Lo que pasó en la casa de la tía

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa de la tía Lucía quedó vacía una semana porque se fue a visitar a unos parientes en Pereira. Y como a Camilo le encantaba el olor a encierro, a ropa vieja y a café quemado que tenía ese lugar, le pidió a su mamá si podía pasar unos días allá para estudiar tranquilo antes del examen final de contabilidad. “Pa’ que no andes por ahí con tus pendejadas”, le dijo su vieja. Él asintió con cara de santo, pero por dentro ya se le paraba el pito de solo imaginarse solo en esa casa grande, con techos altos, ventanas de madera gruesa y un silencio que solo se rompía con el zumbido del refrigerador.

Pero lo que Camilo no contaba era que la vecina de al lado, Valeria, tenía la costumbre de asomarse por el portón de hierro cada vez que veía movimiento. Era una mujer de treinta y pocos, morena, con unas tetas que parecían querer salirse del top deportivo y un culo que, según él, valía más que un semestre de universidad. No se habían hablado mucho, pero siempre había un “¡Hola, muchacho!” de ella, con voz de miel, y un “¡Qué más, vecina!” de él, con voz de pendejo fingiendo naturalidad.

Esa tarde, Camilo estaba sentado en el sillón de la sala, con los pies sobre la mesita y el libro abierto en las piernas. No entendía un carajo de depreciación lineal, y el calor del mediodía le pegaba como una manta húmeda. Se desabrochó los primeros botones de la camisa y se recostó. El ventilador de techo giraba lento, moviendo el aire espeso. Entonces, de repente, sonó el timbre.

—¡Ah, chimba! ¿Quién será?

Se levantó con pereza, se ajustó el pantalón del pijama que le quedaba un poco flojo y abrió. Y allí estaba Valeria, con un short tan corto que parecía una broma, una franela ajustada que dejaba ver el contorno de los pezones, y un vaso de jugo de lulo en la mano.

—Hola, vecinito. Te traigo un jugo que me sobró. Como vi que estabas aquí, dije: “pa’ que el muchacho no se muera de sed con este calor”.

Camilo sonrió, se rascó la nuca y tomó el vaso.

—¡Qué buena onda, vecina! Gracias. Pase, pase, que aquí hace un calor que ni en el infierno.

Ella entró con naturalidad, como si ya hubiera estado mil veces allí. Dejó el vaso sobre la mesa y se sentó en el sillón, cruzando las piernas despacio, como si supiera que él le estaba mirando el muslo.

—¿Y tú solo? —preguntó, con voz juguetona.

—Solo como el cinco de oro. Hasta el domingo.

—Chimba… —dijo ella, bajando la voz—. Yo me aburro sola. Y mi esposo está en Bogotá por trabajo.

Camilo tragó saliva. El aire se puso más espeso. El jugo de lulo estaba riquísimo, pero no sabía si era por el sabor o por la mirada que le echaba Valeria cada vez que llevaba el vaso a la boca.

Pasaron unos minutos hablando de nada: el calor, el barrio, la tía Lucía. Pero el silencio entre las frases era cada vez más largo, más pesado. Hasta que ella se paró, se estiró y dijo:

—Ay, perdón, pero tengo que ir al baño. ¿Me enseñas?

—Claro, por acá.

La llevó por el pasillo. Ella pasó rozándole el brazo, y él sintió un escalofrío que le bajó hasta los huevos. Mientras ella entraba al baño, él se quedó afuera, escuchando el sonido del agua, el crujido de la puerta al abrirse. Y cuando ella salió, ya no tenía la franela puesta. Solo el sostén, y una sonrisa que decía: “¿y ahora qué?”

—¿Te gusta lo que ves, Camilo?

Él no supo qué decir. Solo asintió, con los ojos clavados en esos pechos morenos, con pezones grandes y oscuros que parecían pedir a gritos que los mamaran.

—Ven —le dijo ella, tomándolo de la mano—. No seas tímido.

Lo jaló al cuarto de la tía Lucía, donde todo olía a alcanfor y a perfume viejo. Cerró la puerta con llave y lo empujó suavemente sobre la cama. Camilo se sentó, con el corazón a mil, el pito ya tieso bajo el pijama.

