Lo que pasó en la casa de la playa

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que algo así me pasaría a mí, pero allá fue. Yo, que siempre me he considerado una mujer fiel, tradicional, de esas que cree que el amor es para uno solo… pues resultó que no. Todo empezó en una fiesta de fin de semana largo, en esa casa grande que alquilamos en Puerto Escondido con mi esposo, Carlos, y otra pareja amiga, los de Guadalajara: Ana y Raúl.

La casa tenía cuatro recámaras, alberca, terraza con vista al mar y una vibra rara, como si el aire mismo estuviera cargado de deseo. No sé si fue el tequila, la brisa salada o la forma en que Ana me miraba cuando creía que no me daba cuenta, pero algo en mí se encendió desde el primer día.

Ella era alta, morena, de caderas anchas y una risa que te entraba por la columna. Yo soy más bien bajita, de piel clara y pelo ondulado, y siempre me he sentido insegura al lado de mujeres como ella. Pero esa noche, con el bikini rojo que me puse para la parrillada, sentí que por fin equilibraba la balanza. Carlos no dejaba de mirarme, y Raúl… bueno, Raúl también.

—Adriana, ¿verdad que este clima te pone la piel de gallina? —me dijo Ana al oído, mientras ponía un cubo de hielo en mi nuca.

—No es el clima —le respondí, y solté una risita que sonó más atrevida de lo que quería.

La fiesta fue subiendo de tono. Tomamos mezcal, bailamos descalzos en la terraza, y en un momento, Carlos y Raúl se fueron a ver un partido al cuarto, dejándonos solas. Ana y yo nos quedamos en la banca junto a la alberca, con los pies metidos en el agua tibia. El cielo estrellado, el sonido de las olas, y ese silencio cómplice que solo pasa entre mujeres que se entienden sin hablar.

—¿Nunca has pensado en… probar algo diferente? —me preguntó, sin mirarme, jugando con su anillo.

—¿A qué te refieres? —dije, fingiendo inocencia.

—A coger con alguien que no sea tu marido. A sentir otra boca, otras manos… otra verga.

Me quedé callada. Sentí que el corazón me latía en la garganta. No era la primera vez que lo pensaba, claro que no. Pero decírselo en voz alta… eso era otra cosa.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Tú ya lo has hecho?

—Sí —dijo—. Con Raúl, claro. Pero también con otras. Y contigo… me gustaría.

Me miró fijo. Sus ojos brillaban con la luz de las velas. Y entonces, sin decir nada más, se acercó y me besó. Fue un beso lento, profundo, con sabor a mezcal y a sal. Su lengua entró en mi boca como si ya me conociera, y yo, sin pensarlo, le devolví el beso como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida.

Sentí sus manos en mi cintura, bajando despacio hasta mis nalgas, apretándome con suavidad. Me separé un segundo, solo para mirarla, para asegurarme de que esto no era un sueño.

—¿Y Carlos? —dije, casi en un susurro.

—Él ya sabe —respondió—. Raúl y él… ya lo hablaron. Si tú estás de acuerdo, ellos también.

No lo podía creer. Todo mi cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de deseo. De esa clase de deseo que te quema por dentro, que te hace sentir viva como nunca.

Subimos a mi recámara. No dije nada, solo dejé que ella me guiara. Me quitó el bikini con cuidado, besándome el cuello, los hombros, los pechos. Me tumbó en la cama y se acostó a mi lado, piel contra piel. Sus manos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo, como si estuviera aprendiéndome de memoria. Cuando me tocó entre las piernas, gemí sin poder evitarlo. Hacía años que no me sentía así… deseada, poderosa, libre.

—Eres hermosa, Adriana —me dijo—. Tu cuerpo es un templo.

No supe qué responder. Solo la abracé y la besé otra vez. Quería sentir todo, probar todo. Le quité el bikini y vi su cuerpo por primera vez: piel morena, senos firmes, caderas anchas que invitaban a agarrarlas con fuerza. Me acosté sobre ella, y cuando mis pechos tocaron los suyos, sentí un escalofrío que me recorrió de la nuca hasta el culo.

Empezamos a movernos despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Ella me besaba, me mordía el lóbulo de la oreja, me susurraba cosas al oído. Y entonces, sin avisar, sentí una sombra en la puerta. Era Carlos, desnudo, con la verga dura, mirándonos.

—¿Puedo? —preguntó.

Ana sonrió y me miró.

—¿Quieres que entre?

Yo asentí. No supe por qué, pero en ese momento, ver a Carlos allí, deseándome, deseándonos, me encendió más de lo que creía posible.

Entró. Se acostó a mi lado, me besó con ternura, luego con pasión. Ana empezó a tocarlo, a acariciarle el pecho, el abdomen, hasta que tomó su verga con la mano y la movió despacio. Yo no podía dejar de mirar. Carlos gemía, y yo sentía que mi entrepierna ardía.

—¿Quieres que te chingue? —me preguntó Ana.

Asentí otra vez.

Entonces me pidió que me pusiera a cuatro patas. Lo hice. Carlos se colocó detrás de mí, me separó las nalgas y me besó el culo con devoción. Luego, con un solo movimiento, entró. Grité. Fue fuerte, profundo, como si me reclamara. Pero no fue solo él. Ana se acercó, y mientras Carlos me cogía por detrás, ella me besó, me metió la lengua en la boca, y con una mano me tocó el clítoris.

Nunca había sentido algo así. Era como si mi cuerpo no me perteneciera, como si fuera de todos, como si cada orgasmo fuera un regalo compartido. Cuando Carlos se corrió dentro de mí, Ana no paró. Me giró, me acostó en la cama, y empezó a chuparme. Su lengua era experta, lenta, precisa. Me hizo venir dos veces, una tras otra, hasta que me dolía de gusto.

Y cuando pensé que ya no podía más, Raúl entró. También desnudo, con su cuerpo fuerte, su verga gruesa. Ana se separó, me miró, y sin decir nada, me ofreció su boca. La vi chupar a Raúl con devoción, con hambre. Y luego, me invitó.

—Ven —me dijo—. Pruébalo.

Y lo hice. Me acerqué, tomé su verga con la mano, la besé en la punta, y luego la metí en mi boca. Era grande, con sabor a sal y deseo. Chupé con ganas, con curiosidad, como si quisiera aprender cada centímetro. Raúl gemía, me acariciaba el pelo, y cuando sentí que iba a correrse, me detuve.

—No —dije—. Quiero sentirlo dentro.

Me puse de lado, Carlos se acostó detrás de mí, Raúl frente a mí. Ana, arriba de Carlos, se sentó en su verga. Y así, enredados, sudando, gimiendo, nos fuimos cayendo en un ritmo que solo el deseo puede crear.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que al final, todos estábamos hechos un nudo de brazos, piernas, labios y piel sudada. Nadie habló. No hacía falta.

A la mañana, cuando desperté, Carlos me abrazó. No dijo nada. Solo me besó en la frente.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —dije—. Más que bien.

Y lo digo en serio. Porque esa noche, en la casa de la playa, no solo descubrí el placer compartido. Descubrí que el amor no es solo uno, ni dos, ni tres. A veces, es un mar. Y yo, por fin, aprendí a nadar.

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