién sabe cuánto tiempo ha hecho esto, y se sentó frente a mí. Sus ojos eran oscuros, húmedos, como si guardaran algo que aún no había decidido mostrar.
—¿Por qué no? —pregunté, y el sonido de mis propias palabras me heló.
—Porque no es lo que dijiste que ibas a hacer.
Me sorprendió que lo supiera. Me sorprendió aún más que no me juzgara. Me sorprendió, sobre todo, que ella también estuviera sola.
La conversación fluyó como el vino en la copa: lenta, densa, con un sabor que no era solo uva, sino algo más complejo, como la madera quemada y el azúcar quemada. Hablamos de libros que leían, de viajes que había hecho, de lo que significaba el silencio para cada uno. Ella tenía cicatrices en los codos, de caídas de bicicleta en la infancia. Yo le mostré una marca en la rodilla, de una caída de caballo cuando tenía diez años. Ella rió, y el sonido fue como una brisa que mueve las hojas secas.
—¿Y qué haces con todo ese tiempo que no necesitas? —me preguntó.
—Lo gasto —respondí—. Sin rumbo.
—Bueno —dijo, inclinándose un poco hacia adelante, la luz de la vela dibujando un arco en su mandíbula—, tal vez este sea un buen momento para romper el rumbo.
No la besé entonces. No en la primera mirada, ni en la primera risa, ni siquiera en la segunda copa de vino. La besé cuando ella me tomó la mano y la puso sobre su muslo, cuando sentí el calor a través de la tela del pantalón, cuando su respiración cambió, cuando ella murmuró: “Sí”.
Subimos al dormitorio. No hubo prisa. Ella se quitó la blusa con calma, dejando al descubierto un sostén de encaje negro que no usaba para nada, me confesó, “sino para sentirme vista”, dijo. Me deslicé los zapatos, me senté en el borde de la cama, y la vi deshacerse de la falda como si fuera una serpiente soltando su piel vieja.
Estaba morena, con la piel suave como el cuero envejecido, los pechos pequeños pero firmes, los pezones oscuros y erguidos. No era una mujer joven, pero tampoco lo era yo. Había experiencia en su forma de moverse, en el modo en que se inclinaba para desabrocharme los pantalones, en cómo me tomó el pene con la palma de la mano, sin apuro, como si ya lo conociera.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Pero no por lo que crees.
Me senté en la cama y la llamé con un gesto. Ella se acercó, se sentó frente a mí, y me dejó besarle el cuello, el hombro, la curva de la espalda mientras se quitaba el sostén. Me besó la barba, me mordió el labio inferior con suavidad, y entonces me puso la mano sobre el pene otra vez, firme, segura, y me guió hacia su cuerpo.
Estaba mojada. Caliente. No tuve que pedirle nada. Ella se sentó sobre mí, se inclinó hacia atrás, y me tomó con ambas manos, guíandome hacia su entrada. No fue un estallido, ni una caída. Fue un encaje lento, una penetración que empezó en los dedos, pasó por el pulso, y terminó en su respiración contenida cuando por fin me aceptó.
Subíamos y bajábamos con calma. Ella cerraba los ojos, y yo la miraba: su frente arrugada, su boca entreabierta, el sudor en sus sienes. Le acaricié los pechos, y ella gimió, un sonido que no era de placer, sino de reconocimiento.
—Esto no va a cambiar nada —dije, sin saber si lo decía por ella o por mí.
—No —respondió, y me besó con más fuerza—. Pero mientras dure, es real.
Cuando ella llegó, lo hizo sin gritar, con los ojos cerrados y la boca pegada a mi cuello. Yo la seguí unos segundos después, sintiendo su calor interno, su cuerpo estremeciéndose como una cuerda que ha sido tensa demasiado tiempo.
Nos quedamos abrazados, boca abajo, sin hablar. Fuera, los pinos susurraban. Y por primera vez en meses, no sentí la ausencia de Clara como una herida abierta. Sentí, en cambio, el peso de mi propia vida, la suavidad de una piel que no era la mía, pero que por un instante, se sintió como un regreso.
Al día siguiente, ella partió. Volvió a la ciudad, donde tenía una vida, un trabajo, una historia que no me incluía. Yo me quedé unos días más, escribí, leí, y al final, cuando volví a casa, Clara ya estaba.
Nunca le hablé de eso. Ni ella de su infidelidad —que descubrí después, meses más tarde, cuando encontré una foto en su celular: un hombre con manos grandes y una sonrisa que no le conocía.
Pero a veces, cuando paso frente a la casa
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.