—¿Tú nunca has estado con una mujer más grande? —preguntó ella, subiéndose encima de él a horcajadas.

—No… no de verdad.

—Ah, qué rico —dijo, restregándose sobre su entrepierna—. Yo te voy a enseñar todo.

Empezó a desabrocharle el pantalón, despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Cuando sacó el pito, ya duro como una barra, lo miró con ojos brillantes.

—¡Qué rico estás, muchacho! Esto sí es un pito de verdad.

Y sin más, se lo metió en la boca. Camilo gritó. No pudo evitarlo. La boca de Valeria era cálida, húmeda, y su lengua jugaba con la cabeza como si fuera un helado que no quisiera que se derritiera. Le chupaba, le lamía los huevos, le mordía suave la base. Y él, con las manos en la sábana, solo atinaba a jadear.

—¡Ay, no, vecina, así no! ¡Me voy a venir!

—Pues véngate, mi amor —dijo ella, sin soltar—. Déjame que te mamé todo.

Y él no aguantó. Le dio un espasmo en la espalda, los dedos se le pusieron blancos de agarrar la sábana, y le descargó un chorro espeso en la garganta. Ella no se detuvo. Siguió chupando hasta que él le rogó que parara.

—¡Basta, por Dios! ¡Me duele!

Ella se rió, se limpió la boca con el dorso de la mano y se quitó el sostén. Los pechos le colgaron un poco, pero eran hermosos, con areolas grandes y pezones que pedían ser mordidos.

—Ahora es mi turno —dijo él, con voz ronca.

Se paró, le bajó el short y las bragas de un solo tirón. El vello de la concha era negro, rizado, húmedo. Camilo se arrodilló y le separó los labios con los dedos. El olor era fuerte, dulce, animal. Le pasó la lengua despacio, desde el culo hasta el clítoris, y ella gritó.

—¡Sí, así, hijo de puta! ¡Así!

Él no paró. Le metía la lengua como si quisiera tocarle el fondo, le chupaba el clítoris con fuerza, le mordía suave los labios. Hasta que ella le agarró el pelo y le dijo:

—Ya, ya, que me vengo. Si no, no aguanto.

Se separó, jadeante, con la cara mojada. Valeria se levantó, se acostó en la cama y le dijo:

—Ahora me lo metes. Entero. Hasta el fondo.

Camilo se subió encima, le separó las piernas y le puso la punta en la entrada. Empujó despacio. Ella gritó, pero de gusto.

—¡Sí, carajo! ¡Así!

Entró completo. El culo de ella se movía como si tuviera vida propia, y él sentía que se iba a morir de placer. Le agarró las tetas, se las apretó, le mordió un pezón. Ella le arañó la espalda.

—¡Más fuerte, imbécil! ¡Que me partas!

Y él empezó a cogerla con fuerza. El cuarto se llenó de ruidos: el crujido de la cama, los gemidos, el chapoteo de la concha mojada. Hasta que ella le dijo:

—Gírame. Quiero que me cojas por atrás.

Se dio vuelta, se puso de rodillas, levantó el culo. Camilo se colocó detrás, le pasó la mano por el culo, le metió un dedo a la concha para lubricarla, y luego se la metió por el culo. Ella gritó, pero no de dolor.

—¡Sí, hijo de puta! ¡Así!

Él no paraba. Le daba duro, con coraje, con ganas. Le agarraba las caderas, le mordía los hombros. Ella lloraba de gusto, le rogaba que no parara, que le echara más.

—¡Lléneme el culo, pendejo! ¡Lléneme!

Y él, sin poder aguantar más, le descargó todo adentro. Le temblaron las piernas, el corazón le golpeaba el pecho, y se dejó caer sobre ella, sudado, agotado.

Se quedaron así un rato, respirando pesado, con el olor del sexo flotando en el aire. Luego, Valeria se dio vuelta, le besó en la boca y le dijo:

—Mañana te espero en mi casa. A las dos. Que mi esposo no vuelve hasta el viernes.

Camilo sonrió, asintió, y pensó que la contabilidad podía esperar.

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