Lo que pasó en la casa de verano
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La luz del atardecer se colaba por las persianas entreabiertas de la sala, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera. Afuera, el zumbido de las cigarras marcaba el ritmo lento del verano en las montañas. Clara y Mateo habían llegado al mediodía, dejando atrás la ciudad y sus prisas. La casa de verano de la tía de Mateo, abandonada desde hacía años, olía a madera vieja, polvo y esperanza.
Clara, con el pelo recogido en un moño desordenado y una camiseta blanca un poco desgastada, colocaba dos copas de vino tinto sobre la mesa baja. Mateo, sentado en el sofá, se quitó las gafas de sol con lentitud, observándola por encima del borde de la copa que acababa de tomar.
—¿Te acuerdas de cómo era esto cuando éramos niños? —preguntó, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—Sí —respondió Clara—. Pero ahora es distinto. Aquí no hay reglas.
Mateo asintió. El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de algo más: una expectativa suave, como la brisa que entraba por la ventana abierta. Ambos sabían que no estaban solos en la casa. Ana, la amiga de Clara desde la universidad, había llegado poco después, traía consigo una botella de licor de melocotón y una risa que sonaba como campanas lejanas.
—Llegué temprano para preparar todo —dijo, dejando la botella sobre la mesa—. Quería que fuera especial.
Ana se sentó en el borde del sofá, justo frente a Mateo. Clara, al otro lado, cruzó las piernas con naturalidad, dejando entrever la curva de su muslo. El vino había hecho efecto, pero no lo suficiente como para borrosar los bordes de la realidad: todo era nítido, intenso, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso.
—¿Por qué no subimos un momento? —sugirió Ana, mirando a los dos a la vez—. El cuarto de invitados está listo. Y creo que merece la pena.
No hubo dudas, ni preguntas. Solo una serie de asentimientos silenciosos, manos que se rozaron al levantarse, miradas que se entrelazaron como hilos tensos. Subieron la escalera de madera, cada paso resonando suavemente. Ana iba al frente, con esa seguridad que solo tienen quienes saben exactamente qué quieren y cuándo tomarlo.
El cuarto era simple: una cama deshecha, una lámpara de pie con pantalla de papel, el olor a lavanda de la ropa de cama recién cambiada. Ana se detuvo justo frente a la cama y se volvió, con una sonrisa que ocultaba algo más que alegría.
—Yo os observo —dijo—. Y luego… ya veremos.
Clara y Mateo se miraron. La tensión había dejado de ser un susurro para convertirse en un latido. Mateo acercó una mano a la nuca de Clara, sin apuro, como si temiera que el más mínimo gesto brusco rompiera el hechizo. Clara inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que sus dedos rozaran su piel, que la sigilosamente despojaran de la camiseta. Ana, sin moverse de su lugar, observaba con atención, con respiración contenida, con los ojos brillantes.
Cuando Clara se quedó con el sujetador, Mateo ya estaba a su lado, con una mano en su cadera y la otra en su brazo. Ana avanzó un paso, luego otro, hasta colocarse detrás de Clara, donde la rodeó con sus brazos, apoyando su pecho contra su espalda. No besaron. No aún. Se dejaron llevar por el calor compartido, por el tacto que no exigía más que presencia.
—Tú primero —murmuró Ana contra el oído de Clara.
Y así, entre respiraciones entrecortadas y manos que exploraban sin prisa, comenzó el baile: el de tres cuerpos que se reconocen, que se escuchan, que se dan espacio para no perderse. La luz del sol se fue apagando poco a poco, dejando paso a la penumbra cálida. Nadie habló. Solo el sonido de la ropa que se deslizaba, de respiraciones que se sincronizaban, de piel que encontraba piel con la certeza de que el deseo no es un fuego que quema, sino una brasa que late, lenta y segura.
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