Lo que pasó en la casa de la playa

@sombra ·13 de mayo de 2026 · ★ 4.0 (9) · 957 lecturas

La primera vez que los vi, supe que iba a coger con ellos. No fue una idea violenta ni desesperada, sino una certeza tranquila, como cuando uno reconoce el sabor de un vino que ya probó en otra vida. Estaban parados en la terraza de la casa al lado de la mía, en ese barrio de Mar del Sur donde el viento no perdona y las casas se miran de frente como si se retaran. Ella, rubia, con el pelo hasta los hombros, desprolijo de propósito, con esos ojos claros que parecen decir todo sin abrir la boca. Él, más bajo, de pelo oscuro, barba de tres días, brazos cruzados, mirándome con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos. Vos sos el de la casa nueva, dijo. Yo asentí. Alquilaste todo el mes, ¿no? Sí, dije. Me gusta venir a desconectarme. Muy bien, dijo él. Nosotros también. Y entonces ella, con una voz como de siesta larga: Bueno, si querés, pasate a tomar algo esta noche. Vos solo, si querés. O con alguien. O sin avisar. Acá estamos.

No fui esa noche. Pero a la tercera, sí. Llevé una botella de Malbec, barato pero con nombre de poeta. Ella abrió la puerta con una copa en la mano y una bata de seda que no tapaba casi nada. Estaban sentados en el sillón bajo, con la luz de la lámpara de piso encendida, música baja, un jazz que no invitaba al baile sino al desvestirse lento. Él me ofreció una copa. Me senté. Hablamos de nada: del frío que entraba por las rendijas, del tipo que vendía empanadas en la esquina, de que el mar estaba bravo esos días. Pero todo era una farsa. Los tres lo sabíamos. Yo sentía el calor en la concha, aunque no me había tocado. Ella me miraba las piernas, yo a ella el cuello, él a los dos.

Pasó media hora. Ella se paró, se desató la bata. No del todo. Solo lo suficiente para mostrar el borde del sostén negro, el comienzo del vello del pubis. Voy a ducharme, dijo. Dejó la bata colgando de un respaldo. Y cerró la puerta del baño.

Él me miró. Vos tenés una mirada de puta, dijo. No como insulto. Como reconocimiento. Yo sonreí. Vos también tenés algo, dije. Algo oscuro. Algo que no se queda quieto. Él se acercó. Me tocó la nuca. No fue violento. Fue como si ya nos conociéramos. Me besó. Con lengua, con paciencia. Yo abrí las piernas sin levantarme del sillón. Él metió la mano, me tocó encima del jean. Sentí el calor, el dibujo de mi concha a través del tejido. Me gusta cómo estás mojada, dijo. Y vos ni siquiera me viste desnuda todavía.

La puerta del baño se abrió. Ella salió con una toalla envuelta en la cintura, el pelo húmedo, el cuerpo brillante. Se paró frente a nosotros. Me miró a mí, luego a él. No dijo nada. Se agachó frente a mí, me desató los botones del pantalón. Me bajó el jean, luego la ropa interior. Me miró la concha como si fuera un cuadro que quería memorizar. Entonces me tocó. Con dos dedos, despacio. Me abrió. Sentí el aire, el frío, el deseo. Ella se puso de pie, se sacó la toalla. Tenía el culo redondo, blanco, con marcas de sol apenas. Él me miraba. Yo lo miraba a él. Ella se acercó al sillón, se sentó encima de mí, de frente. Me tomó las manos y me las puso en sus tetas. Me besó. Con lengua, con sal.

Él se paró. Se sacó la ropa. Tenía la pija dura, gruesa, con una vena azul que subía hasta la punta. Se acercó, me la puso en la boca. Yo la tomé. Sin apuro. La chupé como si fuera la primera y la última vez. Ella se movía encima de mí, restregaba su concha contra mi vientre, mis muslos. Me sentía llena de miradas, de calor, de deseo compartido.

Entonces él dijo: Quiero que me mires. Yo levanté los ojos. Él estaba parado, con la pija en la mano, mirándome. Quiero que me veas mientras cogés con ella. Yo asentí.

Ella se paró, me tomó de la mano, me llevó a la habitación. Una cama grande, sábanas negras, una ventana abierta de par en par. El viento entraba, movía las cortinas. Me acostó boca arriba. Se subió encima de mí, de espaldas. Me metió la concha en la boca. Yo empecé a chuparla. Con lengua, con dedos, con hambre. Ella gemía bajo, como si no quisiera que el mundo escuchara. Pero yo sabía que él estaba ahí, parado en la puerta, mirando.

Sentí que se paraba. Sentí que se acercaba. Sentí que se arrodillaba. Entonces vi sus manos. Luego su cabeza. Estaba entre las piernas de ella, chupándole el culo. Ella gritó. Yo seguí chupando su concha. Él metió un dedo, luego dos. Ella se abrió, se dejó. Yo sentía el calor, el sabor, el ritmo.

Después, me llamó. Vení. Me paré. Me acostó de costado, de espaldas a ella. Me abrió las piernas. Sentí su lengua en el culo. Lenta, profunda. Entonces él se acostó frente a mí. Me ofreció la pija. Yo la tomé. La chupé mientras ella me comía el culo.

No sé cuánto tiempo pasó. Pero cuando me di cuenta, estaba encima de ella, sentada, con su cara entre mis piernas, y él me penetraba por atrás. Con cuidado. Con fuerza. Con conocimiento. Sentí cómo me llenaba, cómo me estiraba, cómo me marcaba. Ella me miraba. Yo la miraba. Él me sostenía las caderas.

Después, nos quedamos en la cama. Los tres. Ella entre nosotros. Nadie habló. No hacía falta. El viento entraba. El mar rugía. Y yo sentía el sabor de su concha en la boca, el calor de su lengua en el culo, el peso de su pija adentro.

A la mañana, me despertó el sol. Ellos no estaban. Solo una nota en la mesa: *Gracias por anoche. La próxima, invitamos nosotros*.

No dije nada. Me vestí. Salí. Caminé por la playa. El agua estaba fría. Pero yo no. Yo todavía ardía.

Y supe que no iba a ser la última vez.

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