Lo que pasó en la casa de mi cuñada

Lo que pasó en la casa de mi cuñada

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba las ventanas como puños desesperados mientras yo, sentada en el sofá de su casa de campo, sentía cómo el calor subía por mi cuello. Mi cuñada, Elena, me había ofrecido quedarme allí mientras su marido —mi hermano— estaba de viaje de trabajo. «Solo por una noche», me había dicho con esa sonrisa de poción dulce que nunca me había gustado demasiado. Pero esa noche, todo cambió.

Elena se levantó, estiró los brazos y soltó un suspiro largo, como si estuviera descargando años de tensión. Se quitó el suéter gris y quedó con una camiseta fina que dejaba entrever la curva de sus pechos, firmes y redondos, marcados por la forma en que su corazón latía con fuerza. Yo no dije nada. Solo la miré, con los labios entreabiertos, mientras movía las caderas con lento mimo mientras se acercaba a la mesa del comedor.

—¿Quieres un vino? —preguntó, pero su voz sonaba distorsionada por algo más, un temblor sutil que no era del todo nerviosismo.

—Sí —respondí, y mi propia voz me sonó agria, húmeda.

Se sirvió un vaso, lo tomó de un trago, y luego me pasó el mío. No lo toqué. La miré beber, vi cómo el líquido resbalaba por el borde del vaso y caía en su boca, cómo se lamió los labios con lentitud, como si estuviera saboreando más que vino. Entonces, sin previo aviso, se sentó a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su piel, el perfume de jazmín y sal que usaba solo cuando iba a encontrarse con alguien.

—¿Te acuerdas de cuando éramos adolescentes? —murmuró, con los dedos rozando mi muslo, suave, casi tímido—. Te encantaba mirarme vestir. Y ahora aquí estamos, las dos solas.

No respondí. Solo dejé que su mano subiera, que sus yemas rozaran la costura de mis pantalones, que bajara despacio hasta tocar la curva de mi nalga, apretada, tensa, ya húmeda. Me giré hacia ella, y entonces fue cuando lo hizo: con una sola mano, me arrastró hasta su regazo, sentándome de lado, con la entrepierna apoyada sobre su muslo.

—Dime si quieres que pare —susurró, mientras su otra mano se hundía en mi cabello, tirando con suavidad—. Pero no lo haré.

Y entonces, con una precisión de quien sabe exactamente lo que quiere, me besó. Su boca no fue dulce, no: fue húmeda, cálida, exigente. Me lamía los labios, me mordisqueaba el labio inferior, y cuando le abrí la boca, su lengua entró con fuerza, como si me estuviera marcando. Sentí cómo su muslo se apretaba contra mi clítoris, ya hinchado, ya palpitando por el roce constante.

—Quiero que me chupes —le dije, sin aliento, mientras mis manos ya estaban bajo su camiseta, apretando sus pechos, jugando con sus pezones endurecidos—. Quiero sentir tu boca en mi polla.

Elena soltó una risita ahogada, una risa de mujer que ya no tiene miedo. Se levantó, me desabrochó el pantalón con un movimiento rápido y seguro, y bajó la cremallera hasta el final. Me sacó el pene, ya tieso, ya brillante por el líquido preseminal que goteaba de la punta. Lo sostuvo con ambas manos, lo miró como si lo estuviera descubriendo por primera vez, y luego lo llevó a su boca.

No fue tímida. Lo metió hasta la base, me lo chupó con fuerza, con la lengua rozándole el glande, con los labios húmedos que hacían presión en el corona. Sentí sus uñas en mis muslos, sus caderas apretadas contra el sofá, su respiración entrecortada. Me incliné hacia adelante, le separé los labios con los dedos y le dije: «Abre más». Y así lo hizo, y luego me lo tomó de nuevo, más hondo, mientras yo le acariciaba la nuca, le decía palabras sucias, le decía que me lo chupara hasta que me saliera en su boca.

No lo dudé. Me dejé ir. Mis caderas empujaron, rápidas, desesperadas, y cuando sentí que venía, cuando el orgasmo me estalló en la spine, la polla me palpitó en su boca y el semen salió en chorros espesos y calientes, ella no se apartó. Lo tragó todo, lentamente, mientras yo la miraba con los ojos vidriosos, con la boca abierta, con el cuerpo entero ardiendo.

Cuando terminé, se limpió la boca con el dorso de la mano, me miró y sonrió. No era una sonrisa de vergüenza. Era una sonrisa de complicidad, de pecado compartido. Y yo supe que esa noche no había sido solo un descuido. Había sido un regalo.

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